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Sumas que no cuadran

La política no es exacta lo cual significa que su praxis conduce a resultados frágiles por inestables o eventuales, (incluso, inusitados o denodados) que pueden ser. Pero no por exponer tan endeble condición, no es capaz de invertir o revertir la situación a la cual adscribe o suscribe sus efectos. Por eso, se dice que la política es tan incomprensible como intempestiva. Es difícil atinar lo que sus resultados o respuestas terminen aportando. De ahí se infiere el carácter insoluble de quienes hacen del ejercicio de la política, su oficio. O su devoción más temeraria o rapaz.

Aún así, de admitirse que la política es el cauce sobre el cual se moviliza toda razón de vida. Así como arrastra toda consecuencia. Pero al mismo tiempo, es la rendija por la cual se desliza la incertidumbre. Aunque en su movedizo terreno, las realidades se transforman sin que alguna se extinga. Es la naturaleza cambiante de la política. Sobre todo porque en su esencia, están expuestas las necesidades e intereses que llevan al hombre a pronunciarse en torno a la decisión que haya tomado en el curso de los acontecimientos por los que transita. Tal decisión, innegablemente, lo conducirá por el ámbito que haya elegido para rebosarlo con el arrojo, calculado o imprevisto, de sus actos de vida.

Tan breve prefacio, atravesará el sendero conceptual por el cual esta disertación sabrá conducir al lector hacia la duda que los venezolanos se plantean día a día. O momento a momento. Antes o luego de soportar la inclemencia de aventurarse en cualquier interminable hilera de automóviles o personas por la adquisición de algún servicio o producto que requiere para sentir que su vida tiene algún ápice de “normalidad”.

Tan patética e importunada situación, termina complicándose al sumarle los problemas que derivan de la crisis de servicios públicos. Todos ellos, abandonados por la indolencia y desvergüenza de un régimen indolente y corrupto que, literalmente, cabe decir: “acabó con todo”. Un régimen que actuando según el papel de insolente usurpador, desarregló la institucionalidad constitucional y disoció los valores civilistas que tradicionalmente amoldaban la conducta del venezolano, del ejercicio de ciudadanía que éste procuraba emprender.

El venezolano olvidó el talante que en otrora lo caracterizó como hospitalario, solidario, humanitario y hacendoso. El descarnado discurso del gobernante, lo indujo a exaltar la desvergüenza de sus actos impúdicos amparados por el vulgar sesgo del oficialismo. Además, celebrados a todo dar. Más aún, formalizados con el consentimiento de un Poder Judicial, cómplice, alcahueta y adulador. 

Sin embargo, tan crudas y cuestionadas vivencias, no han sido óbice para restarle fuerza al reclamo y protesta que interna y externamente se levanta en contra del cinismo con el cual actúa el oprobioso régimen venezolano. Su presumida “revolución”, sólo ha servido para tramar las más groseras situaciones. Todas atentatorias de la democracia prescrita como sistema político por la Constitución que ahora, los mismos gobernantes, desconocen.

Y porque a pesar de la condición tornadiza de la política, en algo se parece a la matemática. Y es que, como le refirió Edward Kennedy, “la política, al igual que en matemática, lo que no es totalmente correcto, está mal”. Y aunque esta tendencia pueda tener el efecto posible, la política no sigue las reglas operativas de la matemática pues el orden de los factores sí altera el producto provocando que la suma arroje un resultado diferente. Significa esto que los sumandos no pueden sumarse en cualquier orden. En política no aplica la propiedad conmutativa de la suma o “propiedad de orden de la suma”. Y es porque, irremisiblemente, (tal como ocurre en Venezuela) hay sumas que contrarían y se degeneran en su razón de ser. Son sumas que no cuadran.

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