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Encuentran evidencia científica de los cuernos de Pedro Picapiedra

Para varias generaciones en el mundo, la imagen que viene en sus recuerdos (de los hombres y mujeres prehistóricos) no son las recreaciones del hombre Neandertal o del Cromañón, antecesores de la raza humana actual.

Estas recreaciones, de aparición en los libros de historia, fueron superadas por las imágenes de la familia Picapiedra. Serie de dibujos animados, que salidas de la imaginación y manos de los dibujantes William Hanna y Joseph Barbera, coparon la pantalla chica por seis años, a partir de 1960.

Cada tanto, en muchos de los capítulos, era usual ver a Pedro Picapiedra (protagonista de la serie) salir con sus amigotes, llevando sobre su cabeza un peludo sombrero con dos cachos. Otro tanto que haría su inseparable amigo y vecino de la ciudad de Piedradura, Pablo Mármol.

Esta serie, que por ser de dibujos animados estaba orientada hacia los más pequeños, captaría de inmediato la atención de los adultos. Lo que llevó a los cigarrillos “Winston” a anunciar la primera temporada.

No fue por lo tanto extraño, que los Picapiedras fueran los primeros dibujos animados en mostrar a una pareja en la cama: Pedro con su esposa Vilma. Es así que resultaba inexplicable para los adultos que Pedro Picapiedra, y otros personajes masculinos, fuesen presentados con cachos en sus cabezas. Lo que generaba chistes y otras “mamaderas de gallo”, para expresarlo con el más llano venezolanismo.

El Proyecto Genóma

En marzo de este año nos llegó de la pluma de la periodista Francie Diep, una hipótesis que manejan los científicos del Proyecto Genoma, luego de unos interesantes descubrimientos.

De 4 mil a 8 mil años, después que los humanos inventaran la agricultura, “sucedió algo extraño a la reproducción humana. En todo el mundo, por cada 17 mujeres que se reprodujeron, pasando sus genes hasta hoy en día, solo un hombre hizo lo mismo”.

Ante esa desproporción de 17 a 1, porque es indudable que las mujeres necesitan a un hombre para reproducirse, surge la pregunta de si fue un solo hombre el que en esa época embarazó a 17 mujeres. ¿Y qué hacían los otros 16 hombres?

“No fue como una muerte masiva de los machos. Ellos estaban ahí. Entonces ¿qué estaban haciendo?», ha preguntado muy seriamente la investigadora computacional Melissa Wilson Sayres de la Universidad del Estado de Arizona. Distinguida integrante de un grupo de científicos, quienes descubrieron este momento de la prehistoria cuando estaban analizando los genes modernos.

Los integrantes del grupo han esbozado distintas hipótesis. Entre ellas, que en esa etapa solo unos pocos hombres concentraban la salud y el poder necesario para reproducirse. Lo que se fue sucediendo en forma piramidal a lo largo de largos milenios.

Esto habría hecho, según Melissa Wilson, que solo algunos hombres «empezaron a ser más exitosos”. Traduciendo en simples términos de la biología de bachillerato: que una mayor cantidad de espermatozoides haya podido tener el impulso y la velocidad requerida, para poder fertilizar al menos un óvulo.

Sin embargo los científicos, al discutir esta hipótesis, dijeron que esto fue aumentando hasta alcanzar hoy en día la relación de 4 o 5 a 1: un hombre embaraza a cuatro o cinco mujeres.

Este razonamiento, si bien puede cumplir con todos los requisitos científicos, lanza una terrible acusación sobre la virtud de las mujeres, desde la prehistoria hasta nuestros días. No quedan las Vilmas de la prehistoria a salvo de las sospechas.

En la serie de dibujos animados quedó claro que Pablo Mármol no era el padre de Bam-bam, porque lo adoptaron. En tanto lo que puede resultar más grave, es que Pedro no sea el padre biológico de Pebbles.

Un gran descubrimiento

Si la hipótesis de este grupo de científicos resulta cierta, será la primera vez que se descubre que la cultura afecta la evolución humana. Hasta el momento, solo aspectos físicos habrían moldeado la evolución, tales como el consumo de determinados alimentos o condiciones ambientales como la altitud.

La cuestión en este caso es que al ser cultural contaría más la “actitud” que la “altitud”.

Esta posibilidad, ha llevado a los científicos a tener que reconducir su investigación. Tendrán que buscar otros marcadores genéticos que indiquen que algo cultural (y no físico) imposibilitó que estos prehistóricos agricultores no pudieran reproducirse.

Actualmente, para cumplir con esta reconducción del proyecto, han comenzado a incorporar arqueólogos y antropólogos al grupo, para ver si encuentran claves que le permitan aclarar el fenómeno.

La metodología

No hay cosa más chismosa en el cuerpo humano que el ADN y la genética. No importa la discreción con la que se hagan las cosas. Hace miles de años, ni se sabía que eran los genes y el ADN. Pero hoy en día, los huesos de las personas cuentan toda la historia.

Las computadoras hacen las relaciones a grandes velocidades, y sacan las cuentas, para que después los biólogos, arqueólogos y antropólogos, cuenten los chismes con rigurosidad científica. Y lo peor, que todo el mundo lo creerá.

Para la investigación, los científicos tomaron muestras del ADN de más de 450 voluntarios de las siete regiones del mundo. Específicamente, analizaron cromosoma-Y, y el cromosoma mitocondrial.

El cromosoma-Y, herencia exclusiva de sus ancestros masculinos, y el mitocondrial, herencia exclusiva de sus ancestros femeninas.

Al analizar la diversidad en estas partes, “los científicos son capaces de deducir el número de ancestros masculinos y femeninos que tiene la población”.

Así nos enteramos el porqué de esos cachos que portaba nuestro protagonista Pedro. Y como no hay tipos más tercos y perseverantes que los científicos, esta historia continuará.

* Con información de Francie Diep y la publicación periódica Genome Research.

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