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¿Y si no me quiero ir?

Miguel R. Carpio Martínez
@carpioeconomics

Muchas fotos en la obra de Cruz Diez de Maiquetía. Unas cuantas reuniones de despedidas. Al parecer todo el mundo se va de Venezuela. Apostillar se ha convertido en el trámite más importante, casi podemos decir que si no has apostillado no estás en nada y si apostillaste y aún no te has ido eres una especie de idiota.

Recientemente Desorden Público con su tema “Los que se quedan, los que se van” nos dio una canción para encabezar el sountrack de esta locura llamada diáspora. Cabe destacar que a diferencia de muchas conversaciones sobre el tema, los de Horacio y sus Desordenados le dan un tratamiento equilibrado al tema.

El hecho cierto es que hay tres bandos claramente identificables: Los que se quieren ir, los que quieren pero por alguna razón no pueden irse y el grupo menos entendido, los que NO queremos irnos.

He sufrido en carne propia (disculpen el drama, pero sabemos que el drama vende) los embates de amigos, conocidos y familiares, quienes señalan sin mucho detenimiento que el solo hecho de asomar que no quiero irme de Venezuela revela claramente que me aqueja cierto tipo de locura (seguramente en su fuero interno no dicen locura sino estupidez). Pero es así, no quiero irme de Venezuela.

Puedo entender perfectamente bien a los que se van. El futuro de Venezuela se ve muy oscuro, es más no se ve. Las razones que, a mi juicio, son las más válidas para irse, son la de los jóvenes. Si no eres millennial, seguramente hiciste tu patrimonio en los años noventa o en la primera década del siglo XXI, encontraste cueva propia y quizás hasta iniciaste una familia. Eso para los chamos que se están graduando ahorita se ha convertido en un anhelo muy lejano. Así que me parece lógico que quieran buscar un destino que si les permita desarrollarse fuera del hogar materno. Eso de tener treinta años y vivir con mami y papi es como chimbo.

Por otra parte, también entiendo a aquellos que lograron salir adelante antes de que comenzará el declive económico en el año 2008 y que hoy quieren irse (o se fueron) para que sus hijos tengan un mejor futuro. Todo padre quiere lo mejor para sus hijos, incluso los que alguna vez votaron por Chávez (cuesta creerlo, ¿verdad?).

En otras palabras, si te quieres ir o te fuiste, puedo entender tus razones. Ahora, bien por qué es tan complicado entender a los que queremos quedarnos. Y me refiero a aquellos venezolanos que salimos todos los días a trabajar honestamente y que a pesar de todo lo malo que nos rodea y de todas las expectativas negativas, nos queremos quedar y ver que nuestro país resurja.

Les puedo asegurar que no sé trata de soberbia, es decir no tengo problema en llegar a otro país y ejercer un oficio modesto, eso, llegado el caso, no me preocuparía. Mi argumento tiene que ver con todo el esfuerzo para alcanzar las metas que me fijé, tiene que ver con que mi historia está en Venezuela. Mi viejos, mis amistades, mis travesuras, todo tiene etiqueta “Hecho en Venezuela”. No quiero renunciar a eso por los errores de un grupito.

Por si fuera poco, aún me queda Venezuela por conocer. He caminado Los Médanos de Coro, atravesado el Puente de Angostura, navegado el Orinoco y nadado en las playas de Margarita. Pero me falta caminar Mérida, indigestarme en Maracaibo y amanecer con resaca en Peribeca. Tampoco quiero renunciar a eso.

Alguna vez fui inmigrante. Me fui en 1999 a Chile a hacer una maestría. No me quejo de nada, de hecho, tengo recuerdos muy gratos de mi pasantía chilena. Sin embargo, ese llamado a la patria no me dejaba tranquilo el tiempo que estuve allá. Creo que todo fue más agradable porque sabía que una vez culminados mis estudios, iba a volver. Cada palabra de “Vuelta a la patria”, el poema de Pérez Bonalde, era un motivo más para regresar a mi país, a sus sabores, a sus amaneceres. En otras palabras, fui un inmigrante feliz porque estaba más que claro en que tenía fecha de retorno a Venezuela.

Así que si quieres irte, chévere, es tu vida y tú decides. Eso sí, comienza a respetar a quienes decidimos quedarnos a hacer nuestra vida a pesar de todo. Y no hablo de un grupo de personas que espera que las cosas cambien sin hacer nada al respecto, me refiero a aquellos que día a día salimos a promover el cambio, con nuestras acciones y nuestros dichos. Tienes que respetar a esos venezolanos.

Esos venezolanos serán los responsables de tomar las ruinas y convertirlas en porvenir. Y es que aunque cueste creerlo, este desastre tiene un final.

Economista
Profesor UCAB

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