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VENEZUELA, la izquierda y el sesgo sangriento

Francisco J. Tovar B.

La dinámica política es tan cambiante e impredecible en Venezuela que cuesta seguirle el paso. Se trata de un asunto en extremo complejo y dinámico sobre el cual incluso los especialistas en política internacional se vienen devanando los sesos tratando de comprender. Pareciera no haber una aproximación teórica que permita abordar satisfactoriamente lo que está ocurriendo y esto, aunado a la rapidez con la que se suceden los eventos, viene a complicar más el escenario.

Apenas se está evaluando un hecho importante recién ocurrido y otro irrumpe de la nada: Israel reconoce a Juan Guaidó como presidente legítimo y antes de poder digerir tan importante suceso, la cónsul de Venezuela en Miami hace lo propio para rápidamente quedar en segundo plano noticioso y dar paso a la confiscación de los activos venezolanos en EEUU de manos del régimen para ser adjudicados al presidente legítimo. Mientras escribo estas líneas me entero de la detención y tortura del Coronel disidente Oswaldo García Palomo a través del angustiante video de su esposa quien anuncia la noticia entre lágrimas.

Es por ello que valoro esta plataforma que me permite brindar un recuento, de primera mano, no sólo como estudioso del tema sino como testigo presencial y víctima cuyo relato fue plasmado en el segundo informe sobre Venezuela del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos en el 2018. En este sentido, quisiera arrojar luces y brindar información verídica, a fin de presentar hechos concretos y comprobables que eleven el nivel del debate de quienes nos leen; contribuyendo a mostrar la verdad sobre lo que sucede en Venezuela. Hay mucha desinformación, manipulación e incomprensión de la realidad; sobre todo por parte de quienes abordan la temática desde una perspectiva eminentemente ideológica.

El pasado martes recibí la cordial invitación de la emisora WPWF 89.3 FM, con sede en Washignton DC, a fin de participar en lo que pensé sería una entrevista para conocer mi perspectiva, en calidad de experto en materia internacional, sobre la crisis en Venezuela y en realidad terminó siendo un debate al cual también habían invitado a un caballero de origen chileno con obvias simpatías por la izquierda latinoamericana y el gobierno de Nicolás Maduro.

Ni bien entrado el intercambio pude percibir, con gran incomodidad, como el complejo fenómeno venezolano era simplificado a su mínima expresión por mi contraparte; reduciéndolo a una dicotomía en la que estaban quienes simpatizaban con Maduro y quienes no y entre quienes simple y llanamente debía plantearse un diálogo, para superar la crisis, a instancias de México, Uruguay y El Vaticano cuyos gobiernos han propuesto dicha alternativa.

En honor a la verdad, tal maniqueísmo no me sorprendió en absoluto, como tampoco lo hizo evidenciar la ausencia de asesinatos, torturados, secuestrados y exiliados en el discurso de mi ilustre compañero de debate. Es lugar común que quienes comulgan en la izquierda sólo se dediquen a condenar los excesos de regímenes de centro o derecha y a guardar un conveniente silencio cuando las balas, los barrotes y las botas son “progresistas”. No faltó la legitimación de su postura por medio de la invocación del terrible régimen de Augusto Pinochet que cobró las vidas de sus padres; hecho con el cual nos solidarizamos pero que claramente apunta a un posible sesgo ideológico.

No hubo mención, por parte del compañero chileno, del secuestro y asesinato de mi amigo y ex jefe el Concejal Fernando Albán quien, en septiembre de 2018, fue interceptado en el aeropuerto internacional de Maiquetía por el SEBIN (Policía Política), proveniente de la sesión de la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, para luego ser lanzado desde el décimo piso de la sede de dicho cuerpo de seguridad. Tampoco pude escuchar acerca de las 300 víctimas mortales tras la represión del gobierno venezolano durante las protestas que tuvieron lugar entre abril y agosto de 2017. ¡Oh sorpresa! no hubo mención, más que por parte de este servidor, de los 30 muertos y 700 detenidos, en la última semana de enero 2019, por protestas en contra de Nicolás Maduro, ni referencia, claro está, al hecho de que 70 de esos detenidos son niños entre 12 y 16 años.

