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Popurrí

Hoy estoy como la polilla que entró a la tienda de textiles: sé lo que debo hacer, pero hay tanto material que no sé por dónde empezar. Por eso, decidí que habrá que hacer un popurrí —así, aunque suene menos fisno que el galicismo “potpourrí”, que había empleado toda la vida— porque hoy fue cuando descubrí que la RAE aceptó el término, pero lo españolizó.  Y que define como: “mezcolanza de cosas diversas, cajón de sastre”.  O sea, “es lo quiai”, como le dijo Izarrita al de Ocaña una vez por televisión.  Empecemos.

La Consulta.  Desde el sábado, estoy muerto de la risa por las caras que se les ve a los gobierneros.  Ellos ofrecieron bonos y bolsas de comida y no les daban los números; pusieron al pícnico de El Furrial a amenazar a los suyos: “si no se vota no hay comida”, tampoco; violando todas las normas (qué es una raya más para una hiena) que prohíbe a los militares el uso de sus medios en asuntos proselitistas, emplearon camiones del Ejército para llevar a juro a los remolones y los reacios, tampoco.  Les tocó lo de siempre, ordenarle al CNE, su ministerio electoral que inflara las cifras.  Y, nosotros, como siempre, también, no se las creímos.  Porque todos fuimos testigos de la soledad en los puntos de votación.  Todos tenemos la certeza de que no pudieron llegar ni a la mitad de lo que anunció la discípula de Tibisay.  Mucho más logramos nosotros por el mero convencimiento.  Viene a mi mente lo que canta Caravadossi casi al final de Tosca: “Vittoria!  Vittoria!  L’alba vindice appar che fa gli empi tremar!  Libertá sorge, crollan tirannidi!” (¡Victoria! ¡Victoria! ¡Vence el alba que hace temblar a los malvados!  ¡La libertad surge, las tiranías colapsan!).  Estamos más cerca del final…

Desmadre decembrino.  Muy rara vez salgo de noche.  Si algo debe ejercer un octogenario es la prudencia.  Pero a finales de la semana pasada, acepté una invitación de la familia para ir a cenar fuera.  Para llegar al sitio, había que pasar a juro por nuestra “Calle del Hambre”.  Todo el mundo sin mascarilla; eso de mantener la distancia conveniente, menos.  O sea, lo mismo que uno ve en las fotos que circulan de lo que sucede en los centros de las ciudades.  Unas cuadras más adelante, cuando llegamos al “Food Truck Park” donde íbamos a comer, la escena era la misma.  Pero agravada porque ni siquiera los mesoneros ni los cocineros las tenían.  Es lógico que quien está comiendo deba quitarse el obstáculo facial.  Pero los demás, no.  Debe ser que creen que es verdad que el adiposo usurpador, en su infinita facultad ejecutiva, le prohibió al bicho chino infectar por todo diciembre y, más bien, le dio vacaciones.  Mucho me temo —y ruego a Dios que yo este equivocado (que no sería la primera vez)— que el mes de enero va a ser de terror en lo que a contagios y muertes se refiere…

José Temiente.  Parece que, por fin, don Sata se llevó al chulo más grande que ha tenido Venezuela y al palangrista más reconocido de entre todos los periodistas.  En lo personal —por un entripao que tengo con él desde 1985, cuando me vilipendió y que, cuando lo reté a reconocer que se había equivocado, se hizo el loco— el tipo me caía de la patada.  Pa’ mí, que el tipo ya tenía más de diez años de muerto y no lo sabía.  O, si lo sabía, lo disimuló muy bien porque, además de campeón nacional de pobrediablismo, también era el laureado en engaños y mentiras.  Trato de ser buen cristiano, pero para que yo le desee que descanse en paz, va a pasar bastante tiempo…

Pa´lante y pa’tras.  Lo que está haciendo el régimen con las aerolíneas que unen a nuestro país con Panamá es cruel.  Y con los pasajeros, despiadado.  Un día deciden abrir los vuelos y al día siguiente se desdicen.  Un par de días después, vuelven a conceder permisos de aterrizaje, y a las veinticuatro horas los niegan nuevamente.  En un país en el cual más de cinco millones de connacionales han debido emigrar —la mayoría de ellos hacia Sudamérica y América Central—, y estando las fronteras terrestres cerradas sin razón; la única manera de volar hacia el este y el sur es por Panamá.  La insensatez de la medida, acaba con la posibilidad de que algunos familiares que tenían tiempo separados pudieran reunirse por Navidad y Año Nuevo.  En mi caso, tengo mis pasajes comprados desde mayo porque ya hace un año que no veo a los míos que emigraron.  La tristeza estará presente en ambas puntas del viaje.  Esa forma de actuación del régimen, yo la denominé desde hace muchos años, “el síndrome de Sansón y los filisteos”.  Como no pueden salir del país porque en el primer aeropuerto que desciendan los estarán esperando para ponerlos presos (con mucha razón), piensan como el juez israelita: “me fuño yo, pero un gentío se fuñe conmigo”.  Claro que el musculoso hebreo empleo otro verbo…

Deseos de fin de año.  Este es mi último artículo del año.  Por ello, quiero desearles a mis lectores que tengan una Navidad muy cristiana y un año 2021 mucho, pero mucho, mejor que este.  Lo cual no debe ser difícil porque el 2020 fue la ñúngura.  Y porque en el próximo año, Dios mediante, saldremos de los dos virus que nos están matando: el chino y los robolucionarios…

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