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¿Un nuevo sentido común? 

Pensamiento egregio o astucia, sapiencia o acción eficaz… ¿qué esperar del político? La pregunta domina esta suerte de búsqueda del santo grial, el perfil del candidato idóneo para competir en elecciones 2024. Para evitar decepciones sin cura, quizás importa recordar que la política es un oficio y que como tal, se nutre en primera instancia de la experiencia, de la práctica, del sentido común. En su Protágoras, al disertar acerca de esa índole particular de la política, Platón pone en boca de Sócrates esta reflexión: “cuando se trata de un asunto político, cualquiera puede levantarse y dar su opinión, sea carpintero, herrero o curtidor, mercader o armador, rico o pobre, noble o de baja cuna, y nadie le objeta que intente dar consejo sobre algo que nunca aprendió ni acerca de lo cual tuvo instrucción alguna”. La política, concluye, no es por tanto “cosa que pueda ser enseñada”. No hay terreno humano que la política no permee. No hay ciudadano que no se sienta tentado a expresarse acerca de los asuntos de la polis en la que habita. Ah, pero tampoco escuelas capaces de fabricar líderes políticos de la nada. 

Yo tengo las ideas claras… Cuando la multitud se calla, yo sé lo que tengo que decir”: en la entrevista que Oriana Fallaci le hiciera en 1980, una magnífica criatura política como Walesa revelaba que nunca había leído un libro. Aun así, el éxito en términos de la consecución de objetivos que llevaron al fin del régimen pro-soviético de Jaruzelski, dio fe de su talento (su posterior desempeño como presidente de la Polonia democrática fue menos lucido, eso sí). Este poderoso casorio de la política con el sentido común no implica, sin embargo, que no deba exigirse un mínimo blindaje teórico a los políticos, más si consideramos la creciente complejidad que los tiempos introducen a este ejercicio. La idea de contar con sociedades híper-indulgentes respecto a los dislates de las élites, es cada vez más borrosa.  

Es cierto que la índole pragmática del oficio lleva a privilegiar el olfato, la intuición, el criterio del político para tomar decisiones sobre la marcha y captar las texturas de la realidad, eligiendo con base en sus valores, pero sin dejarse arrastrar por la efusión sentimental. Pero también que su naturaleza proyectiva -lo que obliga a trascender el presente, a mirar más allá, a reparar en las consecuencias a corto, mediano y largo plazo de la acción- requiere de un esqueleto teórico que aporte sentido y coherencia a lo operativo. Sin ideas nutridas, relevantes, acordes con los tiempos, en fin, un político corre el riesgo de desvanecerse, falto de auctoritas, víctima de la compulsiva dinámica de sustitución que impone la modernidad líquida.  

Conciliar esas dimensiones es todo un desafío. La historia demuestra que no siempre se consigue, de hecho. Al respecto, son célebres las consideraciones de Max Weber: desde la perspectiva nostálgica del académico que vivió en carne propia esa tensión, habló acerca de esas distancias en apariencia irreconciliables entre el hombre de ideas y el hombre de acción. No se puede ser al mismo tiempo hombre de acción y hombre de estudio sin atentar contra la dignidad de una y otra profesión, sin faltar a la vocación de ambas, recalcó Aron al comentar el trabajo de Weber. Pero sí pueden adoptarse actitudes políticas fuera de las aulas, y la posesión del saber objetivo, aunque no indispensable, es ciertamente propicia para una acción razonable. Partir de cierto nivel de abstracción para dilucidar la complejidad del hecho político, para hacerse del conocimiento de medios y consecuencias aunque eso lleve “a despojar al mundo de su encanto” no es, entonces, algo despreciable. Hablamos de un conocimiento que potenciado por la razón práctica y el sentido común, más que por una razón pura, ayudaría a detectar matices y prioridades, a desanudar los permanentes dilemas y contradicciones que el ejercicio político plantea.    

De allí que un hacer/decir político que prescinde de tal andamio, que se desentiende de nociones, tendencias globales y del largo plazo en lo doméstico para mirar sólo por lo perentorio y parcial, no deja de producir desazones. El contraste con el mediocre presente empeora la nostalgia por un pasado de brillo, casi mítico, esa “edad de oro” democrática y su elenco. ¿Cómo no mirar en el espejo de la Generación del 28, por ejemplo, muchachos de palabras aceradas y pensamiento abundante que no se deshicieron en el impulso; que, como bien apunta Manuel Caballero, inventaron y desarrollaron la política para las generaciones posteriores?    

Pero conviene ser prácticos. Amén del peligro de que la comparación abone a esa “capitis deminutio” de base que, según Rojas Guardia, se hincó como espina en la autoestima nacional, está visto que la sola nostalgia no resolverá el brete. Que en medio de una severa crisis de la política, y entre “gazapos” y declaraciones signadas por la queja, la improvisación y el dato insuficiente, por la ausencia de idearios robustos y el consecuente erial programático, tocará detectar oportunidades que a lo mejor nunca hemos considerado. Eso, porque dotar a la narrativa democrática de referentes de calidad que la hagan de nuevo atractiva, es hoy una prioridad.  

Una posibilidad -y un riesgo, para algunos- es que la necesidad de llenar esos vacíos visibilice movimientos por reivindicaciones sociales que produzcan nuevos liderazgos de orden político. Lo otro, que una ciudadanía que opta por una participación consciente, no infantilizada, abandone la vieja seña de conformarse con cualquiera para salir del fatigoso presente. Veremos. Quizás el desencanto (nuevo sentido común y mala experiencia mediante) lejos de contribuir a la desintegración, lleve esta vez a presionar constructivamente para que la política sea mucho más de lo que ha sido hasta ahora. 

@Mibelis 

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