El Premio Nobel de la Paz Arzobispo Desmond Tutu señala: “Si decides ser neutral ante una situación de injusticia, has tomado el lado del opresor. Un ratón no apreciaría tu neutralidad si un elefante estuviese pisándole la cola”. El recurso de condenar la injerencia en asuntos internos o exigir neutralidad y diálogo ante un gobierno manifiestamente violador de los derechos humanos, es una fórmula indignante. Es algo así como escuchar al vecino golpear salvajemente a su mujer y decir “yo no me meto en eso”; “yo soy neutral”, “ellos deberían dialogar”. Pero ¿qué ocurre si al siguiente día descubres que el vecino mató a su esposa? ¿Fuiste neutral o fuiste cómplice?

Maduro descubrió que la estrategia de convocar a diálogo, cada vez que se ve con el agua al cuello, le resulta conveniente. En la práctica, le ha ahorrado tiempo para afianzar su dictadura. Así lo hizo en octubre de 2016, cuando el Papa Francisco llamó a negociaciones. Esto contribuyó al enfriamiento de las calles y la eventual desmovilización de los factores de la sociedad civil. Posteriormente, en 2017, se dieron los diálogos gobierno-oposición en República Dominicana cuyo único saldo fue darle oxígeno al régimen por enésima vez. Por supuesto, las detenciones ilegales, ejecuciones sumarias, amedrentamiento, censura de medios de comunicación e inhabilitación política de la disidencia se mantuvieron durante todo el proceso de negociaciones; tal como ocurre hoy en día mientras Maduro pretende engañar a la comunidad internacional mostrando una rama de olivo.

Lamentablemente estos no son los hechos considerados ni evaluados, con honestidad, por quienes militan con visceralidad en la izquierda. Su prioridad y gran preocupación parecieran ser los “intereses oscuros” de Estados Unidos y Donald Trump con respecto a Venezuela que, en honor a la verdad, son tan “oscuros, misteriosos e incomprensibles” como los de Rusia y China. ¿Puede alguien, en su sano juicio, desconocer que las grandes potencias se mueven en función de sus propios intereses? ¿A estas alturas del partido hay quien crea que el altruismo, la hermandad y la búsqueda de la paz son los factores que motivan el accionar de los países más poderosos?

Cuesta imaginar a alguien tan inocente como para creer que EEUU reconoce la legitimidad del Presidente Juan Guaidó simplemente por un compromiso con la democracia y los derechos humanos. Sin embargo, sucede que sus intereses resultan estratégicos, en este momento histórico, para la causa patriótica venezolana cuyo triunfo implica poner fin a la tiranía de Nicolás Maduro de una vez por todas. La sociedad civil carece de la fuerza necesaria para salir de un gobierno genocida armado hasta los dientes que no vacila en diezmar a la disidencia.

Sugerir que los venezolanos debemos lidiar con este asunto por nuestros propios medios, sin ayuda extranjera, es desconocer lo que está pasando en Venezuela. Simple y llanamente no existe salida a la dictadura de Nicolás Maduro sin apoyo de la comunidad internacional y, en particular, sin la firme resolución de EEUU cuya intervención esperamos se limite al plano diplomático y político, pero, lamentablemente, entendemos puede escalar al uso de la fuerza, visto el empeño del pupilo de Chávez en aferrarse al poder aún con el rechazo del 80% de la población.

Claramente el bien común y la paz de la nación le resultan prescindibles a Maduro siempre y cuando pueda mantenerse en el poder; sin importar cuanta sangre se derrame en el proceso. No en vano acaricia la fórmula que el G2 cubano planteó a Hugo Chávez, en su momento: un Vietnam tropical; formato de guerra asimétrica que “derrotaría al imperio” en suelo venezolano. Lo que olvidó el servicio de inteligencia mencionar fue que el triunfo de Vietnam pasó por la pérdida de más de un millón de vidas de sus nacionales.

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