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Promesas, promesas, promesas…

Alfredo Maldonado 

2018 fue en Venezuela un año para recordar, los historiadores lo destacarán y analizarán porque terminó de abrir de par en par la puertas a la hecatombe. Que se venía venir, de eso no cabe duda, más que por las protestas y violencia callejeras de 2014 y 2017, porque la incompetencia del Gobierno ha sido cada día más evidente, sin disimulos. Fue año de ilicitudes, de tramoyas políticas, de oportunidades perdidas, de mazazos más que irónicos cínicos, descarados, de militares con muchas medallas y puestos burocráticos pero escasos –por no decir nulos- resultados en su complicidad castromadurista y en las labores propias de su profesión, con una oposición y un chavismo debatiéndose, cada uno, entre divisiones y choques internos.

La Venezuela que se despereza hacia el desarrollo de 2019, no es la que sueñan algunos exiliados menos amargados, ni la de la vergonzosa, chabacana y gritona fiesta en la Plaza Bolívar donde un tosco animador y un puñado de fanáticos coreaban, con un minuto de retraso, la medianoche del viejo reloj de la Catedral caraqueña, la misma plaza donde el chavismo y la alcaldesa interpretan la historia como festividad de la ordinariez; ni la de una clase media sin dinero ni tranquilidad suficientes; ni la Venezuela que crece en exportación de esperanzas y frustraciones, a tal punto masiva que hasta hay quien diga que es una estrategia marielística para que haya menos gente exigiéndole al Gobierno en las calles y en la credibilidad servicios públicos que son la primera muestra de que el país y el régimen no van a mejor sino hacia peor –lo peor siempre es un barril sin fondo. Es una nación golpeada en el estómago, humillada, hastiada, agotada, asediada por el peor enemigo que es la pérdida de fe y de expectativas.

Tan ineficaz es este madurismo que ni siquiera los decretados a toda voz bonos de diversa índole, están llegando, cuando finalmente le llega uno a la personas hay dos o tres atascados sin razón, nadie puede hacer un presupuesto de vida, que los tranquilizaría y suavizaría en beneficio del mas o menos mandante castromadurismo, y por eso han tenido que convertirse en asiduos visitantes de sus bancos y de automercados y panaderías, porque con los bonos, tengan los que tengan, deben hacer sus compras de comida –apenas para eso les alcanza- no en una mensual ni quincenal, sino en varias visitas, un mercado por cuotas, hoy tenemos arroz, mañana ya veremos qué se puede.

El desarrollo de este final de año, y las declaraciones de los jefes rojos, sólo hacen pensar que siguen viviendo en su mundo raro, para algunos de ellos enriquecido y dolarizado por ahora, y los dos primeros días del nuevo año no han producido apagones –al menos por donde vivo- pero sí ya siete muertos, al menos según La Patilla cuando logra uno leerla, porque pareciera bloqueada y no por Ravell.

El problema con las promesas de dirigentes políticos es que necesitan un pueblo que las crea, que para él se lanzan, pero esos mismos pueblos interpretan cada promesa de acuerdo con la necesidad y formación particulares de cada uno. El que vive en el centro de una ciudad y necesita viajar al interior de vez en cuando, interpreta “programa vial” como la construcción o reparación de una autopista, el que vive en un rancho aferrado a un cerro  espera escaleras más seguras y hasta tapadas para ahorrase soles y lluvias, iluminadas para prever malandros con algo de tiempo o alejarlos, y que consiga puesto en los autobuses y por puestos que utiliza, por ejemplo.

Cuando las promesas se repiten y los resultados no son los que esperaba cada uno, ni hay noticia de que yo no tengo la escalera pero al menos hicieron la autopista –o viceversa, todos los pacientes tienen sus necesidades y oídos prestos- los gobiernos se desgastan, incluso los que controlan a pueblos tan ingenuos como el nuestro. Porque, además, este régimen ha llegado al extremo de que ya no complace a nadie, que es una manera muy incómoda de comenzar un nuevo año en el cual, además, se está rodeado de jefes y pueblos que piensan diferente.

Los que sí parecen unidos, o al menos coincidentes, son los presidentes de Estados Unidos y de los países que limitan con Venezuela, tres naciones y gobiernos que encabezan el giro al centro y a la derecha que está experimentando América y Europa –con la excepción de la España que por ahora gobiernan los socialistas. En ese mar, Nicaragua y Ortega, Bolivia y Morales, Venezuela y Maduro, son solitarios que sueñan con un López Obrador capaz de asumir un liderazgo que México jamás tuvo, el del concepto del Foro de Sao Paulo, ahora preso por corrupto –hacer promesas y hablar pendejadas en la cárcel es menos eficiente que hacerlo en las calles.

Por eso, 2019 puede ser el año del asedio final, pero no sigan creyendo en discursos, fantasías ni tarotistas. Es el asedio definitivo contra la fortaleza que se está desmoronando. El riesgo es que nosotros estamos adentro, bajo los mismos techos.

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