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Vivir en democracia

El papel del ciudadano en nuestra democracia no acaba con el voto. Barack Obama

Luego de la invención de la democracia, los filósofos griegos no tardaron en darse cuenta de que ese sistema de gobierno no estaba al alcance del pueblo en general, pues consideraban que solo la élite instruida estaba en capacidad de aplicar el novísimo sistema. Quedaba claro que para que el pueblo pudiera participar de manera inteligente en la vida política al igual que las élites, tenía que dotarse de educación adecuada y cultura democrática. Más de dos mil años después la democracia sigue siendo el ideal de muchos pueblos, pero al mismo tiempo se mantiene la inquietud por mejorar la educacion de la ciudadanía para llegar a una mejor comprensión del principio de convivencia indispensable para vivir en democracia.  

En nuestro país con su pueblo forzado a vivir bajo gobiernos no democráticos durante la mayor parte de su historia republicana, la corta experiencia democrática tarda en arraigarse en la conciencia ciudadana.  Ese desafío, sin embargo, pasa por reconocer nuestro pasado. Perdimos la primera república por que el pueblo no disponía de elementos suficientes para valorar el hecho de ser libre, siendo una de las causas fundamentales la influencia de la Iglesia en hacerle creer a la población que el terremoto de 1812 representaba el castigo divino por haber desafiado el poder del rey, «representante de Dios en la tierra»,  al declarar la independencia. Con este estratagema lograron los realistas recobrar el apoyo de la ciudadanía que hasta ese momento le brindaba al ejército republicano. Solo un pueblo con poca instrucción pasaría por alto esta desinformación y sería tan dócil para someterse a tan perversa amenaza.   Este hecho transcendental demuestra que una sociedad ignorante de sus deberes y derechos cívicos puede, después de ser liberada del despotismo, renunciar a ser libre para ser obligada a someterse de nuevo a la opresión. Este precedente sigue siendo una prueba fehaciente del peligro que representa la ignorancia para una sociedad, a tal punto que, hasta puede llegar a causarle daños y profundo sufrimiento a su propio pueblo.

Y terminada la guerra de independencia, no tarda en instalarse el caudillismo, iniciado por muchos de los héroes de la independencia.  Dicho período fue caracterizado por sucesivas rebeliones y golpes de estado, de uno contra otro, de pueblo contra pueblo como si fuéramos naciones enemigas distintas.  La democracia y la educación no figuraban entre las prioridades.  Sí hubo entre tanto, intentos de mejorar la educación, pero fue solo bajo el gobierno de Antonio Guzmán Blanco cuando se formaliza la instrucción pública obligatoria incluyendo entre las materias básicas, la enseñanza de la constitución federal.  Sin embargo, a pesar de todos los esfuerzos puestos en práctica por Guzmán Blanco para democratizar la educación, la poca cantidad de maestros existentes para la época y el hecho de que casi todo el presupuesto nacional se empleara en gastos militares para el combate de los continuos levantamientos, la educación fue perdiendo prioridad. 

La democracia y por ende la educación entran finalmente en escena como prioridad nacional a partir de 1958, casi siglo y medio después de nuestra independencia.  A partir de ese año, se comenzó a conocer las virtudes de la democracia cuyas normas permitían entendernos en términos de igualdad ante la ley, con lo cual se ponía punto final a un pasado donde reinaba la ley del más fuerte.  Era hora de anhelar la unidad que nos haría más fuertes.  Esa fue la ambición que dio lugar al Pacto de Puntofijo,  ejemplo sin precedentes de diálogo y negociación entre partidos, dejando atrás nuestra costumbre tradicional de la arbitrariedad, de siempre recurrir al uso de las armas para imponer algún tipo de régimen o para cambiarlo.  La prosperidad que resultó de esta experiencia ha beneficiado a todos los venezolanos en todos los ámbitos, político, económico y social y en particular la educación.

La euforia causada por el primer ensayo de democracia formal atravesó fronteras. Nuestro sistema electoral sirvió de ejemplo a varios países, entre ellos España y varios de América Latina.  Pero en apenas unas dos décadas nos invade el desencanto.  Con el llamado viernes negro en febrero de 1983 descubrimos que nos encontrábamos en una profunda crisis económica.  Por otro lado, los partidos políticos, pilares de la democracia, habían llegado a un punto de agotamiento tal que dejan de ser organizaciones generadoras de ideas y proyectos de futuro.  Se olvidaron de la educación ciudadana para convertirse en administradores de una vasta red clientelar, alimentada con renta petrolera e infectada por el virus expansivo de la corrupción. Pese a este descalabro político, el pueblo ha seguido confiando en la democracia a través del voto, pero ha sido una confianza pasiva, acrítica. Para que el pueblo conozca, critique y defienda la democracia es urgente que los partidos políticos, sus líderes, desarrollen una visión futurista para organizar, tanto la formación cívica de la ciudadanía como la de nuevos líderes políticos, dotándolos de capacidad de estadistas y de gerencia con fines a la renovación progresiva de la clase dirigente.

Somos libres desde 1811, pero debemos reconocer que la libertad no nos llevó automáticamente a la democracia. Y no podía ser de otra manera porque no hay tendencia natural hacia la democracia ya que esta no es un ente biológico, es cultural y se hace perenne solo si logra germinar en el terreno de la tradición. Bajo el absolutismo no había lugar para establecer una tradición democrática.  Reconocer esta realidad nos permite retomar con fuerza las enseñanzas siempre vigentes de nuestro Libertador, recordando su preocupación por la educación en su famosa reflexión sobre la moral y las luces y su categórica posición respecto a la ignorancia.   “Un    pueblo ignorante    es un instrumento ciego de su propia destrucción; la ambición, la intriga, abusan de la credulidad y de la inexperiencia de hombres ajenos de todo conocimiento político, económico o civil; adoptan como realidades las que son puras ilusiones; toman la licencia por la libertad, la traición por el patriotismo, la venganza por la justicia”

Por eso, para vivir en democracia, urge impulsar un programa educativo de moral y cívica permanente, destinado a niños desde la escuela primaria y también para adultos, de manera que la sociedad al fin llegue a apreciar sus beneficios y a comprender que vale la pena hacer cuanto sea posible para defenderla.  

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 Materiales de consulta:

Javier B. Seoane C.  Universidad Central de Venezuela
http://www.ujaen.es/revista/rei/linked/documentos/documentos/10-5.pdf.

Una mirada a la educacion cívica en los Estados Unidos
https://es.aft.org/ae/summer2018/shapiro_brown

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