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Remembranzas del otrora servicio exterior (II)

Del equipo que hacia finales de los años sesenta, logró ensamblar el Embajador Pérez Guerrero en nuestra Misión Permanente ante las Naciones Unidas, dos de sus integrantes llegaron a ser Ministros de Relaciones Exteriores, ambos por supuesto, en nuestra época democrática.

Habría que señalar previamente que en 1948, el recordado Dr. Luis Cabana, economista y egresado del Curso de Admisión en las Carreras Diplomática y Consular,  que organizó en la Cancillería el Ministro Gil Borges, puso en marcha en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la UCV, lo que hoy en día es  la Escuela de Estudios Internacionales.

Tenemos mucho que agradecer al Dr.  Cabana, pues fue un infatigable apóstol de la profesionalización de nuestro Servicio Exterior y luchó porque  los Concursos de Oposición para ingresar a la Carrera Diplomática se celebrasen todos los años.

Estos Concursos eran convocados por la Cancillería, pero tenían un Jurado Calificador compuesto por representantes del Congreso, de los profesores universitarios, de  los egresados de la Escuela de Estudios Internacionales y del propio Ministerio de Relaciones Exteriores, que además se encargaba de su Secretaría.

Las diferentes pruebas  duraban un par de semanas y los resultados  se publicaban en la Gaceta Oficial; los Concursos se empezaron a celebrar  en 1965,  se efectuaban en la Casa Amarilla y el último examen era el más temido, por ser oral,  abierto al público y de carácter general que permitía al Jurado formular cualquier pregunta, para observar la reacción del aspirante ante circunstancias  inesperadas.

Lamentablemente, todo esto pertenece al pasado, el Servicio Exterior ya no existe,  las representaciones diplomáticas han degenerado, tienen por única misión  defender al nefasto régimen y, en consecuencia, podrán imaginarse la catadura de sus integrantes, que se han visto envueltos en escándalos de diversa índole, incluso hechos de sangre que le han dado la vuelta al mundo, todo lo cual acontece, para colmo, bajo tutela cubana.

Una vez hechas estas precisiones, recordemos que Germán Nava Carrillo formaba parte de la primera promoción de la Escuela de Estudios Internacionales y era Ministro Consejero en el equipo que estamos rememorando. Era una persona de hablar suave y pausado, característica no muy común en los oriundos de la Tierra del Sol Amada; llegó a ser un verdadero especialista en temas de la lucha contra el colonialismo y seguía de cerca las labores del Comité de 24, que se ocupaba de dichos asuntos y del que fue además Presidente. La materia era particularmente importante  en esos momentos, cuando muchos países africanos accedían a la independencia y quienes luego serían Presidentes, Cancilleres y Ministros de los nacientes países, se presentaba ante el Comité como Peticionarios.

Germán había estado trabajando en nuestra Embajada en  Londres y se aficionó a coleccionar relojes, pero no de  cualquier tipo, sino los grandes, de pie y con largo péndulo, que se conocían como Relojes del Abuelo, poco usual para un diplomático, pues son delicados y propensos a sufrir desperfectos con las frecuentes mudanzas, razón por la cual se tiende   a coleccionar más bien alfombras antiguas.

Nava Carrillo, acumuló una vasta experiencia, fue Embajador en varios países, Representante Permanente en nuestra Misión en Nueva York, Director de Política Internacional del Despacho,  su Director General, como entonces se llamaba al segundo a bordo  y llegó a ser  Ministro de Relaciones Exteriores en 1988. Era muy ordenado, con gran dedicación a su trabajo y murió prematuramente de septicemia aguda, casi inverosímil en tiempos modernos.

Nava Carrillo, ha sido el primero y el único funcionario de la Casa Amarilla, a quien bien pudiéramos considerar de Carrera,  que ha desempeñado la Cartera de Relaciones Exteriores.

El segundo miembro del equipo que llegó a ser también Canciller, a quien no voy a mencionar por su nombre, era a la sazón  Consejero  del área económica. Había hecho estudios en Suiza, en uno de los mejores internados para varones del mundo entero, en donde además de las materias regulares, se aprendía idiomas, equitación, esgrima y hasta buenos modales para conducirse con soltura en ambientes refinados.

