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Tan chimbas como las anteriores

Ya hay un poco de gente alborotada, con expectaciones de conseguirse una alcaldía o una gobernación en las ramplonas elecciones que la sala operacional cubana le ordenó al nortesantandereano tetón.  Más que todo los excitados son compañeritos del PUS, pero también hay unos cuantos ilusos de la “oposición” que creen que podrán lograr una pitanza.  Como si los rojos les fuesen a dejar mucho chance.  Lo que más llama la atención es que a muchos de los alborozados acaban de concederles una diputación en la farsa anterior.  Y que venían de ser integrantes (me da grima poner “diputados”) en la bufonada dizque constituyente.  Que no fue convocada por la ciudadanía, requisito indispensable según la Constitución.  Fue el resultado de una puntada que le dio al usurpador, que necesitaba algo para neutralizar a la legítima Asamblea Nacional. Total, que después de más de tres años sin haber cumplido lo que se espera de una Constituyente: hacer una Constitución, la panda recién vestida se disolvió sin gloria pero con mucha pena.  Solo habían sido un mamotreto destinado a refrendar cuanta majadería les mandaran del Palacio de Ciliaflores. Y haberle costado un dineral al Erario:  nada más multipliquen quinientos y pico ganapanes que la constituían por los sueldazos mensuales que recibían, más los bonos que les mandaban por las atrocidades que “legalizaban”.

Reconozco que me metí en una tronco de digresión, pero creo que valió la pena: fijó algunos conceptos. Y regreso a lo que iba: contra los pobres diablos que aspiran a meterle la mano a los pocos dineros que quedan en las arcas estadales y municipales.  Porque los actuales, que se roban hasta un hueco, es muy poco lo que van a dejarles. Sin importar si son compañeritos. Todas sus esperanzas están en esas elecciones que nos impondrán como materia distrayente y como instrumento para dividir más a la oposición. Y que serán tan chimbas como las que sirvieron para imponer la constituyente cubana, primero, y una asamblea nacional (minúsculas ex profeso) que no representa a nadie, después. 

Necesitan de esos artilugios seudolegales para asegurarse ganar por forfait y, así, poder seguir pegados a la teta de la res pública. Porque legalmente, diáfanamente, en unos comicios libres, observados por la comunidad internacional, no le ganan a nadie. Es que no llegan al doce-quince por ciento de la población.  Y eso, a punta de comprar voluntades por medio de bonos con dinero sin respaldo en lo absoluto y bolsas clap cada vez más esmirriadas.  Como la oposición, si va unida, es capaz de derrotarlos fácilmente en cualquier elección democrática, sea para lo que sea, tiene que apelar a la tramposería. Total, ¿qué es una raya más para un tigre?  Tienen años en eso. Se las saben todas. ¿Que los países serios no los van a reconocer? No les importa: para ellos solo valen China, Corea, Irán y, claro, la Cubita de sus amores.   

La receta ha sido la misma desde hace veintidós largos años: inhabilitan a los adversarios que representan una amenaza para sus triunfos, o los meten a lo macho en las cárceles (para eso tienen jueces y fiscales genuflexos), o los obligan a exilarse. O, simplemente, los mandan a matar.  Porque escrúpulos no tienen. Por si acaso, para tener más ventaja, mediante argucias que el Tribunal de la Suprema Injusticia convalida, se apropia de partidos políticos adversos, les roba sus tarjetas y designa a gente que es capaz de venderle al alma al diablo para que los presidan.  ¿Observación internacional?  ¡No señor!  Para sustituir esta inventaron lo de los “acompañantes electorales”: compañeros de ruta, de países “amigos”, que solo sirven para ocultar los desaguisados cometidos durante las votaciones.  Gente que no ve cómo los militares del Plan República desalojan de los centros electorales a los testigos de los partidos contrarios y dejan solo a los del PUS, mantienen abiertas, manu militari, las mesas después de la hora de cierre y cuando no hay nadie en cola, pero que hay que mantener funcionando hasta que llegue el autobús con los copartidarios remisos traídos a juro.  Esos mismos “acompañantes”, que no ven irregularidad alguna, después tienen la cachaza de exhortar a países más serios que los suyos para que reconozcan esa payasada como si fuera una elección seria.  Pero son tan evidentes y descaradas las irregularidades que a los gobiernos democráticos del mundo no les queda sino desconocerla.  Ni el beneficio de la duda pueden concederles.

Uno quisiera votar.  Pero solo si los comicios fueran serios, creíbles.  Que sirvan para elegir.  No para convalidad fraudes.  Lo que queremos los venezolanos es que nuestros sufragios sean respetados, que valgan.  Así no salgan favorecidos nuestros candidatos y ganen otros que no nos gustaban tanto.  Pero limpiamente.  No por los artilugios diseñados desde que Jorgito Audi Rodríguez estaba de presidente del CNE.  Y donde tan “imparcialmente” se desempeñó que Boves II lo premió con la vicepresidencia.  Después vinieron La Tibisay y sus secuaces, que lo hicieron de la misma manera y que todavía mangonean por esos lados.

Lo requerido, además de que la decisión del pueblo sea aceptada, es que el régimen reconozca que perdió.  Así le cueste hacerlo.  No que inmediatamente designe, como lo ha hecho reiteradamente, “protectores” que no son sino sátrapas que hacen nugatorio el triunfo y que burla las esperanzas que se había hecho la ciudadanía.

Para ponerlo en pocas palabras: todos queremos elegir.  No convalidar a “opositores” designados por el régimen.  No queremos a tipos como Claudio Fermín, Henry Falcón o Felipe Mujica.  Mucho menos al pastor crematístico que no pastorea almas sino que cuenta billetes que después intenta introducir en los Estados Unidos sin declararlos.  Para eso, unidad de acción, observación internacional, nada de votantes “asistidos”; mucho menos, alacranes, ni “colectivos” armados rondando las mesas.  En fin, comicios como si fuésemos un país civilizado…

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