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Una reflexión desde el hastío

Iniciar un post con la palabra hastío no es mi estilo. He escrito durante los últimos catorce años a favor de la oposición, denunciando al oficialismo, abriendo los ojos de quienes me leen -o han escuchado- en este foro, otros medios, aulas, auditorios y corrillos.

Le digo hasta luego a la política venezolana porque ha llegado a un punto en el que no queda más que el asco. Un revolcón de estómago que necesita una pausa para seguir con la lucha que he mantenido. Necesito en tiempo de pensamiento para darle nueva fuerza a mi voz.

Ni oficialismo ni oposición han sabido ir leyendo a la opinión pública, al hambre de la gente, a las necesidades más básicas, al cierre indiscriminado de empresas que, por haberlas expropiado se convirtieron en cascarones vacíos de indolencia bolivariana.

¡Atención! No es que la opinión pública no se exprese bien, alto y claro. Los trinos en Twitter parecen graznidos de reclamo, ofertas de emprender, propuestas de ganancia para todos. Pero, los políticos se han conformado en hacer lobby internacional para sus intereses y su egocentrismo.

Esta es una pausa en mi escritura sobre Venezuela. Por lo pronto estoy cansado de hacerlo, de dar lecciones de docente, de darle la vuelta a las ideas de la oposición, de denunciar los desmanes de las dos dictaduras que han signado al siglo XXI como si de las épocas en las que se gestaron los partidos políticos no se hubiese aprendido nada.

Si de economía se trata, la hiperinflación da risa y, al dolarizarla, como los números del bolívar y todos sus apellidos eran estratosféricos, da igual que algo cueste dos dólares que cinco: total son cifras bajas. ¿Bajas? Quien sepa un poquito de lo que son los salarios internacionales las cifras no vuelven a concordar y, si a esos números le sumamos el ‘ta barato de los bodegones que encandilan el entendimiento de las pocas familias que nutren sus neveras, se vuelven a vivir espejismos de bonanza cuando la mayoría sobrevive con las cajas de dádivas ‘misericordiosas’ de los CLAP.

Las apetencias de ‘El Dorado’ siguen poniendo los dientes largos a quienes se dicen luchadores del Estado de Derecho que, ni ha estado, ni ha sido recto.

Las academias, otrora certificadoras de moral, siguen dando sus lecciones y sapiencia. Mas sus escritos parece que los enrollaran los políticos, los metieran en tubos galvanizados y los arrojaran al mar para que no floten más, ni se perciban, ni se opine sobre el pensamiento ilustrado.

Venezuela se ha visto desangrar con una migración que pasea las ruedas de sus maletas por el Cruz-Diez (en el mejor de los casos) o se ha visto forzada a recoger sus bártulos y pasar por las fronteras como se pueda buscando un mínimo de bienestar. Una cifra asombrosa de gente que la propia ONU no sabe calcular con exactitud.

Y se preguntarán, ¿estoy descorazonado, desilusionado y desesperanzado? No, sin duda algo pasará que le de un giro a todo esto, a ese país que a pesar de todo lo que le han hecho los políticos -y quienes han apalancado sus riquezas en el socialismo del siglo XXI- se levanta, trabaja como puede, se despierta entusiasta con las cosas más pequeñas y sigue creyendo que haber nacido o hecho la vida en ‘esta rivera del Arauca’ les hace vibrar.

Me doy una pausa. Hasta la próxima.

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