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Superar la desesperanza

En un laboratorio, el profesor Seligman formó dos grupos de perros. Los metió en dos jaulas en las que recibían descargas eléctricas a los pocos segundos de sonar una campana. En el primer grupo, los perros podían trepar espacios donde lograban evitar la descarga, mientras que en la segunda jaula recibían la descarga siempre.

En un segundo experimento, Seligman puso a todos los perros en una misma jaula electrificada de la que podían salir saltando una pared. Cuando sonaba la campana, los perros que en la primera prueba había logrado evitar las descargas trepaban la pared con insistencia, mientras que los perros del segundo grupo se echaban al oír la campana y se quedaban inertes esperando el corrientazo.

Eso se llama desesperanza aprendida y surge cuando una persona sufre varios fracasos continuos y va perdiendo la fe y la energía para luchar.

La falta de madurez política de buena parte de nuestro liderazgo nos ha llevado a continuos fracasos.

Las cosas requieren una maduración. Quien quiere tener un hijo tiene que concebirlo y luego esperar nueve meses. Puede quererlo YA, pero si al mes provoca un parto, no será un parto sino un aborto y, una vez producido el aborto, tendrá que empezar de nuevo. Una y otra vez se ha buscado provocar una salida precipitada de este gobierno produciendo abortos y una y otra vez se ha tenido que volver a empezar.

La convocatoria al paro petrolero de 2002 sin ningunas condiciones para que tuviera éxito, el referéndum revocatorio de 2004 y la denuncia de fraude; la abstención en las parlamentarias de 2005, en la que entregamos el 100% de la Asamblea Nacional al oficialismo para que terminara de controlar el CNE y el TSJ; la SalidaYA a un mes de haberse celebrado unas elecciones municipales donde el gobierno sacó 800 mil votos de ventaja y la invitación a recoger firmas que no nos llevan a nada han sido todos partos provocados que terminaron en aborto. La justificación siempre fue la misma: “Este país no aguanta un día más”.

La crisis económica es tan compleja y tan profunda que ni el gobierno ni la oposición tienen cómo superarla en un esquema de confrontación con el otro. El único camino viable es crear las condiciones que obliguen a un entendimiento nacional que le dé soporte a un plan de rectificación que permita reactivar el aparato productivo y frenar el nivel de deterioro en la calidad de vida de las familias venezolanas. Querámoslo o no, esa es la salida que tiene Venezuela. Hagámoslo antes de que sea demasiado tarde.
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