Opinión Internacional

Raúl Castro, Chávez, el socialismo y el café vietnamita

“Después de la guerra de agresión norteamericana contra Vietnam, el heroico e invicto pueblo vietnamita nos solicitó que le enseñáramos a sembrar café, y allá fuimos; se le enseñó, se le trasladó nuestra experiencia.  Hoy Vietnam es el segundo exportador de café del mundo.  Y un funcionario vietnamita le decía a su colega cubano: “¿cómo es posible que ustedes que nos enseñaron a sembrar café el otro día, ahora nos estén comprando café?”  No sé qué le habrá contestado el cubano.  Seguro que le dijo: “El bloqueo.”

Esta anécdota, confesión, o tragedia fue contada por el presidente de Cuba, Raúl Castro, en la Asamblea Nacional cubana el 18 de diciembre pasado con ocasión de presentar el “Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social” que será discutido -y seguramente aprobado-, en abril próximo, y, aparte del estupor y silencio con que fue recibido por la audiencia, creo que no generó ningún otro comentario entre medios, expertos y analistas de la isla.

No le pasó desapercibida, sin embargo, al economista, politólogo, y exeditor de la revista “Foreing Policy”, Moisés Naim, quien, 4 días después, no sin sorpresa,  glosó su audacia, oportunidad y escándalo en un artículo que publicó en “El País” de Madrid: “Raúl Castro y Otmar Issing”.

Creo, igualmente, haber leído uno o dos titulares sobre el tema entre articulistas del exilio cubano radicados en Europa, Estados Unidos y América latina, si bien debo admitir que, o ganado por urgencias de mi trabajo en Caracas, o porque el artículo de Naim me había dejado sumergido en angustias que no quería interrumpir, no me animé ni siquiera a hojearlos.

Donde sí estoy seguro que no se publicó nada, o por lo menos algo que generara la inquietud de ahondar, insistir, machacar y continuar explayándose  en la reseña de Castro fue en Venezuela, precisamente el país que por haber caído  en manos de “un iluminado” de la estirpe de los hermanos  Castro, está trasladando todo su esfuerzo productivo al extranjero, con la consecuencia de estar importando comodities que antes producía y hasta exportaba, léase café maíz, arroz, azúcar, plátanos, legumbres, flores, frutas y carne de todos los ganados y marcas.

“Esfuerzo” que también está alcanzando al desmantelamiento y minusvalía de PDVSA,  la empresa responsable del monopolio con el que el estado venezolano se reserva la explotación, refinación y comercialización del único producto que realmente producimos y exportamos, el petróleo, cuya producción pasó, de 3 millones, 500 mil barriles diarios que llegó a obtener antes del ascenso de Chávez al poder, a los 2 millones, 300 mil barriles diarios que produce hoy día, según datos de la OPEP y la AIE.

Aquí no puedo dejar de referirme al caso de la otrora poderosa industria azucarera cubana, también recibida con picos de producción altísimos al momento de la llegada de los hermanos Castro al poder (enero, 1959), y luego reducida a un proceso de ideologización, politización y descapitalización que la tienen al borde de su desaparición.

Pero volviendo al café, subrayo que al igual que Cuba antes del arribo del socialismo castrista, Venezuela, antes del socialismo chavista, producía y exportaba café, que en las décadas finales del siglo antepasado fue primer productor y exportador mundial, y que en el siglo XX, si bien a causa de la irrupción de la fiebre petrolera salimos del mercado mundial, siempre producimos para satisfacer el mercado interno, y que no pocas veces regresamos a colocar su aroma y fragancia en procesadoras, comercios y hogares del exterior.

Hoy estamos importando casi todo el café que consumimos, compramos más de la mitad de la producción de Nicaragua, y de la tercera parte de El Salvador y de otros países centroamericanos, con un resto nada desdeñable que nos está llegando de Colombia y Brasil.

La causa de tan espeluznante desastre reside en que la mayoría de las grandes haciendas cafetaleras, así como las torrefactoras y comercializadoras,  han sido expropiadas, estatizadas y “socializadas”, y que para combatir el latifundio y el capitalismo privado nacional e internacional, por lo que, aparte de abandonarlas, también se las deja en manos de cooperativas y empresas de producción social, socialistas y comunales que al poco tiempo se quedan sin semillas, insumos, o capital, que las obliga a reducirlas a rastrojos.

 O sea que, exactamente la receta que aplicaron los hermanos Castro en Cuba para que la isla dejara de producir café, y se convirtiera en importador y comprador del grano al país al que enseñó a sembrarlo: Viet Nam.

