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¿Quién necesita a quién?

Alfredo Maldonado 

Habría que copiar la vieja maldición gitana, aquella de “entre abogados te veas”, para decir algo como “entre cambios sorpresivos estarás”. Más que una maldición gitana es una realidad dentro de la cual estamos y que por estos días parece manejar, solo y con escasos y muy selectos verdaderos acompañantes y asesores, un nuevo y gran desenredador que habla todos los días y deja a los rojos rojitos, del Presidente y macero para abajo, como habladores con ruido pero sin escuchas.

No es Donald Trump, ni son sus aliados Bolton, Abrams, Rubio y Pompeo. Tampoco Iván Duque. Es Juan Guaidó. Quizás no se proponía serlo en enero, cuando fue catapultado a la fama. Pero lo es hoy.

Todos actúan y actuarán por un tiempo a través de él, desde los pilotos de avanzadísimos cazas y bombarderos sigilosos, drones y misiles a larga y milimétricamente precisa distancia, hasta los muchachos y vecinos que volverán a salir a las calles a enfrentarse a los militares y bandas armadas –y organizadas y motivadas- del régimen. Y los responsables de buscar, acumular y trasladar ayudas humanitarias. Y los mandatarios de esa sorprendente mayoría de gobiernos opuestos que deben tener algo preocupados a los que dan las órdenes en Moscú y especialmente Pekín y La Habana.

Juan Guaidó y sus compañeros de edad y percepciones son el equipo desenredador –aunque no sean todos los que están ni estén todos los que son-, el salto histórico del fracasado y corrompido proceso revolucionario que comenzó frenado con una tanqueta frente a una puerta del llamado “Palacio Blanco” hasta el despiporre actual que afecta a todo un país y alarma y molesta a buena parte del mundo. Entre los dos extremos, el nuevo, ¡otro!, fracaso del comunismo que nuevamente falla en llevar justicia, igualdad y felicidad a los trabajadores y sólo alcanza a ponerles los candados de la dictadura roja. La diferencia entre Cuba y Venezuela es que en la década de los 60 el mundo, Estados Unidos y la juventud eran diferentes. Aquella era una humanidad de telegramas, radio y televisión en blanco y negro, y el de hoy es la de la informática, internet y los smart phones.

Los que quizás no lo estén entendiendo –y/o aceptando- tan tranquilamente son los políticos que quedaron en vacío entre dos realidades, la del chavismo en decadencia –autosuicidio rojo por el pésimo manejo del petróleo- y la del afincamiento de una generación diferente (los que salieron a las calles motorizados por el cierre de RCTV).

No se puede negar que han estado poniendo la cara veinte años, como tampoco es de negar que han tenido más fracasos que éxitos. Así es la vida, tuvieron su tiempo y sólo han logrado el surgimiento y la consolidación de una generación más joven, respetada y confiable que ellos, porque sólo pudieron ser pequeñas cuotas de poder entre derrota y derrota. Para reflejar esa situación, basta hacernos una pregunta: ¿quién –de verdad- necesita a quién: Juan Guaidó a Leopoldo López, o al revés?.

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