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Un nuevo presidente exguerrillero

Por José Luis Méndez La Fuente (ElUniversal.com)

El nuevo presidente salvadoreño, fue conocido durante la guerra civil (1979-1992) bajo el alias de  Comandante Leonel González, Jefe de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), una de las cinco organizaciones armadas que conformaron el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, que combatió a la dictadura militar.

Pero no es la primera vez que un exguerrillero llega al poder en América Latina. El triunfo de las guerrillas de Fidel Castro en la Cuba de Batista, en 1959, favoreció el florecimiento de movimientos contra las dictaduras militares, el autoritarismo y el nepotismo de las oligarquías, que avivó más bien la represión y el autoritarismo de los gobiernos de derecha, durante las décadas de los sesenta, los setenta y los ochenta. Fue sin embargo en Nicaragua, donde el «sandinismo» marcó el camino para llegar al poder por la ruta electoral.

Varios de aquellos guerrilleros encontraron así, una vez que dejaron la selva y la montaña para volver a la ciudad, el camino para reinsertarse a lucha, esta vez democrática, en los procesos electorales dentro sus respectivos países. De aquellos jóvenes idealistas revolucionarios que se veían reflejados en la figura de «El Che» o en la de Fidel, sólo quedaron después las cenizas de su ideario, convirtiéndose en dirigentes maduros y poniendo en práctica los mismos postulados de antaño contra los que lucharon. Al final pudo más el sistema contra el cual lucharon.

En Colombia podemos recordar los casos de Carlos Pizarro, candidato a la presidencia de Colombia por el partido político Alianza Democrática M19, asesinado el 26 de abril de 1990 en Bogotá, así como el de Gustavo Petro, quien también militó en la guerrilla Movimiento 19 de Abril y fue también candidato presidencial por el partido Polo Democrático, resultando electo más tarde alcalde de la ciudad de Bogotá, caso este último al que nos hemos referido en varios artículos anteriores. En Brasil tenemos el de Dilma Rousseff, cuya popularidad al frente de la presidencia de aquel país sube y baja como la espuma. En Uruguay encontramos el de José Mujica, fundador del movimiento Tupamaro y del que una vez alguien  dijo que  no fue una  guerrilla, sino un movimiento político con armas.

El otro caso es del nicaragüense Daniel Ortega, quien ha sido  presidente tres veces, la última de ellas en franca violación a la Constitución de su país. Su continuidad en el poder desde el 2006 y sus políticas personalistas, han conducido a que ex guerrilleros de la vieja guardia sandinista, como Dora María Téllez, Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal y Gioconda Belli, se hayan convertido en furibundos opositores, de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo, a quienes acusan de haber llevado al país hacia una dictadura familiar, similar a la de Anastasio Somoza.

Con el gobierno de Sánchez Cerén no creemos que se vayan a producir cambios muy diferentes a los del de su antecesor, del que fue vicepresidente. En su primer discurso como nuevo presidente de El Salvador, hizo un llamado a la unión de todos los salvadoreños, a la inversión empresarial, a la lucha contra la pobreza y la violencia que azota a su país, a la vez que se comprometió a gobernar con eficiencia, austeridad, transparencia y a combatir la corrupción. Una proclama de intenciones y de buenos propósitos que no se diferencia en nada de las que han pronunciado otros gobernantes de la región y del continente. Anunció, además, la creación de los ministerios de Cultura y de la Mujer, así como la Secretaría Presidencial para la Transparencia, instrumentos populistas que con nombres similares, ya han sido probados por otros gobiernos de izquierda sin logros significativos.

Pero tal vez sean, precisamente, las palabras del presidente saliente Mauricio Funes, también del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, las que nos adelanten la forma de gobierno que conducirá Sánchez Cerén. Funes aseguró en su despedida, que su gobierno inició la transformación social del país, reduciendo la pobreza a través de programas sociales, pero recalcando que la verdadera transformación, quizá mucho más importante, fue la de que con su Gobierno «acabamos, enterramos, una forma de ejercer el poder, porque, hasta ahora, el poder del Estado se había puesto al servicio de los poderosos».

Palabras que nos recuerdan a las de otros mandatarios y a su misma forma de hacer política; populismo y demagogia.

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