Opinión Nacional

Alberto Adriani y la Venezuela civilizada

La Biblioteca Biográfica Venezolana, que dirige Simón Alberto Consalvi, nos acaba de publicar la biografía del fundador de la ciencia económica en Venezuela: Alberto Adriani, bajo el patrocinio de El Nacional y Bancaribe. Hijo de laboriosos inmigrantes italianos de la isla de Elba, Alberto nació en la remota y entonces próspera población de Zea, Estado Mérida, el 14 de junio de 1898.

Fueron diversos e innovadores sus aportes a los estudios sobre el desarrollo económico de Venezuela, siendo uno de los principales sus esclarecidas advertencias sobre los peligros de la excesiva dependencia petrolera. Con el descubrimiento del pozo Zumaque en 1914 y Barrosos en 1922, el país comenzó a vivir su primera bonanza financiera y su economía y sociedad desarrollaron una adicción patológica a las mieles del hidrocarburo. Adriani, quien no se obnubiló por la magia del oro negro, detectó antes que todos que una explotación intensiva de esa riqueza perecedera desquiciaría la economía y atrofiaría la agricultura y la incipiente industria, creando una mentalidad rentística y un modelo de desarrollo parasitario y dependiente.

Desde el fin de la sangrienta Guerra Federal (1863) y hasta el Great Crash de 1929 –exceptuando intervalos como la crisis del café y del cacao durante el entre siglos y la dictadura de Cipriano Castro-, Venezuela exhibió un singular auge agropecuario. En 1863, el valor de la actividad económica de Venezuela (PIB) ascendía a Bs. 321 millones, escalando hasta Bs. 2.505 millones en 1929, a valores de entonces. Ello permitió que nuestros pueblos y ciudades agrícolas disfrutaran de una vida cultural e intelectual activa, en tiempos en que la agricultura y la ganadería aportaban el 50% del PIB y el 85% de la población convivía en zonas rurales.

Los padres de Alberto, José Adriani y María Mazzei, baluartes de la cultura local, compraron una imprenta a sus hijos adolescentes –la primera de Zea- y más tarde una radio, donde escuchaban no sólo conciertos de las grandes orquestas sinfónicas de Chicago o Filadelfia sino los análisis de las Bolsas de Nueva York o Londres. Recibían los boletines internacionales sobre el mercado mundial de café mientras los hermanos ayudaban a sus progenitores en las tareas de la siembra del café y la cría del ganado.

Su gran amigo y paisano, el escritor Mariano Picón Salas, atestigua que cuando el adolescente zedeño llega a Mérida a los 16 años para culminar el bachillerato en el prestigioso Liceo de la Universidad de los Andes, Alberto ya había aprendido el inglés, el italiano y el francés. Fue discípulo de maestros notables, como Félix Román Duque en Zea, Tulio Febres Cordero en Mérida y Esteban Gil Borges en Caracas. Dotado de una inteligencia superior y de una disciplina intelectual poco común, desplegó una pasión por la lectura y la escritura. A los 14 años, en su natal Zea, comienza a escribir sus Cuadernos de composiciones, donde plasma juicios maduros sobre educación, religión, cristianismo, trabajo, el bien y el mal, patriotismo, etc.

Como estudiante de Derecho en Caracas (1917-1921), se da cuenta de que en la Venezuela de la autocracia gomecista la nación permanecía calamitosamente atrasada. Comprendió que en una época de grandes descubrimientos científicos y tecnológicos, debía profundizar su formación académica en los países que estaban a la vanguardia de esos avances; todo ello orientado a prepararse para servir a su país.

Entre 1921 y 1930, residió en Ginebra, Londres y Washington, y viajó por Europa y Estados Unidos. Se graduó de economista en la Universidad de Ginebra (1925), tomó cursos en Londres con profesores como John Mayard Keynes en la Universidad de Cambridge (1925-1926), ejerció la secretaría de la delegación venezolana a la Sociedad de las Naciones –antecesora de las Naciones Unidas- y se desempeñó como jefe (fundador) de la división de agricultura de la Unión Panamericana (1926-1929), predecesora de la Organización de Estados Americanos.

SOBRE COMO CIVILIZAR A VENEZUELA Y A LATINOAMERICA

Como un Francisco de Miranda civil, todo lo que Alberto Adriani aprendió, pensó, escribió e hizo, tuvo un solo leit motif: cómo hacer de Venezuela –y de Latinoamérica- un país civilizado, democrático, socialmente equitativo y científicamente avanzado, con un pueblo altamente educado en las ciencias y en las artes y unido por una irrestricta fe republicana.

El joven economista desarrolló una visión integral del desarrollo político, socio-económico y cultural de las naciones. El progreso civilizador se origina y se nutre de la capacidad de la agricultura de generar excedentes de capital para que los pueblos se ilustren y satisfagan sus necesidades vitales, para sucesivamente enriquecerse con la cultura y conocimiento científico. Así se formaron las civilizaciones de Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma.

