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Yehudi Menuhin

Yehudi Menuhin fue une de los más grande violinistas del siglo XX. Nació en Nueva York el 22 de abril de 1916 y murió en Berlín, el 12 de marzo de 1999, y también tenía nacionalidad suiza y británica. Era hijo de inmigrantes rusos judíos. Empezó a estudiar violín a los tres años y a los cinco dio su primer concierto público. Además de afamado violinista fue un gran musicólogo y pedagogo. En 1963 creó la Escuela Yehudi Menuhin en Cobham, Surrey, Reino Unido. Mstislav Rostropovich fue presidente de dicha escuela y Daniel Barenboim lo sustituyó. Fue asesor musical de la UNESCO y en un libro publicado por dicha organización en 1969, titulado “Las Artes y la Vida. Lugar y papel de las artes en la sociedad” publicó el ensay “Música y Humanismo” en el que expone en detalle cómo la música desempeña un muy importante papel para el desarrollo del ser humano. Vale la pena citar algunas parte de dicho ensayo:

La música crea orden a partir del caos; ya que el ritmo impone la unanimidad por encima de las divergencias, la melodía impone su continuidad más allá de los desacuerdos, y la armonía impone su contabilidad a elementos disparatados. Es así que, mientras la confusión le cede el paso al orden y el ruido discordante a la música, y que a través de la música nos elevamos hasta la más vasta noción de un orden universal que reposa sobre las relaciones fundamentales de la geometría y la matemática, el tiempo de las repeticiones mecánicas adquiere un sentido y un valor, la multiplicación de los elementos recibe un nuevo impulso, y el juego de las asociaciones aleatorias se orienta hacia un fin.[1]

La música puede ser, y a veces lo es, casi una revelación inmediata y sólo exige poco esfuerzo de interpretación por parte del oyente iniciado que se deja arrastrar por ella.

Las ondas sonoras penetran más profundamente en nuestro subconsciente y puedan actuar con más fuerzas sobre nuestra sensibilidad que ninguna otra impresión. El salto supremo del hombre, el impulso que lo empuja hacia su dios, se expresa en música; la expresión suprema de la alegría de vivir, en el hombre, ya se trate de canciones para beber o de danzas, es todavía en la música donde puede hallarla…[2]

No hay nada tampoco que nos revele mejor que la música la naturaleza íntima de las poblaciones que nos son extrañas por el idioma y por las costumbres. Lo que sabemos, por ejemplo dl temperamento y del carácter africanos nos viene mucho más de la influencia que el mundo negro ejerce sobre la música que oímos todos los días, que de cualquier otro modo de contacto intelectual o social. De hecho, el dominio de la música comienza allí donde se detiene el dominio de las palabras. Es el solo modo de expresión que nos hace recordar inevitablemente la consciencia de ese océano de la creación y de la existencia, en el infinito donde somos, ciertamente, nada más que un fragmento. Pero no el fragmento aislado que correríamos el riesgo de ser sin la música.[3]

Hoy en día el hombre, y con él la sociedad, corre el riesgo de ser condenado a la picota o a la detención en un mundo enrolado por los demonios impersonales que sacó de su propio invento, fuerzas económicas, mecánicas, sociales y espirituales; no hay nada más urgente para su propia existencia que otorgarle la plena y libre expresión de su propia personalidad, preferiblemente de un modo que él mismo hubiera escogido y que lo pusiera en juego con todo su cuerpo, como en el canto o la danza, un modo a su medida, adaptado a su manera de ser, a su función biológica, espiritual y física a la vez, abrigándolo, a él y a la comunidad de sus seres cercanos, en un envoltorio protector de sensaciones saludables, tal como en el caso del cocuyo del gusano de seda. Es por esas razones que la música de hoyen día, liberada y espontánea, le ofrece a la humanidad, más que nunca, razones para esperar.[4]

 

[1] Les Arts et la Vie. Place et rôle des arts dans la société, UNESCO, Paris, 1969, p. 53. (Traducción de Carlos Armando Figueredo)

[2] Ibidem

[3] Ibidem,

[4] Ibidem, p. 158

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