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¿Qué pasaría el día después?

No es por ser aguafiestas, pero el día después no puede ser de resaca. Ese ‘ratón’ que se imagina no sería ni siquiera fácil porque no habría moral para emborracharse. Si llega ese día siguiente del día menos pensado, la tarea es ingente.

Si es por los políticos, que se dejen de acariciar las manos. Ya hicieron. Muchos, en algunos casos, hasta dejarse la piel y los pies. Otros, jugaron al poli bueno y al poli malo, por aquello de mantener una supuesta oposición que ni siquiera se materializaba. Otros, que han sido verdaderas víctimas del proceso revolucionario del Socialismo del Siglo XXI podrán exhibir sus heridas, mostrar sus arrugados papeles que proyectaban un país más íntegro.

Los artífices de todo el oprobio, que se preparen. Con la misma vara que midieron, serán medidos por el pueblo. Aquellos que vociferaban por cuarenta años de democracia, serán gritados por la gente común en las calles por esos veinte años de rencores que llevaron al hambre, a la migración a pie, a la muerte en las calles sin siquiera la mirada atenta de los gobernantes sobre lo que pasaba. Por acabar con todo, por darse la gran vida rociados de vinos de todas las latitudes.

Ese día después, será de arremangarse. No habrá comida, ni seguridad. No habrá un descenso de la inflación, ni volverán todos los que se fueron. Ese día tocará hacer una lista de los daños, sacar escoba, jabón y cubo, lavarles la cara a las calles olvidadas de cuido, devolver al menos, un poco de limpieza a la mugre acumulada por la desolación. Tocará al nuevo gobernante armarse de paciencia, poner los oídos en todo el dolor, buscar las curas para tanta herida, y, sobre todo, poner orden en casa. Buscar que los poderes se desperecen de su unidad gubernamental y desplieguen sus alas, hagan justicia, escriban leyes sin que nadie se las dicte, se elija a los gobernadores y alcaldes sin que medie un uniforme colorado, meter una manguera por las ventanas de los ministerios y enjuagar todo. Decirle basta a la corrupción, poner a cada uno en su sitio, devolver la dignidad de portar un pasaporte porque lo habría. Dar certeza a los venezolanos de que sus documentos, sí, sus documentos, pueden estar otra vez al alcance de sus manos.

Le tocará pedir prestado a aquellos gobiernos que crean en la transformación que ocurrirá. Le tocará ver cuánto se debe por la gestión manirrota de Chávez y Maduro, le tocará decir verdades a puños, decirle a la gente que no hay, que no habrá hasta que cada uno de los venezolanos se ponga a trabajar duro.

Le tocará convencer a los empresarios de que es importante invertir otra vez. Devolver las llaves de todo lo que se expropió y el chavismo-madurismo estropeó con tanto rencor social.

Le tocará a ese gobernante poner en libertad a los presos políticos y pedirles que se sumen al esfuerzo enorme que vendrá. Le tocará pedirle a la justicia universal que enjuicie a los malvados, porque dentro lo que vendría es una rebatiña de venganza que no haría bien a nadie.

Le tocará a ese gobernante decirle al pueblo que ya no hay más camisetas rojas, ni ron para que marche, ni sándwiches para aguantar el hambre que da el sol. Que se acabó lo que se daba, que se acabó el deme usted que yo lo sigo.

Le tocará decir que quien quiera, trabaje. Que quien pretenda recuperar, que invierta. Que quien quiera justicia, la exija a los jueces. Que quien quiera las arcas llenas, ayude a los jueces a llenarlas después de tanta corrupción.

Tocará el día después arremangarse y trabajar más duro que nunca. Sin espejismos, sin medias tintas. Con la verdad por delante. Con la certeza de que el sol calienta y de que el agua lava. Nada más. Con valentía y optimismo. Con voluntad de cambio, con el espíritu lleno, aunque el alma esté parchada de tanto dolor.

Tocará coger las palas para reparar los caminos dejados por el chavismo-madurismo y mostrarse orgullosos de que la tierra vuelva a reverdecer porque se are los campos, se alimente al ganado y se críe pollos.

Tocará darse la vuelta y abrazar al que no estaba de acuerdo con nosotros y decirle que todo ha pasado. Que la maldad no volverá y que el país ahora sí, que es de todos y que en democracia, con el sentido de crecer y emprender, en varios años saldremos adelante.

Habrá que quitarse palabras políticas de la boca. Usarlas para armonizar, para aliviar, para que las cargas del día sean amables.

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