El paradigma moral y ético del judeo-cristianismo, el Renacimiento y el surgimiento del capitalismo, la conciencia democrática y de igualdad social de la Revolución Francesa y de las revoluciones de independencia en América, la industrialización y los avances técnicos y científicos de las primeras décadas del siglo XX en Estados Unidos y Europa, configuran un modelo de progreso espiritual y material que dará origen a una patria única de dimensión planetaria, con órganos supranacionales de gobierno y esquemas regionales de integración. En sus escritos de juventud, Adriani diserta sobre una pan-civilización futura, con una América providente y un Nuevo Mundo latino.

Las naciones deben, primero, desarrollarse por medo de la agricultura, luego mediante la agroindustria, más tarde a través de la industria manufacturera, y finalmente alcanzar el estadio superior de bienestar, hoy denominado sociedad del conocimiento. Por eso le mortificó hasta constituirse en obsesión la detección temprana de los peligros de la dependencia petrolera después del primer boom aceitero de los años 20 del siglo XX. Además de esta gran preocupación, tuvo la clarividencia, inclusive antes del Great Crash del 29, de apreciar que el capitalismo debía reformarse para convertirse en lo que hoy se denomina una economía social de mercado o un capitalismo social.

PANAMERICANISMO E INTEGRACION EUROPEA Y LATINOAMERICANA

La experiencia laboral de Adriani en la Sociedad de las Naciones y en la Unión Panamericana, conjuntamente con sus estudios académicos en Ginebra y Londres, hicieron del joven internacionalista un decidido defensor de la integración de pueblos y naciones con similares valores y convergentes culturas. Durante la década de los años 20, el diplomático merideño escribió diversos artículos y ensayos sobre panamericanismo e integración económica, los cuales son reveladores de avanzadas ideas en el campo de las relaciones internacionales.

En 1925, a la edad de 27 años, publicó en Londres el ensayo Los Estados Unidos de Europa, a raíz de los acuerdos de Locarno, los cuales sentaron las bases de una integración futura de las potencias europeas cuyas economías quedaron devastadas con un triste saldo de vidas humanas durante la I Guerra Mundial (1914-1918). Este ensayo es un resumen premonitorio de los tratados constitucionales de la actual Unión Europea. La formación de un espacio económico libre de aranceles, de un mercado común y de una unión económica y monetaria de las democracias europeas están allí recogidos.

Entre las ideas modernizadoras que propugna, se encuentran las relativas a la integración latinoamericana. Considera que hasta entonces los llamados a la unión sub-continental bajo el ideario de Miranda y Bolívar han sido ejercicios retóricos e inocuos. Acierta cuando plantea más bien que la integración debe ser gradual y debe iniciarse con la interconexión de las infraestructuras viales, fluviales y marítimas, con acuerdos comerciales realistas y pactos de cooperación aduanera, educativa y científica. Estas ideas fueron más tarde adoptadas en el modelo de integración europeo, mientras que todavía en América Latina los procesos de integración siguen siendo lentos, retóricos y lucen en este momento estancados, pese a la constitución de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

Fue también novedosa su visión acerca del panamericanismo. Abogaba por un cooperación realista y en igualdad de condiciones entre la gran nación industrializada del Norte y los pueblos rezagados de América Latina. Propició que la región latinoamericana, emulando las ejecutorias de Sarmiento y Alberdi en Argentina, incorporaran amplios contingentes de inmigración europea, como lo había hecho Estados Unidos. Cada familia inmigrante es como una buena escuela, sostuvo Adriani. Como Miranda y Tocqueville, admiró la democracia estadounidense, su iniciativa empresarial, su capitalismo renovador y su empuje industrial y científico; pero también advirtió sobre la necesidad de que Estados Unidos no sucumbiera a la tentación imperialista de ver a sus vecinos del sur como el patio trasero de su política exterior.

EL ESTADO, LA EMPRESA PRIVADA Y LA ECONOMÍA ORGÁNICA

Alberto Adriani fue el primer economista keynesiano de Venezuela, cuando los gobiernos venezolanos y latinoamericanos y sus élites sociales propulsaban el liberalismo clásico y el positivismo autoritario. El discípulo de Keynes y Hicks se pronuncia por el abandono del laissez-fair, laissez-passer, y plantea firmemente que los formadores de políticas públicas adopten una política económica proactiva, dirigida por el Estado para fomentar y facilitar el despliegue creativo y empresarial de las fuerzas privadas de la sociedad.

