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Todo tiene su final

Venezuela se ha visto impactada en estos últimos días por ciertos eventos de innegables consecuencias para el gobierno bolivariano. Después de meses de espera por el inicio del juicio en contra de dos sobrinos de la primera dama venezolana, detenidos en Haití y trasladados a los Estados Unidos (EE.UU) por la Oficina de Administración para el Control de Drogas de EE.UU (DEA), el pasado 18 de noviembre un jurado en el estado de Nueva York los considero culpables del delito de conspiración para introducir cocaína en EE.UU. Si bien los enjuiciados tendrán que esperar meses para conocer su condena, es obvio que la misma será lo suficientemente alta para castigar la gravedad del delito cometido.

Este evento por sí solo, si bien ha debido causar un impacto sentimental en la pareja presidencial, no tendría por qué acarrear mayores consecuencias en el mundo político venezolano, habida cuenta que la responsabilidad penal es personal, y que solo quienes son condenados como reos de delitos deben asumirla. No obstante, en el presente caso la historia no necesariamente tiene porque terminar así.

Haya sido en serio, o simplemente por hacer alarde a lo que significa estar físicamente tan cerca del poder, el caso es que los “narco-sobrinos”, como se les conoce a estos venezolanos, señalaron ante funcionarios de la DEA, que el objetivo de la negociación de la droga era contribuir al financiamiento de la campaña política que realizaría su tía -esposa del presidente de Venezuela- para nominarse como diputada a la Asamblea Nacional (AN). Adicionalmente, dichos jóvenes hicieron alusiones en relación con Diosdado Cabello, hombre fuerte del chavismo, a quien le atribuyeron el control supremo del tráfico de drogas en el país.

En otro lugar esta última aseveración por sí sola, acarrearía un verdadero sisma. No así en Venezuela, en donde resulta cotidiano escuchar todo tipo de acusaciones, sin que ninguna autoridad haga algo por encausarlas. Paradójicamente, el Sr. Cabello, siempre tan diligente para solicitar la intervención de los tribunales de la Republica sobre quienes se han atrevido a hablar en su contra, ha mantenido silencio frente a una acusación tan grave.

Puede que para algunos esta situación de los narco-sobrinos pase desapercibida dentro de la problemática política que viven los venezolanos, pero en EE.UU. la justicia no olvida. Más aun cuando junto a delitos federales como este, los narco-sobrinos han mencionado a estas personas, vinculadas con violaciones de los derechos humanos.

A esta situación a la cual hacemos referencia, podemos agregar otros eventos producidos en las últimas horas en los cuales dos familias, ubicadas en distintas zonas geográficas de la región, sufren la pérdida de sus seres queridos.

El viernes, en horas de la mañana, la comunidad regional,  representada en la Organización de los Estados Americanos (OEA) se enteraba del fallecimiento de quien fuera hasta ese momento embajador de Venezuela ante el organismo hemisférico, Bernardo Álvarez.

Ese mismo viernes en la noche, la comunidad mundial conocía del fallecimiento del ex dictador cubano Fidel Castro, líder de la revolución cubana, de innegable influencia en la política mundial en su momento y responsable de la hambruna, los fusilamientos, las violaciones de los derechos humanos, y de todas las consecuencias que la implantación del sistema marxista ha representado para Cuba.

En el caso del ex diplomático venezolano fueron muchos los momentos de tensión que vivió al mando de la Misión de Venezuela en la OEA, al tratar de defender lo indefendible frente a quienes acusaban al Gobierno de Venezuela de violación sistemática de los valores democráticos. Para quienes lo conocieron les resultaba asombroso ver al Embajador Álvarez, un hombre culto, inteligente, proveniente de una familia de abolengo intelectual del occidente del país, hablar de la manera como lo hacía.  Y es que si bien nadie podrá nunca explicar a qué se debió el cambio en su actitud, el hecho de que el gobierno revolucionario exija sumisión absoluta bajo la amenaza de considerarte su enemigo, tal vez hubiera tenido un grave peso sobre él.

Del lado de Fidel Castro, serán muchos los que trataran de explicar el nuevo rumbo que tomará Cuba tras la muerte del ex dictador. Olvidan que desde hace años este apenas coordinaba sus ideas, y que hasta las funciones naturales de su organismo dependían de la ayuda de terceros. No en vano en el 2011 dejo el mando a su hermano Raúl, quien ha asumido las riendas del poder, la apertura hacia EE.UU y la consejería al Gobierno de Venezuela, circunstancia que no cambiara por la muerte de su hermano. Por supuesto que Fidel era el símbolo, y a ello se aferraba el Presidente Maduro, así como lo hacía el otrora Chávez. Aun así, indistintamente de los consejos de quien fuera, la decisión de destruir a Venezuela, de eliminar sus libertades, de intentar anular los valores morales de los ciudadanos y de modificar la economía del país hacia terribles derroteros no puede atribuírsele a nadie más que a sus propias autoridades. Lo contrario demostraría una benignidad injustificable.

Todas estas circunstancias a las que hacemos alusión deberían llevarnos a una reflexión respecto a nuestra actitud, y fundamentalmente a nuestras respectivas realidades, en donde antes que reconocer la necesidad de cambiar de rumbo frente a los errores cometidos de parte y parte, pareciera que son los fanatismos y la intolerancia lo que impera. Con ello no solo dejamos pasar oportunidades únicas de enrumbar a Venezuela, sino a nuestros propios destinos como personas, olvidando que “polvo eres y en polvo te convertirás”, (Génesis 3; 19). Cuando ya no estemos aquí, ¿quién podrá explicar nuestros actos?

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