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Qué lástima que no soy periodista

En estos días he sentido que me hubiese gustado ser periodista y haber desarrollado las habilidades de investigación necesarias para escribir la crónica de la sentencia anunciada contra Leopoldo López, con la información adecuada y veraz que merece tan sonado brollo.

No desespero de encontrar, en algún momento. un libro sobre el tema, publicado por alguno de nuestros más conspicuos periodistas de sucesos, de esos que saben hacer digeribles los más amargos eventos y las mayores truculencias criminales.

Planteado así, pareciera que estaría hablando de Leopoldo López como el reo al que hay que estudiar, pero lo que en realidad tengo en mente, es menos su biografía y la historia de la infamia y el dolor de él y su familia y de todos cuantos hemos seguido su ordalía y hemos padecido la desilusión y rabia de la más franca y apoteósica injusticia que hemos visto cometer en nuestras vidas, y más la narración del progresivo deterioro de la justicia y el evidente compromiso de muchos de sus administradores con los jefes y otros mandamases de la llamada revolución socialista del siglo XXI, así como la centralización de los poderes en la discrecionalidad de muy pocos, que basan sus acuerdos y parámetros de decisión, control y manejo político y económico, en su visión personal de los intereses que han comprometido o esperan de la revolución mencionada.

Es obvio que como ciudadano tengo y mantengo una opinión al respecto de los sucesos y actuaciones de los políticos y otras personas de relevancia nacional. En principio esa es la razón que a ellos les mueve, que personas como nosotros elaboremos opiniones que en determinados momentos sirvan, entre otras cosas, para ganar o perder elecciones. Pero mis opiniones y las de aquellos que como yo las expresamos, no pasan de ahí. Pueden ser contundentes y hasta reveladoras o chocantes, pero no aportan a la historia de la humanidad ni de la ciudadanía venezolana mas que un corte transversal, personalísimo, de un momento específico, que entre otras cosas, puede no repetirse más.

He ahí la diferencia con los estudios documentales históricos a los que me refiero. No se tratará solo del individuo objeto del daño y el maltrato, se tratará de ilustrar con meridiana claridad un momento histórico que se viene desarrollando y que debemos conocer en detalle para entenderlo, detenerlo y cambiarlo por aquellos actos conscientes de la sociedad que están inspirados en sus más claros, generosos, equitativos, solidarios y justos principios y necesidades.

Qué más quisiera yo que mis palabras y opiniones permearan las molleras de aquellos que sienten que su única verdad es la de la fuerza y la sumisión de los demás, que no existe más ley que la de su voluntad y más raciocinio que lo que a ellos les parezca en un momento dado. Que sienten que las leyes y las decisiones se toman de acuerdo a sus intereses del momento. Que los derechos de los individuos no son más que una serie de renglones escritos por ilusos en folletos que aprobados con el nombre de “Constitución” o de “derechos fundamentales”, pasan a engrosar los estantes de bibliotecas del pasado, consultables como elementos históricos sin consecuencias actuales ni futuras, pues lo que vale es la oportunidad del momento y los intereses de los cómplices en la mascarada que llaman estado nuevo revolucionario.

Me gustaría leer un análisis del porqué la Sra. Jueza de marras tomó esa decisión de condenar a Leopoldo López a 13 años, nueve meses y no sé cuántos días y horas. No estaría de más saber porqué no se le aceptaron testigos ni otras pruebas a la defensa. En fin, deseo conocer los intríngulis del juicio, extensivamente, narrado con el aplomo la distancia y el desapasionamiento del cual son capaces los periodistas y los historiadores. No creo que esa información cambie mi malestar para mejor, pienso que quizá me llenaré de sorda rabia antigubernamental, pero también sé que quedará diáfanamente claro a los venezolanos que calidad de vida tenemos y la que nos espera si no cambiamos nuestra estructura política y nuestra actitud pasiva y sumisa por una actitud proactiva, determinada, para nada sumisa, no altanera, pero sí definida con la claridad que define al que tiene la solidaridad, la empatía, la verdad, la compasión, el derecho, el respeto y la fuerza de su espíritu y la solidez de su determinación, de su lado. Esa es la verdadera autoridad, la que no necesita de armas, ni de tracalería, truculencias, mentiras, tergiversaciones ni tramoyas y menos de amenazas o chantajes.

Ejemplos de eso hay muchos, los más recientes fueron: Gandhi, Walesa, Juan Pablo II, Mandela y Havel. El más actual es el Papa Francisco. La lista es inmensa, espero que inagotable y aunque nuestros nombres no estén en ella, al menos sí pueden estar sus principios y actitudes en nosotros. ¡Dios me oiga!

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@a.requena

 

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