Opinión Internacional

La diplomacia de la primera y la segunda vías

La búsqueda de la paz y su materialización en propuestas o planes de paz o de organización internacional tiene ya una historia de más de tres mil años. Y, aunque la idea dominante en las aportaciones ha sido evitar la guerra y el conflicto abierto, esa preocupación por la paz se ha entendido además como un deseo de instaurar anticipadamente cierto orden que impida el estallido de una nueva conflagración.

Enfocado de otra manera, el concepto de paz, tal como lo postuló Johan Galtung en 1964, entraña dos significados: ausencia de violencia y una ansiedad permanente no sólo de la conservación de la vida humana, sino también de que esa vida sea mejor; no busca sólo la abolición de la pobreza, sino también la consecución del bienestar.

La vida humana -señala Marek Thee- es destruida en mucha mayor escala, por la pobreza, el hambre, la enfermedad y las privaciones socioeconómicas que por el uso de las armas.

Desde hace varias décadas, la preocupación por la paz mundial dejó de ser competencia exclusiva de los servicios diplomáticos (o diplomacia de la primera vía). Hoy suman miles las organizaciones privadas, no gubernamentales, que entran en contacto con sus similares de otras partes del mundo para intercambiar sus conocimientos y experiencias, con el propósito de contribuir también a edificar una paz global y cuyas gestiones vienen siendo bautizadas como diplomacia de segunda vía.

La diplomacia de la segunda vía, para Joseph Montville (1986), es «una interacción extraoficial e informal entre representantes de naciones o grupos adversarios con miras a desarrollar estrategias y crear un ambiente propicio para la resolución de sus conflictos». Y es preciso entender, anota el mismo autor, que «la diplomacia vía dos no sustituye en modo alguno al contacto oficial de la vía uno, ya sea entre gobiernos o dirigentes. Más bien la actividad de la vía dos tiene el fin de ayudar a los dirigentes oficiales, eliminando las restricciones que les impone la necesidad -psicológicamente comprensible- de ser, o al menos aparentar que son personas fuertes, astutas e indomables frente al enemigo …».

La presencia de la diplomacia vía dos permite además a la vía uno dejar de ser una diplomacia especializada. La diplomacia profesional reconoce que difícilmente puede disponer en sus sedes de súper diplomáticos, es decir de dos o tres diplomáticos conocedores y capaces de resolver los innumerables problemas. Así como la imposibilidad de mantener en cada Embajada 10 o 20 diplomáticos especializados en diversos temas.

Antes que resolver problemas fronterizos y firmar tratados de paz que acaben años de litigios y enfrentamientos, el papel por excelencia de la diplomacia de la primera vía fue, es y seguirá siendo de carácter mediador y preventivo. Esta vez no sólo entre los Estados sino principalmente entre los representantes de la diplomacia de la segunda vía, donde están al final de cuentas los auténticos expertos de los asuntos que preocupan al mundo. Esto es, acercar pueblos fomentando el conocimiento y ensanchando un diálogo abierto y confiado. Asunto que requiere una promoción anticipada de la cultura, el estilo de vida y el pensamiento de su propio país en uno distinto al suyo; desterrar estereotipos, malos entendidos, suspicacias, fobias; y, develar a tiempo temores ocultos, e intenciones nada santas que podrían continuar germinando y socavando su relación con los otros Estados-naciones.

Si la diplomacia de la vía uno no consigue resolver dichos asuntos a tiempo, difícilmente la vía dos alcanzará el éxito en sus empresas. Ambas constituyen parte innegable del nuevo orden mundial y coinciden en su preocupación por salvaguardar el orden y la justicia en el planeta. Razón suficiente para que cada una tome debidamente el lugar que le corresponda porque sólo así sus acciones redundarán en beneficio de todos.

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