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Rebautizar el sofá

Aquel chiste viejísimo según el cual un marido encontraba a su esposa en brazos de otro hombre, muy acaramelados ambos en el sofá, y de inmediato el esposo procedía a solucionar la infidelidad, vendiendo el sofá !, tiene desde que el castrochavismo apareció, una nueva versión. Hay que cambiarle el nombre al sofá para resolver los problemas conyugales. Basta con inventar un nombre distinto para ese mueble y el desamor se desvanece como por arte de magia. Cuando el sofá se denomine, por ejemplo, bipoltrona, hípersilla, superdiván o almohadón con patas, la esposa automáticamente dejará de sentirse atraída por el amante y será fuente permanente de placer y satisfacciones para su marido.

Lo grave del asunto es que hay gente convencida de que cambiar el nombre conduce a la solución de los problemas a cualquier nivel, inclusive a escala del país y sus instituciones. Así, las Asambleas Legislativas, que han sido siempre un monumento a la inutilidad, fuente de parasitismo, permanente desagüe de elevados presupuestos, tribuna de politiqueros de oficio que sólo saben mantener espacios en Radio, Prensa escrita y TV, cuando pensábamos que merecían ser eliminadas, fue suficiente un cambio de nombre, rebautizarlas Consejos, y sólo eso ofrece total garantía de que en adelante servirán para algo positivo.

Similar medicina recibió el Congreso Nacional gracias al proyecto de Constitución apresuradamente elaborado por una Asamblea Nacional Constituyente demasiado complaciente, con el añadido de que la propuesta conllevó la eliminación de la Cámara Alta, del Senado, único factor de representación federal que permitía a cada Estado del país, independientemente de su territorio y población, acceder a la elección de dos senadores, lo que en la práctica legislativa colocaba en igualdad representativa a los estados pequeños, medianos y grandes, que en la Cámara de Diputados ocupan escaños de acuerdo a su volumen de población. Ahora, el Distrito Federal, Zulia, Carabobo y Aragua, entidades que agrupan más del cincuenta por ciento de la población total de Venezuela, ocupan más de la mitad de los puestos de representación del Poder Legislativo. Cuatro entidades pudieran dominar -por razones estrictamente cuantitativas- en las deliberaciones del Capitolio, pero eso no debe preocuparnos, pues va a suceder bajo una nueva denominación. Al no llamarse Congreso Nacional, está asegurada la felicidad de la Patria. Ya sabemos que rebautizada como Asamblea era garantía de cambio y eficiencia.

Apenas los rebautizan aumenta la eficiencia; Agroisleña agropatria, Éxito Bicentenario, Marqueseña nosequevaina agropecuaria socialista. El CVN (Consejo Venezolano del Niño) pasó a ser INAM (Instituto Nacional de Atención al Menor). Los Ministerios, que eran once y durante la campaña del 98 el futuro Tiburón UNO cuestionó su elevado número, ahora son más de treinta, y a cada uno le embutieron un semi-escatológico POPO que más bien provocan risa (por el sonido, y por la falsedad de que ahora sean poder popular y respeten estrictamente lo “participativo y protagónico”). El SIFA (Servicio de Inteligencia de las Fuerzas Armadas) pasó a llamarse DIM (Dirección de Inteligencia Militar), la DIGEPOL (Dirección General de Policía) fue rebautizada DISIP (Dirección y Servicios de Inteligencia Policial), y en algún vericueto de la travesía revolucionaria brotó el SEBIN, dueño y señor del Helicoide en Roca Tarpeya y la Tumba en Plaza Venezuela, organismo que por razones misteriosas no cumple los protocolos y mandatos tribunalicios. Y este régimen continuó cambiando nombres, hasta encasquetarle el alias de “bolivariano” a divisiones administrativas, incluso a calles, a cuerpos policiales y la GN (aunque sus comportamientos van en sentido opuesto a lo que esa denominación implica. Nada más recordar que Bolívar dijo “Huid del país donde un hombre se eterniza en el poder, el pueblo se acostumbra a obedecer y el tirano a mandar”, y se nos engrinchaba el cuerpo, atormentados por aquel prepotente lema que repetía a diario el fanfarrón de Sabaneta, aludiendo a su pretensión de permanecer en el trono: “Hasta el dos mil siempre”, por nombrar sólo algunos de los rebautizos por todos conocidos, cuya efectividad es también memorable: Son el mismo musiú con diferente cachimbo.

Y como estaban demostrando que un nuevo nombre imprime mayor eficiencia, hace desaparecer los problemas casi de inmediato, regenera a las personas inmersas en el ámbito cuya denominación es modificada, era imprescindible rebautizar al país, por cuanto él contiene los graves e innumerables problemas y a la población que los sufre. Bajo el nuevo nombre, los problemas disminuyeron progresivamente hasta que únicamente nos queda la nostalgia por ellos, ya que estuvieron tanto tiempo con nosotros que los vamos a echar de menos, indudablemente.