Competía con uno de sus condiscípulos  por ser el mejor atleta del Colegio,  lo que los obligaba a mantenerse delgados; pero resulta que su rival estaba destinado a ser líder espiritual de una secta musulmana y era motivo de frecuentes chanzas, pues, de acuerdo con la tradición, lo pesarían  para que sus seguidores le ofrendaran el equivalente en oro y piedras preciosas, circunstancia que  hacía poco recomendable la flacura.

Pero al final, el personaje no se subió a  balanza alguna, sino que resultó  filántropo, fundador y presidente de una de las redes privadas de ayuda al desarrollo, que trabaja por el mejoramiento económico, social y cultural en Asia y África.

Por su parte, nuestro compatriota se graduó de economista, se especializó en petróleo, fue funcionario de Naciones Unidas en Ginebra y su sofisticada  educación le valió el apelativo de Príncipe.

Realizamos juntos lo que constituyó mi primer viaje a Europa; el cual se inició por Alemania, pues había ordenado un Porsche que estaba ya listo para que se lo  entregaran  en la fábrica de Stuttgart, la cual fue muy interesante recorrer, pues  hacían los carros a mano, pocos por día y había que ordenarlos con mucha anticipación.

De Alemania viajamos a Austria por tierra, estrenando el 911, que alcanzaba fácilmente los 120 k/h, sin sobrepasar el número de revoluciones recomendado en los primeros días de rodaje y que era en realidad una velocidad moderada, para lo que se acostumbra en las grandes autopistas teutonas perfectamente mantenidas.

En Viena participamos en el Consejo de Administración del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y luego nos dirigimos a Ginebra, pero como faltaban unos días para comenzar la labor, tomé un tren para visitar a mi colega y gran amigo, recientemente fallecido, el Negro Cróquer, quien  trabajaba en nuestro Consulado General de Génova.

Aprovechamos para visitar  Portofino y Rapallo en la Riviera Italiana, cuyas  playas  rocosas son muy distintas a las nuestras, pero siempre me acordaré de  Camogli, pequeño pueblo de pescadores, donde solíamos refrescarnos con un par de birras Peroni Nastro Azzurro y degustar unos mariscos verdaderamente inolvidables por su  excelente calidad.

Luego tomé el Trasalpino a Ginebra, para recomenzar el trabajo, pues el Embajador Pérez Guerrero, presidiría el Consejo Económico y Social, el más importante de la ONU, si exceptuamos el Consejo de Seguridad.

Nuestro personaje, cuyo futuro era muy prometedor en el mundo de los organismos internacionales, decidió  regresar al país, fue Presidente del Instituto de Comercio Exterior en el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez, quedó deslumbrado por su personalidad,  se inscribió en su partido, trató de emular al veterano político, empezó a concebir planes propios y, por supuesto, nunca faltaron personas a su alrededor que se ocuparon de alentar escenarios descabellados, sin ningún asidero en la realidad.

Era un contrasentido, por decir lo menos, que el Príncipe empezara su peregrinar político en Barlovento, donde lógicamente no armonizaba ni con la militancia, ni con la dirigencia de la zona. Así pues, sin sorpresa alguna, los espejismos de nuestro personaje no solamente se fueron al traste, sino que  terminaron por enredarlo en una tramoya  de malversación y se armó una  tremolina tal, que arrasó con su ídolo y lo arrastró en su caída.

Nunca podré creer que el Príncipe haya estado involucrado en actos de corrupción, pero la escasa veteranía política y su ausencia de tropicalismo que le dificultaba percibir con claridad todas las  implicaciones de la maquinación, característica que alguien definió coloquialmente como falta de burdel, precipitaron su naufragio  y  subsecuente ostracismo.

No deja de ser curioso observar, cómo rencillas intestinas, bajezas, venganzas y personalismos, se entretejieron para formar tupida maraña, aderezada por una falta de civismo que ahora causa arrepentimiento, para echar por la borda a Gocho y Príncipe, que hubiesen podido contribuir, guardando las diferencias, a evitar el calvario de los tres últimos sexenios, con la patria sometida a creciente escarnio  por su propio gobierno.

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