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¿Voy a Votar?

Votar o no en diciembre o en la fecha que establezca el régimen, sin duda es un dilema.  Uno puede guiarse por la extensa literatura que existe sobre transiciones exitosas que han permitido salir de autocracias, según la cual los eventos electorales generan una movilización política que, en oportunidades, logran quebrar la cohesión interna de los regímenes tiranos conduciendo hacia su disolución.  Sin embargo, no es menos cierta la opinión según la cual las elecciones son mecanismos de legitimación de aquel que sale victorioso.  Hasta ahora esta legitimidad está en la Asamblea Nacional presidida por Juan Guaidó, su reconocimiento internacional y la condición que lo ha facultado para disponer de los activos que fuera de Venezuela pertenecen al Estado. 

El riesgo de concurrir a elecciones amañadas con un Registro Electoral Permanente (REP) distorsionado, con la imposibilidad de que participen muchos de los millones de venezolanos de la diáspora, con cambios de último minuto de los centros de votación, con malandros amedrentando a votantes y a los pocos testigos de mesa que pueda producir la oposición y con una contabilización dudosa, hace pensar que las probabilidades de lograr victorias de distintos parlamentarios de oposición sean muy bajas.  Si a esto le sumamos la falta de coherencia estratégica de los partidos políticos que representan la oposición, su enorme desprestigio y la carencia de estructura organizacional, eso que llamamos maquinaria, que alienta, entusiasma y moviliza a los ciudadanos, pues hace más improbable el terminar con una asamblea que represente a la ciudadanía venezolana.

¿Y qué perdemos si desaparece la legitimidad de la AN de Guaidó?  Nada más y nada menos que el reconocimiento internacional del gobierno de transición, con todo su apoyo en términos de presión para la transición, el control sobre los activos fuera de Venezuela de la nación, y la pequeña pero única coraza que tienen muy pocos actores políticos para hacer activismo sin ser encarcelados. 

Ahora, ¿qué son las elecciones y por qué éstas legitiman?  Aquí llegamos al meollo de lo que sostiene a un Estado Nación moderno, que no es otra cosa que la voluntad popular, es decir la disposición que tienen los ciudadanos de ese estado nación de reconocer como genuinos, válidos y competentes a un grupo de personas para administrar y dirigir al Estado, como representación de todos los demás ciudadanos y con su anuencia.  Por la cantidad de personas involucradas, los procesos electorales son de una logística compleja, y por su necesidad de garantizar imparcialidad en esa logística se requiere diversos anillos de vigilancia y auditoría. 

Un proceso electoral en un entorno de inexistencia de contrapesos institucionales, como el nuestro, donde la organización del evento está en manos de una autocracia sobre la cual pesan denuncias de crímenes de lesa humanidad, violaciones a los derechos humanos, tráfico de drogas y delitos gigantescos de corrupción, en el cual sus principales representantes tienen sanciones y juicios internacionales y hasta recompensas por su captura; pues no augura ser un proceso sobre el cual se pueda esperar nada distinto de una contundente victoria de la autocracia. 

Uno se pregunta, ¿por qué el régimen venezolano insiste tanto en realizar este proceso electoral, aun cuando éste pareciera que no será reconocido ni por la ciudadanía venezolana, ni por una parte importante de la comunidad internacional?  Parece que la muy delgada capa de barniz de legitimidad que el régimen pretende obtener le significa un avance en su preservación, más aún cuando éste puede ser cacareado por sus aliados como Rusia, China, Irán y Turquía, entre otros. Y busca aprovechar el hecho de que los países que representan la libertad y la democracia lucen desgastados por lo largo de nuestro conflicto, la falta de coherencia estratégica de los partidos de oposición, la falta de avance en el restablecimiento de nuestra democracia y la pandemia mundial con sus efectos políticos y económicos en cada país.  Por otro lado, el que la ciudadanía reconozca o no estas elecciones le debe ser irrelevante al régimen, dado que la ciudadanía se domina con represión, miedo y encarcelamiento.

Si el barniz de legitimidad es importante, como lo es; si los eventos electorales son movilizadores, como dice la literatura; si el árbitro electoral está concebido para darle la victoria al régimen, a como dé lugar; si los partidos de oposición carecen de organización y gozan de desprestigio, ¿pues qué puede hacer la sociedad venezolana?  Aquí es donde la consulta que plantea Guaidó comienza a hacer sentido.  Una consulta estilo 16J no será vinculante, no será reconocida por el régimen, es más será obstruida, no tiene base constitucional, pero puede tener un gigantesco peso político.  ¿No dice el mundo que lo que se requiere es que los venezolanos nos manifestemos?  ¿No pedimos los venezolanos manifestarnos?  Pues esta manifestación no requiere necesariamente de un CNE.  Lo que sí necesita es de una sociedad dispuesta a realizarlo con una organización tal que nos genere confianza.  La consulta es muy simple, ¿desconocemos la legitimidad de Nicolás Maduro y su régimen y reconocemos y la legitimidad del gobierno de transición liderado por Juan Guaidó, y extendemos su mandato?

Si la organización de esta consulta le confiere confiabilidad y la cantidad de personas que se expresan le confiere peso político, el impacto interno y externo puede ser muy poderoso, deslegitimando aunmás al régimen. Es justamente lo contrario de lo que éste persigue; y de esta manera se relegitima la única estructura institucional que tenemos en este momento para organizar y avanzar hacia el restablecimiento de la democracia.

@jpolalquiaga

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