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Delfos ciudad de templos y adivinas

Cuando los dioses existieron, desde puntos opuestos del mundo Zeus soltó dos águilas, que se cruzaron en un lugar mágico y allí fue durante mil años el centro de la Tierra.

En las faldas del mítico monte Parnaso, se encontraba Fócide, región de la antigua Grecia Central, que alberga a Delfos. Era el ombligo del mundo, lugar sagrado reverenciado como centro de poder, que se convirtió en el centro moral y geográfico del mundo antiguo. Hoy en día, esa ciudad no existe, sus orígenes se basan en el término “delfinés”, como se llamaba a un dragón mitológico al que Apolo dio muerte, no sin antes usurparle sus conocimientos.

En Delfos, se construyeron varios templos, entre ellos al dios Apolo. Buscando la benevolencia del dios, llegaban centenares, miles de devotos. Traían en sus alforjas regalos de todo tipo, entonces, los sacerdotes de entonces, no tuvieron más remedio que construir depósitos para acogerlos.

Acudían a escuchar las predicciones de su oráculo, que estaba protegido por Pitón, un monstruo con forma de dragón. Se decía que, en lo más recóndito del templo, había una diminuta habitación donde estaba la profetisa, una mujer madura situadas en una gruta donde escuchaba las inquietudes del consultante y luego entraban en trance antes de predecir el futuro.

Se podía consultar al oráculo en determinados días del mes, previo pago y el indispensable sacrificio de algún animal. Las sacerdotisas entregaban el resultado de sus predicciones a un sacerdote, a quien llamaban Profeta, quienes se reunían a escucharla, pues se desconoce la forma de consulta a la pitonisa, pero sí que ella se expresaba en metáforas y eran ellos los encargados de interpretar a los consultantes el significado de su consulta. Pero para llegar hasta ese lugar, se debía hacerlo pasando la estrecha hendidura de una pared del santuario.

Los templos no se hacían solo con piedra y argamasa, se les colocaba una enramada de laurel con cera de abeja mezclada con plumas y bronce.

Argumentaban que este compuesto era necesario para las pitonisas, pues para que pudiesen entrar en un estado alterado de conciencia, debían masticar esa hoja, pero la realidad, que en tiempos de ciencia y tecnología conocemos, es que en la cueva se emanaba gases que al ser inhalados por la sacerdotisa la colocaba en el necesario trance. Era un gas incoloro de olor dulzón, más adelante se supo que fue el primer gas anestésico descubierto por los científicos y naturalmente produce estados alterados de conciencia. Es el etileno.

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