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¿Tercera vía?

El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, ha lanzado una iniciativa de importancia para toda la América Latina. En un interesante intento de dar contenido doctrinario a su segundo mandato presidencial, y de proyectar su mensaje más allá de las fronteras de su país, ha resucitado el concepto de la “tercera vía” como fórmula política que combine la libertad con la equidad social, y concilie el mercado y el estado en un esquema de economía mixta. Por una parte, reunió en Colombia a los ex gobernantes que en el pasado dieron lustre al concepto de la tercera vía –Anthony Blair, Bill Clinton, Felipe González, Fernando Henrique Cardoso y Ricardo Lagos-, y por la otra, en una visita a Brasil, dejó en el ambiente la idea de que las aparentes o reales contradicciones entre Mercosur y la Alianza del Pacífico podrían superarse en una confluencia de propósitos y políticas.. Con esa propuesta, enmarcada en la idea de una tercera vía, Santos y la diplomacia colombiana acrecientan su importancia regional.

El concepto de “tercera vía” ha atravesado dos etapas históricas. En 1951, en plena guerra fría, la Internacional Socialista se refundó con la convicción de constituir, entre otras cosas, la síntesis superadora, o tercera vía dialéctica, entre el capitalismo y el comunismo. Pero a fines del siglo, ya colapsado el bloque comunista y consumado el gran viraje neoconservador-neoliberal impulsado por Thatcher, Reagan y el Consenso de Washington, la fórmula de la tercera vía fue replanteada por el profesor Anthony Giddens, ideólogo del “nuevo laborismo” de Tony Blair, en términos de posición intermedia, no entre el capitalismo y el comunismo, sino entre el socialismo democrático y el neoliberalismo. Esa fórmula fusionó al ala derecha de la socialdemocracia internacional con el “liberalismo progresista” de los demócratas estadounidenses dirigidos a la sazón por el presidente Clinton.  Como estudiante de postgrado en universidades inglesas, Juan Manuel Santos acogió  la doctrina de la tercera vía desde sus comienzos.

Aun cuando los socialdemócratas de ala izquierda rechazan este intento de borrar las distinciones entre socialismo liberal y liberalismo social, en la práctica esta fórmula ha ganado amplia aceptación internacional. Aunque su eficacia ha sido nula en el mundo desarrollado –ni en Europa ni en Estados Unidos ha logrado frenar la tendencia hacia una desigualdad económico-social creciente-, por lo menos podría servir de bandera y de punto de partida para luchas sociales futuras. En regiones emergentes o en desarrollo, como América Latina, puede ser positiva y útil para orientar a mentes progresistas serias que rechazan tanto la prédica neoliberal como la de una izquierda arcaica, incapaz de deslindarse del castrismo y del chavismo. Al mismo tiempo podría servir –como lo propone Santos- para acercar y unir a Mercosur con la Alianza del Pacífico

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