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Saliendo de la Salina de Lechería

Las salinas transforman la blancura marina en horizonte, la espuma salobre  petrificar la resequedad, oleajes convertidos en arena, atascados entre esa salinidad por primera y última vez oí al abuelo pronunciar la palaba kariña,  mientras se bajaba del Volkswagen:

Te lo dije doctorcito por resbaladizo que fuera esta bola de  acero  a la que llamas carro, no iba  poder  a travesar   la salina de extremo a extremo… Una y otra vez te lo he dicho, este es el peor negocio que he hecho en mi vida comprar este erial de sal , luz y pozos. Solo porque queda cerca de la hacienda.

Menos mal que esos kariñas, que fueron a pedir permiso a San Diego-la hacienda- para que les permitiera explotar la sal y si quería me daban una comisión en sal, y para que iba querer sacos de sal bruta. A Cristóbal, el cacique le gusta el whisky, paso esa noche y otras en la casa debajo de la mata de Limón, echando cuento, hasta que llegamos a un acuerdo. Yo les daba el material para hacer los límites, que ayudaran a   los  peones  criollos a cercar el salar.

Y si no fuera por él, nos íbamos a quedar aquí hasta la eternidad. Vez ya vienen para acá, no se para que te sirvió meter a comunista  doctorcito si  no sabes  ni siquiera lo que es la palabra  Kariña, y menos haz compartido con ellos.

Al menos Reina mi  querida nuera trajo botellas de agua, Eduardito puede ir  corriendo  hasta ellas, por que tienes esas botas que no te quitas ni para dormir, y dile a Cristóbal que traiga a sus  hijos  porque con él solo no vamos a poder sacar este escarabajo de aquí. Abuelo con el calor, que ha convertido el suelo en resplandor empezó a gritar:

– Hasta cuando doctorcito voy hacerte caso, me la paso sacándote de cada peo en que te metes, solo a ti se le ocurre a travesar   la salinas en carro. Eso se hace caminando o en mula y con avíos…

Deja de gritar Antonio Planchart Hernández, desde que salimos de la hacienda estas enseñándome a manejar, tú que el primer carro que le compraste a tu primo, lo dejaste tirado en la orilla de la carretera, porque no sabías manejarlo. Lo que te gusta es tener chofer.

– Claro   para eso he trabajo toda la vida, y nadie me beco al extranjero a estudiar, como tuve que hacer contigo cuando la Seguridad Nacional te metió preso con el  catire Pekoft,  tuve que sacarlos a los dos, por andar en pendejadas contra  Pérez Jiménez, ustedes solo son uno niñitos de papá. Y para colmo tuve que regalarle unas buena botellas a  Vallenilla Lanz, si tu primo. Después que me conto lo que habían estado haciendo, me provoco decirle, que me hiciera el favor de dejarte preso uno días más. Y se  carcajeo hasta ahogarse, y al recuperar el aliento me dijo:

– Claro abogado Planchart Hernández y quien  aguanta a tu querida catira Amalia Montemayor parándome peo en la oficina, y viniendo a la cárcel todos los días con comida, y ropa, hasta los interiores les traía. Y pedía  verlo a ver si no los habíamos golpeado, porque si le habían hecho algo iba  hablar con el general así llamaba a Pérez Jiménez. No se como haces en tu casa con esa fiera mujer, siete hijos le hiciste parir a la tribu Planchart Montemayor, aunque me dicen que desde hace años no puedes acercarte a su cuarto, por el fiero Relámpago que tiene en la entrada de tu cuarto, para evitar tu cercanía.

-Ya deja de regañar que te va dar un infarto, estas acalorado y debes calmarte.

– Doctor del carajo, tirados aquí y que para pasear en tu carrito nuevo…

– Dr. Antonio, tiene el pelo como la salinas cada día tiene más canas,

– Cristóbal como te gusta la vaina, sácanos de acá que este súper carro de mi hijo  se hundió en la salina, deje pa  ve que podemos hace. Ese  nieto suyo,  habla como Pedro Infantes, a ese se le ve que no es de acá, sino de México.

– Estaba vaina de indio viviendo entre charros, Venezuela realmente nunca va salir del hueco.

-Deje la quejadera doctor, ya vienen los primos con tablas, para sacar las ruedas y empujarlo a la vía donde la salina esta más seca, sabe cada vez nos pagan menos por el saco de sal, sino fuera porque usted nos trae fuertes  de plata todos los meses estaríamos muriéndonos de hambre. Hasta hemos pensado a mudarnos a San Diego, usted nos invito, estamos cansando de rasgarnos las manos, de tanta sal…allá al menos hay tierra, y esta a orillita del Neverí.

– Ya te lo dije, no he vendido estos terrenos porque nadie los quiere comprar, y decidí quedármelos, váyanse para la hacienda, a vivir allá no la arreglamos, pero sácanos de este lodazal de sal y tierra. Pero antes que pierda la paciencia, necesito un buen whisky con hielo.

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