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Reflexión libresca en la calle Espejo

Una librería de «segunda mano» -la expresión me recuerda una picaresca canción de Serrat, pero en ella se hablaba de una mujer: «la primera, de «segona mà»-; una librería de viejos, decía, siempre es una suerte de trampa mortal para una formación escolástica libresca, en una acepción no cristiana. Una librería de «usados» es un riesgo latente para un lector imberbe que quisiera ir integrando su biblioteca personal, y que acabaría siendo arroyado por un criterio aleatorio, ajeno, al depararse con libros provenientes de de un cúmulo de bibliotecas desintegradas.

En una esquina, marcada ya por deliciosos hallazgos bibliográficos, en una de las ciudades más emblemáticas de la provincia mexicana, como lo es Pátzcuaro, compré algunas ediciones únicas. De inmediato tuve la sensación de que me encontraba inmerso en un flujo de sentidos como flechas que viajaran en dirección contraria, de lo clásico a lo moderno, de lo banal a lo trascendente, pero coincidiendo las saetas históricas y literarias en un destino final.

También me parecía que los libros vendidos allí eran una suerte de carromatos de velocidades contrarias, como las de una calandria y las de una máquina Maserati. Sin embargo, el bólido y el coche de caballos se encontrarían de manera irremediable en una curva, destinados ambos vehículos, en este caso, objetos cargados de conocimiento, a transitar juntos por el arcén, hacia una «fusión» intelectual, como si se tratara de platillos gastronómicos o de piezas musicales, afán de mezclas en boga.

Esta larga, rara digresión, en medio de estar contando el júbilo al que siempre nos destina encontrar tesoros de papel y letra de imprenta, me ha llevado a reflexionar en lo que podría pasar si fuéramos reclusos de un entorno pueblerino, con lagos y suaves montañas incluidas, pero no tuviéramos mayor opción de conocimiento que la librería de una esquina prodigiosa que encierra volúmenes defenestrados por familias enteras que se deshacen de la obsesión de supuestos insensatos que acreditan que el papel y la tinta impresa sirven para algo más de lo que proporciona la emoción de la lectura y la búsqueda de la sabiduría.

Y lo que podría pasar en una hipótesis semejante, tal vez sería llegar a alcanzar una visión del mundo que se desdoblaría por los caminos múltiples, plurales, de la cultura libresca. También se pondría en evidencia la curiosidad insaciable del género humano, representado en unos cuantos lectores empedernidos cuyas colecciones recularon hasta su original fuente de comercio, las estanterías de una librería.

Mientras seguía por esta vereda de suposiciones recordé un relato del sustancioso libro de un editor notable, Manuel Arroyo-Stephens, fundador de «Turner»: «… No sé si usted lo sabe pero cuando muere alguien por la escalera principal bajan un día el cadáver y por la puerta de atrás al día siguiente la biblioteca. A las viudas los libros no les sirven para nada. Quieren sacarlos de casa cuanto antes porque acumulan polvo y ocupan mucho espacio».

El párrafo apenas citado, proveniente del formidable libro «Pisando Ceniza» que mucho recomiendo leer, viene como anillo al dedo a esta larga disquisición; sobre todo cuando uno se depara con un asilo de volúmenes olorosos a los champiñones que procrea la celulosa, pero que no obstante su ofensiva penetración en el olfato, nos regala instantes gozosos.

No haré una lista exhaustiva de lo que me llevé de la librería de la la calle Espejo, sobre todo, al precio ridículo que me ofreció la generosidad de José Luis, un librero michoacano poco habituado a enfrentarse a un lector tan irredento; pero además de mencionar la primera edición (1943),encuadernada en piel, de «Las dos Carátulas» de Paul de Saint-Victor, amigo cercano de Flaubert y de los Goncourt, y un impagable volumen de la anti-poesía del enfant terrible de las letras hispanoamericanas, el chileno Nicanor Parra, citaré con más detalle tres ejemplares que argumentan a favor de mi exagerado entusiasmo.

Hallé, empolvada, la primera edición de «No pongas tus sucias manos sobre Mozart», libro misceláneo de uno de los novelistas y cronistas que más admiro, por su inteligente, detallada observación de la cotidianidad y su desparpajado rigor crítico y creativo. Me refiero a Manuel Vicent, el único columnista al que el diario español «El País» reconoció el derecho de seguir escribiendo eso, una columna, y no el recuadro en que «apresan» los textos de otros colaboradores semanales. Adicionalmente, el volumen, de pertinentes ilustraciones al inicio de cada pieza de agudeza narrativa, es prologado por otro escritor de similares quilates, Juan Benet (a quien tuve la fortuna de tener en mi casa de Roma, junto a su mujer Montserrat, en una noche memorable que otro día debo contar, por sus características inusitadas).

Luego tropecé en los anaqueles con una verdadera rareza. No había visto nada así. Se trata de un pequeño volumen de prosas de Isaac Levín. En la portada está estampado un grabado con la imagen de un caballito, firmado y numerado -el 84/100- y concebido nada menos que por un artista plástico mexicano de sólida fama entre los grabadores, el ya desaparecido maestro Alfredo Zalce.

Finalmente, lo más significativo me aguardaba en la calle Espejo. Uno de los libros más excepcionales del gran poeta español refugiado en México, León Felipe (1984-1968), compañero de otros grandes de la Generación del 27 como Lorca, Jorge Guillén, Vicente Aleixandre y Alberti.

Encontré, escondido entre muchos volúmenes, la primera edición de «El Ciervo» (editorial Grijalbo, México, septiembre de 1958), con una dedicatoria del autor de «Que Lástima» al director y productor teatral Julio Bracho. Esa edición cuenta con numerosas ilustraciones en su amplio formato de libro de poesía y arte, entre ellas, dibujos de Siqueiros, Diego Rivera, Rodríguez Luna, Leonora Carrington, Alberto Gironella, Vicente Rojo, Vlady, Remedios Varo, Elvira Gascón y Giménez Botey -éste último, amigo cercano y socio de mi padre-.

El prólogo es de Juan Rejano, el poeta Andaluz, que me abrió las puertas del suplemento de «El Nacional»; y precisamente, dije que este bellísimo volumen es el más significativo de mis hallazgos en la librería de la calle Espejo de Pátzcuaro porque mi primera crónica publicada fue la de un texto sobre León Felipe, a quien tuve la fortuna de conocer en su departamentito de la calle Miguel Shultz de la Ciudad de México, un mes antes de su fallecimiento y cuando aún colgaba de la cabecera de su cama un dibujo de Picasso, dedicado a su sobrino, el torero Carlos Arruza, y que las malas lenguas cuentan que desapareció misteriosamente; pero como siempre, el desdoblamiento de las anécdotas no conoce fin y será en otro momento que tal vez vuelva al tema, ya en su vertiente de historia de suspenso.

Terminaré diciendo que la crónica de la muerte de León Felipe, que escribí a los 15 años, tuvo ribetes sobrenaturales. A la misma hora en que moría el gran poeta, durante la madrugada del 18 de septiembre de 1968, una tormenta de viento norte en el puerto de Tampico inundaba el cuarto donde yo dormía y derribaba, entre otros, mi ejemplar de «Oh, este viejo y roto Violín» de León Felipe.

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