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Un inmenso origami, el telescopio James Webb

“Es un pequeño paso para un hombre y un gran salto para la humanidad” dijo Neil Armstrong el 20 de julio de 1969, luego de aquella primera marcha histórica sobre la superficie lunar, a donde llegó como comandante de la tripulación de la nave Apollo 11. Se calcula que más de 400 millones de personas vimos emocionados esa caminata en nuestras pantallas blanco y negro de los televisores de la época, en un derroche de ciencia y tecnología nunca antes visto.

Una emoción similar sentí el 25 de diciembre de 2021 cuando, cual regalo de navidad para la humanidad, la agencia espacial NASA de los Estados Unidos, junto las agencias espaciales europea (ESA) y canadiense (CSA), a las 8:20 am hora de Caracas, lanzaron el cohete Ariane desde la estación espacial Kourou de la ESA en la Guayana Francesa, contentivo en su interior del telescopio James Webb (TJW), una maravilla científico-tecnológica cien veces más potente que el telescopio Hubble, en órbita desde 1990. Acostumbrados al inglés como el idioma universal de la ciencia y la tecnología, fue sorpresivo a la vez que seductor, escuchar al ingeniero Jean-Luc Voyer dar en francés la orden de despegue: «Dix, neuf, huit, […], quatre, trois, deux, unité… décollage».

Desde ese momento, el TJW comenzó un viaje de 1,5 millones de Km en 29 días, hasta el 23 de enero, cuando llegará al punto Lagrange 2 (L2), un punto de equilibrio para que el observatorio espacial orbite alrededor del sol, manteniendo la misma orientación con respecto al sol y la tierra, por lo que la calibración y blindaje serán más sencillos. Una vez llegado a L2, el telescopio requerirá de unos cinco meses adicionales para la completa afinación de los equipos, a los fines de comenzar a mandar datos e imágenes discernibles.

Mientras va viajando, el TJW ha ido cumpliendo una larga y muy precisa cadena de pasos para engranar todas las piezas, cual inmenso origami, en una hazaña de ingeniería nunca antes vista. El 8 de enero de 2022, el TJW puso en posición los tres últimos espejos hexagonales (18 en total) que conforman el ojo cósmico de 6,5 metros de ancho. Ya el 4 de enero el TJW había desplegado en su totalidad el parasol, de un tamaño equivalente a una cancha de tenis.

Debido a que el TJW trabajará en el espectro infrarrojo, requerirá de temperaturas muy bajas, cercanas a 40oC sobre el cero absoluto, es decir, -233oC. Esta es la razón de ser del parasol que protegerá al TJW de la luz directa del sol y que empacado dentro del cohete Ariane, fue desplegado en varias etapas hasta el 4 de enero. «Desdoblar el parasol en el espacio ha sido un hito crucial para el éxito de la misión», en palabras de Gregory L. Robinson, director del programa Webb en la NASA. «Miles de partes tuvieron que trabajar con precisión para lograr esta maravilla de ingeniería, una de las más audaces tareas en todo el proceso de llevar al TJW a su destino definitivo».

Todas estas operaciones se siguen desde el centro de control, vigilando la telemetría que llega desde el TJW. Por razones de peso y espacio, el telescopio no lleva cámaras de video para comprobar el éxito de sus operaciones. Para ello se ha recurrido a centenares de sensores repartidos por todos los mecanismos a bordo.

A diferencia del telescopio Hubble, ajustado a la luz visible, el TJW es un telescopio que funciona en el infrarrojo cercano y medio, una radiación que emiten naturalmente todos los cuerpos y que le permitirá mirar mucho más lejos en el espacio, hasta 100 millones de años luego del Big Bang, definido éste como el principio del universo, es decir, el punto inicial en el que se formó la materia, el espacio y el tiempo, el momento en que las primeras galaxias empezaron a iluminar el universo, hace unos 13.800 millones de años. Con este alcance, el TJW supera al telescopio Hubble que permite ver solo hasta 400 millones de años después del Big Bang.

Héctor Rago, astrofísico venezolano (ULA), actualmente radicado en el exterior, comenta que «el TJW va a estudiar la formación de las primeras galaxias y estrellas que se formaron en el universo temprano, unos 100 millones de años después del Big Bang. La luz de estas primeras galaxias ha estado viajando durante 13.800 millones de años y debido a la expansión del universo está hoy en la frecuencia de la luz infrarroja, por lo que el telescopio podrá detectarla. El TJW podrá detectar galaxias entre diez y cien veces más débiles que las que detecta el Hubble. Analizando estas primeras luces del universo los astrofísicos tratarán de afinar detalles acerca del origen de las estrellas y galaxias y de los procesos físicos que tienen lugar en su formación. E intentará dar respuesta a dos preguntas fundamentales para la humanidad: ¿De dónde venimos? y ¿estamos solos en el Universo?»

Como ya ocurrió con los avances científicos y tecnológicos requeridos para el exitoso viaje del Apollo 11 en 1969, pronto veremos reflejadas en nuestra vida diaria las aplicaciones de los avances científicos y tecnológicos en el TJW. Fue a partir de la tecnología digital desarrollada para vuelos espaciales (digital fly-by-wire technology) que ahora los aviones llevan un control digital en vez de manual para sus vuelos y muchos automovilistas los usan para sus traslados en tierra. También en la industria de alimentos, el procedimiento conocido como «sistema de análisis de azar y punto crítico de control» (HACCP, por sus siglas en inglés) que hoy es usado oficialmente por Estados Unidos y otros países en el control de la seguridad alimentaria en carnes, pescados, jugos y otros alimentos procesados, se deriva de los requerimientos generados por la compañía de alimentos Pillsbury para la preparación de los víveres que los astronautas llevarían en sus naves. Telas especiales a prueba de incendios son hoy usadas en la fabricación de ropas protectoras para los bomberos.  Tecnología de remediación ambiental diseñada por la NASA para reparar espacios afectados por sustancias químicas expelidas por los cohetes son ahora de uso común en la reparación ambiental a lo largo y ancho del planeta. Estas y muchas otras aplicaciones pueden ser vistas en el portal  Nasa Technology Transfer Program.

Largo es el camino recorrido por el ser humano desde que en Sumeria y Babilonia hace unos seis mil años comenzó a mirar el cielo en búsqueda de señales para su orientación terráquea mientras expandía su presencia en el planeta. Con menor éxito también miró (y muchos hay que todavía miran) equivocadamente hacia la bóveda celeste en sondeo de pistas que le permitieran dilucidar lo que el destino le tendría reservado.

En todo caso, la fascinación por el Universo ha abierto caminos para la comprensión científica de la materia y del mundo en que vivimos, lejos de interpretaciones esotéricas en libros arcanos. Hace casi 400 años la temible Inquisición condenó a Galileo por insistir en que la Tierra no era el centro del universo, sentencia que duró 360 años hasta que el papa Juan Pablo II lo «rehabilitó» en 1992. Hoy son los terraplanistas y especímenes similares quienes, contra toda evidencia documental, insisten en teorías absurdas, negándose a sí mismos la posibilidad de asombrarse ante los avances científicos de nuestra época.

Nosotros, por el contrario, ya nos hemos maravillado con los registros que el telescopio Hubble ha estado mandando desde 1990. Y ahora esperamos con expectación las imágenes que hacia mediados de 2022 comenzará a mandar el TJW, abriendo para nosotros nuevas ventanas en la comprensión del universo al cual pertenecemos.

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