Pero lo sucedido con el café, es lo que está en vías de suceder con el arroz, el maíz y la carne, rubros el primero de los cuales exportábamos antes de Chávez a Colombia y Ecuador, y hoy importamos, y en cuanto al segundo, éramos autosuficientes y ahora, simplemente, tenemos que importar de Colombia, Brasil, Uruguay y Argentina, y a precios, que ya sabemos, se han ido por las nubes.

Para darnos una idea de la magnitud de la catástrofe que perpetra el chavismo con la agricultura venezolana, señalemos que de la balanza de pagos comercial entre Venezuela y Colombia que en 2008 llegó a 6 mil millones de dólares, Venezuela apenas exportaba 600 millones de dólares al “hermano país”, y el resto, 5 mil millones, 400 mil dólares, eran productos que nos vendía  Colombia.

No ha sido solo, ni principalmente, sin embargo (en lo que ya podríamos llamar “el síndrome del café vietnamita”)  donde la economía venezolana está siendo devastada por el socialismo chavista de inspiración castrista, sino que, sus efectos más demoledores (ya lo dijimos) podían mapearse en la industria petrolera, y de su empresa más importante, PDVSA, que de extraer y refinar 3 millones, 500 mil  barriles diarios antes del chavezato, ahora, según datos  de la OPEP y de AIE, solo produce 2 millones, 300 mil barriles  y en la perspectiva de reducirlos  más y más.

Para ello ha sido suficiente la “politización y socialización” de PDVSA, (tal sucedió con la industria azucarera cubana), que comenzó despidiendo a la flor y nata de su fuerza de trabajo, tanto como 25 mil trabajadores (gerentes, técnicos, expertos, administradores y obreros) porque no eran “chavistas, socialistas y revolucionarios y su reconversión, de una de las empresas  más eficientes en su ramo en América latina y en el mundo, en otra que reparte comida que se pudre, construye viviendas que se caen, siembra plátanos que se pasman, financia escolas de samba de tercera categoría y hasta patrocina pilotos de carreras de Fórmula 1 de dudoso provenir.

Pero donde se ha extremado el “síndrome del café vietnamita” en la economía socialista y chavista, ha sido en la forma cómo se han entregado las reservas petroleras, no en manos de  empresas internacionales famosas por su músculo financiero, experiencia, eficiencia y tecnología, y que ya tenían decenas de años instaladas en el país, sino de otras, creadas por y para los aliados políticos de turno del teniente coronel,  gobiernos de países no petroleros, con poca o ninguna presencia en los mercados y sin capacidad para salir adelante con sus proyectos y convenios, como son los casos de Bielorrusia, Uruguay, Cuba, Nicaragua, Bolivia y el propio Viet Nam.

Países que lo único que podrían hacer con los contratos es renegociarlos en el mercado secundario, vendiéndoselos a algunos de los gigantes de la producción de crudos  que podrían asociárseles con empresas mixtas camufladas para que Chávez piense son “socialistas y revolucionarias”.


En otras palabras: que Chávez no sólo está destruyendo el presente sino el futuro de los venezolanos, desperdiciando una época de buenos precios y excelente demanda que en cuestión de años podrían ceder desplazadas por energías alternativas no contaminantes.

¿Cómo hace la Venezuela de Chávez entonces para sobrevivir cómo país monoproductor y monoexportador de crudo, y disponiendo de recursos, no solo para sostener una gigantesca economía de puertos, sino para traspasar recursos líquidos, subsidios, regalos, y compra de bonos a sus socios y aliados, y emplazar una estructura clientelar por la que se granjea un apoyo nada desdeñable en toda la pirámide social venezolana?

Pues, simplemente, apostando a un alza constante y copiosa de los precios del crudo para que, independientemente de los índices de producción, siempre cuente  con petrodólares a mares  para continuar contribuyendo a la destrucción de la economía venezolana, mientras financia a las extranjeras.

Igual que hizo Castro con los dólares que ingresaban a Cuba vías los subsidios soviéticos, anulando la fuerza productiva de su país en tanto la “politizaba y socializaba”, y sin pensar que un día se acabarían los subsidios de Moscú y no tendría con qué comprar los productos que ya no podía, o se había olvidado producir.

¿Ocurrirá igual en Venezuela si Chávez sigue sin aumentar la producción y se dedica a vivir de los precios altos en tanto el petróleo es desplazado por las energías alternativas no contaminantes?

No respondemos la pregunta, pues se trataría  de una profecía sofisticada cómo para ser respondida en escenarios cuyo futuro apenas se anuncia ¿pero no pasó igual con la caída del comunismo y del imperio soviético que, según ideólogos, historiadores y filósofos había llegado para perpetuarse por los siglos de los siglos puesto que, era la última vuelta de la tuerca de un ciclo que acabaría con la historia, la sociedad de clases, las desigualdades y la explotación del hombre por el hombre?  

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