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¿Por Qué Sigo Teniendo Esperanza? (9)

Para nuestra familia parar en El Palito a comer empanadas y arepas dulces con queso o sin queso, dependiendo del gusto de cada quien, en vía a Tucacas, se ha convertido en una tradición.  Lo hemos hecho cada vez que hemos ido a disfrutar de unos días en el espectacular Parque Nacional Morrocoy.  Lo hemos hecho siempre, cada vez, desde que mis hijos eran apenas unos bebés.  No tenemos un puesto específico donde nos paramos siempre.  Cada vez que vamos, simplemente nos detenemos frente al puesto que nos llama la atención en ese momento y, por años, en cada uno de ellos, hemos sido bien tratados y bien servidos y hemos comido unas empanadas y unas arepitas dulces que añoramos volver a saborear en nuestro siguiente viaje.

Recientemente, he considerado si debería seguir parando en El Palito cuando voy a Tucacas.  El tema de inseguridad cada vez se hace más complicado y crea temores justificados pues hay demasiadas historias de gente conocida que ha sido víctima de robo. Amigos cercanos comentan que es mejor no parar en ninguna parte hasta llegar al destino cuando uno viaja por el interior.

A pesar de todos estos comentarios y temores, ha podido más nuestra tradición.  Con  mucho cuidado y manteniéndonos  alerta, seguimos parándonos en El Palito. Hace apenas unos días volvimos a hacerlo.  En septiembre las empanadas estaban a 4.000 Bs y ya me parecieron carísimas.  A finales de diciembre ya estaban a 25.000 Bs.  La hiperinflación sigue su camino y, aunque nos sorprende diariamente, no sabemos cómo detenerla.  Realmente no nos corresponde a nosotros.  A quienes no tenemos poder nos corresponde simplemente no abusar y no contribuir.

Se estaba haciendo de noche cuando llegamos.  Escogimos un puesto en el medio del pueblo.  Como siempre, nos atendió gente afable.  Habíamos pensado llevarnos las empanadas y proseguir nuestro viaje inmediatamente pero nos ofrecieron hacernos las empanadas al momento y no pudimos resistirnos. Las disfrutamos inmensamente. La conversación con la gente del puesto fue amena, como de costumbre. Cuando me tocó pagar, tuve que cruzar la calle para pagar por punto. Le comenté al señor del puesto que me acompañaba sobre mi temor por la inseguridad. Me dijo que no me preocupara. En el propio pueblo había mucha seguridad y era muy improbable que ocurriera nada. Al entrar a una de las casas del otro lado de la carretera me sorprendí.  Era una casa que por fuera parecía pequeña pero por dentro era bastante larga. Me explicaron que esas casas tienen 100 metros hacia atrás. Me dejaron pasar hasta la cocina que estaba muy bien hecha, con tope de granito. En las paredes había murales del Salto Ángel y de otros paisajes típicos venezolanos.  Me impresionaron gratamente especialmente cuando me comentaron que era una mujer de la zona quien los había pintado.  También había unos cuadros que me dijeron habían comprado en Magdalena. Los marcos de piedritas y madera eran un espectáculo artesanal.  Salí de la casa después de haber pagado maravillada y deseando poder visitar Magdalena.

Cuando nos íbamos, la muchacha del puesto nos dio una arepa dulce con queso extra y nos dijo que esa era de “ñapa”.  Ese fue el toque final.  Mientras continuábamos nuestro viaje a Tucacas no podía dejar de pensar en esa arepita extra que nos habían regalado.  ¿Dónde más en el mundo, en una situación tan difícil como la que estábamos viviendo, alguien nos iba a regalar con un corazón gozoso algo tan apetecible?. Tal vez pase en otros lugares del mundo pero para mí ese gesto sencillo fue simplemente una evidencia más de la generosa naturaleza de este pueblo que adoro…El pueblo venezolano…Mi pueblo..

Con todos los problemas, con todas las dificultades, con toda la incertidumbre, aún quedan quienes con una sonrisa radiante te ofrecen de gratis una arepita o empanada extra para hacerte feliz.  Por eso y por muchas otras razones, sigo teniendo esperanza.

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