Todavía hay tiempo de agregar un artículo que contemple la obligatoriedad de cambiar el nombre a toda instancia con problemas, para garantizar su efectiva e inmediata solución. Total, ¿qué es una raya más para un tigre? A una Constitución que contiene trescientos cincuenta artículos, no le puede hacer daño la inclusión de uno más. Por el contrario, ese que conmine a modificar la denominación de todo cuanto presente alguna disfunción es, probablemente, el más importante y necesario de todos.

Ya basta de usar el término obsoleto y pavoso de Hospital, habida cuenta de que es ese nombre precisamente lo que determina el mal funcionamiento de estas porciones de la infraestructura dirigidas a preservar la salud. Desde ahora, procederemos a rebautizarlos “Centros de Curación Absoluta”, y ya verán los lectores que al cabo de pocos meses vamos a tener que importar enfermos del Africa o del Asia, pues los veintiocho millones que habitan Venezuela van a disfrutar de una salud que ya envidiaría el mismo Supermán (y sin alergia a la maluca kryptonita). Lástima por las Farmacias, que van a tener que aumentar su inventario de juguetes, pasapalos y cosméticos, porque lo que son las medicinas difícilmente van a ser requeridas.

Eso de Unidad Educativa fulano o perencejo, con su ristra de días de clases perdidos, insuficiencias en edificación y dotación, falta de actualización y subvaloración de los docentes, bibliotecas que dan tristeza, y bachilleres que a duras penas leen párrafos cortos, y sin calculadora no son capaces de sumar dos cifras de tres dígitos, quedará en el pasado oprobioso. Una vez que se llamen “Instituto para la Excelencia y el Aprendizaje” los resultados harán revolcarse de envidia a los países de eso que llaman el primer mundo, que se ubicarán por debajo de la potencia castrochavista, cuando esta efervescencia revolucionaria muestre sus resultados.

El panorama es hermoso, e ilimitadas las posibilidades. Aunque la eliminación de los problemas tradicionales puede traer nuevos problemas, precisamente porque la eficiencia lograda generará interés en aquellos países deseosos de aprender la fórmula para implementar las soluciones definitivas. Un flujo incesante de Médicos, Industriales, Educadores, Ingenieros, Científicos, y profesionales e inversionistas en general, vendrán a Venezuela a empaparse de la nueva realidad y capacitarse en el oficio de determinar qué términos utilizar para rebautizar todo, de la manera más conveniente, y con ello solucionar sus problemas.

En la esfera de lo estrictamente individual el asunto ofrece perspectivas insospechadas. Por ejemplo, a usted lo trae de cabeza, locamente enamorado, una determinada persona, pero lo único que usted le inspira es desprecio o lástima. Procede usted a cambiar su nombre y de ser posible el apellido, por vía de Registro o Notaría Pública y, abracadabra, ipsofacto pasa usted a ser el obscuro objeto del deseo de aquella persona que lo miraba como gallina que mira sal, antes de rebautizarse.

Ni siquiera va a ser necesario ir a los “Centros de Curación Absoluta”, antes llamados Hospitales, para lograr superar una enfermedad. Bastará con cambiarse el nombre y eso confundirá a las bacterias, microbios, hongos o células cancerígenas que hayan estado jugando al tin marín de dos piringüé con su salud. Escucharemos entonces conversaciones tales como: “Epa, ¿y ese que va allí no es Pedro María, aquel a quien le habían dado cuatro semanas de vida..? Bueno, es y no es, porque se cambió el nombre, ahora se llama Alfredo Vicente, y está completamente curado !. Con decirte que está pensando en ponerse un tercer nombre, a ver si tumba esa barrigota.”

Cuba lleva 58 años practicando con éxito el re-bautizo; Llaman Bloqueo a un simple Embargo, Socialismo a una vulgar dictadura estalinista. Los revolucionarios del “polo paaaatriótico” llaman expropiación al descarado robo, patriotismo al secuestro de la Nación y todos sus recursos, Soberanía y antiimperialismo a la vergonzosa dependencia como lacayos serviles de Cuba, Inversión social a la Corrupción (que ha dispuesto de más de un billón de dólares, malbaratando una gran parte, exportando una mayor porción a paraísos fiscales de lo más discretos).  

Por lo pronto la deuda que había adquirido la República de Venezuela ya no gravita sobre nosotros, pues con aquel nombre figurábamos como deudores, pero desde que somos una nueva entidad ya no aparecemos en esas listas de morosos, y como hemos solicitado un bojote de préstamos sin autorización de la Asamblea Nacional, legalmente no hay forma de que nos obliguen a pagar ese realero. La documentación para esos créditos tiene la firma del que ya murió (dos veces), y del que tiene nacionalidad borrosa, de manera que -mientras las cuentas cifradas y los testaferros cumplan eficientemente sus funciones- esos biyuyos están seguros y le irán a cobrar las deudas a las antiguas denominaciones !. O le pagan a los chinos con los billetes FUERTES del viejo cono ¡!

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