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Una sociedad en crisis

“La mayor parte de los problemas del mundo se deben a la gente que quiere ser importante”.
S. Eliot Premio Nobel de Literatura 1948

Que nuestra sociedad necesita un cambio, es algo que demandamos todos. En la mayor parte de los españoles es un sentimiento sincero y yo diría que hasta apremiante. Por parte de otros, los que se benefician directa o indirectamente de la situación actual, no es más que la representación de una hipócrita y grotesca parodia en la que no tienen el menor rubor en asumir el cinismo de Tancredi Falconeri, personaje de la célebre novela El gatopardo, cuando este le dice a su tío, el Príncipe de Salina:

  • «Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie».

Para estos últimos, el fin justifica los medios y “todo vale” porque su delirio de grandezas e imperativa necesidad de asaltar el poder, es aún más fuerte que su miseria política.

A diario escuchamos hacer referencia a la necesidad que España tiene de un gobierno de cambio, de un gobierno de progreso, conceptos ambiguos por demás que igual nos pueden conducir al afianzamiento de nuestra recuperación y mejora de los problemas que aún nos aquejan, que al fondo del abismo del que con tan grandes sacrificios estamos comenzando a salir en los últimos años.

Tengamos memoria histórica para todo, acudamos a las hemerotecas y analicemos en que situación dejaron a España los etiquetados gobiernos de cambio y de progreso, y a partir de esas situaciones, sin apasionamiento, constatemos cuales han sido los resultados de los gobiernos que los sustituyeron.

Como toda obra humana, seguro que su labor hubiera sido perfectible, que los ajustes que hubo que realizar a causa del despilfarro y el ocultamiento de la realidad, y que en su momento tendrían que haber hecho los gobiernos progresistas que dieron origen a la enfermedad, posiblemente hubieran podido ser menos penosos, sin embargo, ello no les puede hacer responsables de la desaparición de miles de empresas que se descolgaron de nuestro tejido productivo ni del dramático aumento del paro y de sus terribles consecuencias.

Sin duda los únicos responsables fueron los que inmediatamente trataron de ocultar la vergüenza de su actuación, acusando al cirujano que se vio obligado a amputar un miembro del organismo para salvar el resto del cuerpo.

Estaba en lo cierto Goebbels, el ministro de Propaganda nazi cuando afirmaba que “Cuanto más grande sea una mentira, más gente lo creerá».

Complemento de esta estrategia, incluye el erigirse diariamente en martillo que golpea el yunque, acusando al oponente de los mismos pecados que el acusador esconde y con esta excusa, justificar la actitud de negarle el pan y la sal, hasta el extremo de rechazar cualquier tipo de diálogo con él.

La osadía llega a extremos delirantes cuando se pide, que por patriotismo, a quien por gran diferencia ha sido derrotado en los comicios, a quien ha afirmado una y otra vez que va a derogar todas y cada una de las medidas que han servido para salvar al país de su intervención por parte de los acreedores, se le facilite el ascenso al poder.

Las palabras tienen por único objetivo el construir puentes para entendernos. Volarlos, solo puede tener por meta la fractura de la sociedad, la división que conduce al enfrentamiento.

Peligrosa política es la que considera enemigo al que solo es adversario. Eso es jugar con fuego al lado de un polvorín.

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