En Londres, Washington y principalmente en su natal Zea, donde se interna como agricultor entre 1930 y 1935, el estudioso economista andino formula un cuerpo de ideas que va a poner en práctica más tarde como principal redactor del Programa de Febrero del presidente Eleazar López Contreras (1936-1941), como ministro de Agricultura y Cría y poco más tarde como ministro de Hacienda (1936).

El hombre de la montaña, como lo llamó Picón Salas, fue de los primeros venezolanos en aconsejar que la política económica no fuera casuística ni improvisada, sino delineada en forma técnica dentro de un plan de desarrollo a largo plazo. Clamó por una economía orgánica donde las políticas productivas (agricultura, industria, servicios y minería) guardaran coherencia con las políticas fiscal, monetaria, cambiara, financiera y comercial.

DESCUBRIDOR DE LA MALDICION DE LOS RECURSOS

La mayoría de los biógrafos de Alberto Adriani han hecho énfasis en sus tesis sobre la educación y sobre la inmigración europea como sus principales aportes al pensamiento socio-económico de la época. Sin restarle relevancia a estos postulados, pensamos que su gran aporte a la ciencia económica fue el haber descrito –antes de que Venezuela se convirtiera en un Petro-Estado y adoptara una mentalidad rentística- cómo una exagerada dependencia petrolera conduciría al país a un estancamiento, contracción o crecimiento no competitivo de la agricultura, la ganadería, la agroindustria y la embrionaria industria manufacturera.

El acucioso investigador detectará que la explotación petrolera podría tener un impacto negativo sobre la economía venezolana (la Maldición de los Recursos). Señalará que la bonanza petrolera provocaría una sobre-valuación del bolívar, agravada por las políticas proteccionistas y las devaluaciones competitivas de nuestros socios comerciales durante la Gran Depresión de los años treinta. La sobre-valuación del signo monetario acarrearía un abaratamiento de los bienes importados y la pérdida de competitividad de las exportaciones no petroleras de Venezuela. Las importaciones de mercancías baratas y la falta de competitividad del sector exportador venezolano originarían una expansión desmedida de las actividades de bienes no transables (gastos gubernamentales, construcción, servicios financieros, etc.), en detrimento de las de bienes transables (agricultura y cría, agroindustria e industria manufacturera).

Es el fenómeno que hoy se denomina en la teoría económica como la Enfermedad Holandesa. Adriani fue sin duda el precursor de los estudios de esta ruinosa dolencia socio-económica de la que Venezuela no se ha podido deslastrar hasta nuestros días. Hubo períodos desde los años 30 cuando el país pudo compatibilizar el crecimiento de la economía petrolera con la expansión de las actividades no petroleras; pero las más de las veces, como señala en su libro Petróleo y Dependencia (1971), Juan Pablo Pérez Alfonzo, la nación venezolana no ha tenido éxito en la gestación de una economía no petrolera sólida, sustentable y competitiva (la siembra del petróleo). En la primera década del siglo XXI, Venezuela continúa siendo un país mono-productor.

Adriani tuvo resistencias dentro de la élite bancaria y comercial del país cuando propuso en 1935 la devaluación del bolívar como mecanismo para defender la agricultura y la naciente industria y restablecer los desequilibrios derivados de la Gran Depresión y de la entronización del petróleo en la economía venezolana. Hubo un gran debate nacional, el cual colocó en posiciones encontradas al economista zedeño y al presidente del Banco de Venezuela, Vicente Lecuna. Los economistas profesionales estiman que quien tuvo la razón fue Adriani, y que de haberse adoptado desde entonces un tipo de cambio competitivo, Venezuela habría podido proteger su agricultura, desarrollar la agroindustria y las manufacturas, fomentar las exportaciones y consolidar una economía no petrolera próspera y diversificada.

UN BANCO CENTRAL Y UN SISTEMA FINANCIERO MODERNO

Otro de los aportes esenciales de Alberto Adriani a la modernización económica de Venezuela lo constituyó su análisis crítico del atrasado sistema bancario venezolano y su propuesta de crear un banco central de emisión. Fue el iniciador de los estudios sobre economía monetaria en Venezuela. Convencido propulsor del papel orientador del Estado en la economía, el innovador merideño no concebía una economía orgánica sin un instituto emisor que garantizara la estabilidad de precios, protegiera las reservas internacionales y aplicara una política financiera y cambiara dirigida a defender el aparato productivo y estimular las exportaciones.

Adriani estudió a los tratadistas monetarios más destacados de su época, entre ellos al Prof. Kammerer. Objetó que el sistema financiero de Venezuela sólo se dedicaba a realizar rudimentarias operaciones de crédito con un escaso número de productos financieros. Recomendó el crédito hipotecario y la constitución de fideicomisos de ahorro, inexistentes a la sazón. Los depósitos a la vista y a plazo eran los únicos instrumentos de ahorro y la financiación del capital de trabajo y de proyectos de inversión para pequeños y medianos industriales y agricultores brillaba por su ausencia.

