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Vacía educación (socialista)

Antonio José Monagas

Desde que el régimen militarista, pretendiendo trastocar la institucionalidad democrática que venía construyéndose, aunque con mucho esfuerzo, pudo imponer algunos fundamentos del mentado “socialismo del siglo XXI” razón esa por la cual hizo frenar buena parte de las propuestas contenidas en la oferta electoral expuesta a finales de 1998, la educación comenzó a decaer. Empezó a verse sacudida por las consecuencias del vapuleo que el nuevo gobierno militarista le propiciaba.

Tanto fueron las zarandeadas “revolucionarias” luego del año 2000, que sus efectos inmovilizaron la educación. La misma educación cuyos resultados llegaron a situar a Venezuela entre los países que destacaron por su desarrollo económico y social. Particularmente, dado el impulso que los gobiernos de los quinquenios precedentes le infundieron a la educación en todas sus fases de implantación y cimentación. Aunque no siempre sus resultados coincidieron con los objetivos formulados a instancias de los programas, proyectos y planes que para entonces se elaboraron. Habida cuenta, los problemas eran múltiples, pese a que los esfuerzos fueron consistentes.

Pero de aquello a lo que hoy puede avizorarse, después de casi veinte años de continuo desmoronamiento de la estructura de gobierno sobre la cual descansa la funcionalidad y direccionalidad del llamado “Estado Docente”, la diferencia es descomunal. Peor aún, puede calificarse de inconmensurable al considerarse variables que aunque pueden lucir comunes, no son confrontables por cuanto sus ámbitos de operación remiten a situaciones totalmente invertidas. Y por tanto, desiguales en términos de sus rangos de aplicación.

No es de dudar que para la “revolución bolivariana”, la construcción de prisiones, tanto como de edificaciones para comandos de cuerpos preparados para la represión, y la ampliación de ambientes carcelarios, configura una lista de prioridades. Prioridades éstas situadas por encima de la construcción de escuelas, liceos y universidades autónomas dirigidas a la formación del talento que necesita el desarrollo nacional.

Y es que ante lo que bien escribiera el Libertador Simón Bolívar sobre “educación”, las realidades venezolanas exhiben un cuadro de atrocidades que lucen vergonzosas reconocer. El que Bolívar plasmara que: “las naciones marchan hacia el término de su grandeza con el mismo paso con que camina la educación”, hace inconciliable el hecho de admitir que el régimen autoritario que mantiene oprimida a Venezuela, haga alarde del legado de Bolívar para sí. Sobre todo, al utilizar su nombre como mampara de su doctrina política. Cuando lo menos que hace, es respetar, proseguir y reverenciar el ideario bolivariano toda vez que dice actuar bajo la égida social, política, ética, moral y cultural del Libertador. Y que igual dejó ver y sentir, en la mismo línea de pensamiento y preocupación, cuando el propio Bolívar adujo: “las naciones marchan hacia su grandeza, al mismo paso que avanza su educación”.

Advertido esto, pareciera que el régimen venezolano no entiende el ideario bolivariano. O lo ha comprendido al revés. Eso se infiere luego de vislumbrar lo que envuelve el sentido de su palabra cuando manifestó: “un pueblo ignorante es ciego de su propia destrucción”. Y es exactamente, lo que infunde el régimen con su torcida y pervertida gestión. Quizás, buscando convertir al pueblo venezolano en ignorante valiéndose de una educación absolutamente regresiva y transgresora de valores, virtudes y principios de moralidad, ciudadanía, dignidad y honestidad. Y tan es cierto, que el mismo Libertador insistió en ello al referir que “el talento sin probidad es un azote”.

Si bien la educación ha contado con todos los argumentos y justificaciones para desafiar las políticas educativas formuladas por los distintos gobiernos desde que Venezuela se constituye en República libre y soberana, aunque con los engorros propios de cada coyuntura política, lo que ha corrido del siglo XXI degeneró su esencia, misión y visión. O para decirlo con una palabra: mancilló su perspectiva.

En veinte años que pesan sobre el país por causa de la hurgada “revolución” por impúdicas manos teñidas de color “rojo peligro”, la educación se envileció viciándose de conceptos superados, definiciones desvirtuadas, métodos endebles, procedimientos amañados y análisis desatinados de lo que configura el conocimiento que debe impartirse en cada subsistema educacional.

Todo ha sido así. Posiblemente, con el propósito de arremolinar al país. Desde luego a juicio del proyecto político-ideológico que engendraría la descomposición de la economía y la sociedad nacional, tal como se ha visto en el curso del tiempo transcurrido contando desde el 5 Enero de 1999. De manera que al final de la segunda década del siglo XXI, la educación se redujo a casi un contubernio de alharacas montadas sobre la ilusión de formar un “nuevo ciudadano”, un “nuevo hombre”. O a decir de la Ley Orgánica de Educación (2009), LOE, moldear “nuevos republicanos y republicanas para la participación activa, consciente y solidaria en los procesos de transformación individual y social (…)”

Pero, ¿cómo?, ¿con qué?, ¿con quién?, ¿cuándo? Y ¿hasta dónde?. ¿Cuál es entonces la lógica que articularía y ordenaría tan revuelto proceso? Particularmente, luego de reconocer que, en veinte años, la educación –propiamente concebida- ha sido omitida del plano de ejecutorias que debió acometer el régimen con los recursos de un Estado promisor, abundante y dadivoso.

No hay otra contestación para concluir esta disertación, que no sea la que la educación propugnada a lo largo de los 50 artículos contenida en la LOE, no ha tenido otra intención que el desarreglo de la sociedad en términos de una grosera transgresión. Esto así, muy a pesar que la narrativa de la LOE busca destacar la obra del insigne educador Luis Beltrán Prieto Figueroa, cuyo pensamiento acució la formulación criterios que bien sirvieron para despuntar el desarrollo educacional que en otrora alcanzó el país. Pero la oronda normativa de la LOE, terminó siendo mal traducida toda vez que recortó la calidad y pertinencia de la educación necesaria para el cambio mínimo que clama el desarrollo nacional venezolano.

Lejos de menguarse la calidad y alcances del sistema educativo, trasquilándose criterios y postulados que deben guiar la educación, se ultrajó la pedagogía cambiándole sus fundamentos epistemológicos, ontológicos y deontológicos. Asimismo subestimándose al docente del contexto donde priman sus realidades institucional, social y económica. En consecuencia, la educación devino en un achicamiento de sus variables fundamentales. Tanto, que  hoy Venezuela padece de una decrépita y vacía educación (socialista).

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