Un sistema de pagos moderno debe contar con un instituto emisor y un sistema financiero capaz de promover el desarrollo de las fuerzas productivas privadas y no simplemente realizar una labor contable de intermediación ineficiente y burocrática.

No le correspondería al talentoso hombre público la fundación del Banco Central de Venezuela. Sí fue pudo incorporar la propuesta en el Programa de Febrero. Su fundación quedaría a cargo de uno de sus más cercanos colaboradores y amigos, el Dr. Manuel R. Egaña. La primera Ley del Banco Central de Venezuela fue sancionada por el Congreso de la República en 1939 y el instituto emisor abrió sus puertas al público en octubre de 1940.

EL NUEVO ESTADO SOCIAL Y LAS FINANZAS PÚBLICAS

El economista del Alto Escalante fue también un pionero en la defensa del carácter social que debe tener toda política pública. Dentro de su ilustrada filosofía política, el interés colectivo debe prevalecer en cada decisión de Estado, por encima de todos los demás. La evaluación técnica de una política pública debe comenzar por identificar donde reside el interés nacional. La acción del Estado debe siempre procurar el bienestar social de los ciudadanos. El Estado liberal, garante de la legalidad, del orden público y de la defensa nacional, es insuficiente dentro de su proyecto de transformación nacional.

La hacienda pública es un instrumento clave para el fomento de la producción nacional. Una cultura tributaria debe ser asimilada por ciudadanos y empresas. El Estado debe hacer uso eficiente de los tributos que cobra y revertirlos a la sociedad en servicios públicos eficientes. Estas ideas quedaron recogidas en su trabajo La tributación y el nuevo Estado social (1936).

Adriani fue el fundador del Ministerio de Agricultura y Cría, cargo para el cual fue designado el 1ro. de marzo de 1936. Tan sólo permaneció dos meses al frente del despacho, durante los cuales organizó el nuevo Ministerio y sentó las bases para la modernización de la agricultura y la ganadería, mientras aplicaba medidas de emergencia para minimizar los devastadores efectos de la Gran Depresión sobre la producción agropecuaria del país.

El 29 de abril de 1936, el presidente López lo designa ministro de Hacienda, donde en pocos meses erigió las fundaciones de un moderno sistema de finanzas públicas. Reformó Ley de Aduanas, la Ley de Impuesto al Cigarrillo y la Ley sobre varias ramas de la renta nacional. Planteó la necesidad de introducir la tributación directa (impuesto sobre la renta) dentro de un régimen fiscal que hasta entonces sólo dependía de tributos indirectos (aranceles aduaneros, impuesto al cigarrillo, etc.). Estas propuestas quedarán más tarde recogidas en la primera Ley de Impuesto sobre la Renta de 1942 y en la Ley de Hidrocarburos de 1943, promulgadas por el presidente Isaías Medina Angarita.

Alberto Adriani realizó otras contribuciones fundamentales a la ciencia económica y a la modernización del país. Fue el primero en proponer la conservación de los recursos naturales renovables y la explotación racional de las riquezas mineras, hídricas y agrícolas de Guayana. Predijo la futura significación de Asia y el surgimiento de China y la India como grandes potencias. Se anticipó a la globalización contemporánea al vaticinar que los descubrimientos científicos y tecnológicos, la internacionalización del saber y los adelantos del transporte y las telecomunicaciones propenderían a unificar a las naciones del mundo.

El estadista del Alto Escalante logró un admirable balance entre la teoría y la práctica, entre lo económico y lo social, entre lo material y lo espiritual y entre la ciencia y la cultura. Pese a su densa formación intelectual, se consideraba a si mismo un campesino, refractario de la frivolidad citadina; pero también le escribe desde Washington a Picón Salas, en 1929, que, como Otto von Bismark cuando salió de Brandenburgo en 1848 a unificar Alemania,…de las granjas del Escalante puede salir un Adriani…palúdico y huesudo. De buen humor aborda su destino superior, truncado al fallecer inesperadamente el 10 de agosto de 1936, a los 38 años.

BIBLIOGAFÍA BASICA:

Adriani, Alberto, Textos Escogidos, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1988. Labor Venezolanista, Academia Nacional de Ciencias Económicas, sexta edición, Caracas, 1989. Cuadernos de composiciones, Academia Nacional de la Historia, Caracas.

Carrillo Batalla, Tomás Enrique, Intervención Estatal y Economía de Mercado, Fundación Alberto Adriani, Caracas, 2008.

Consalvi, Simón Alberto, Profecía de la Palabra, Vida y Obra de Mariano Picón Salas, Tierra de Gracia Editores, Caracas, 1996.

Grisanti, Luis Xavier, Alberto Adriani 1898-1936, Biblioteca Biográfica Venezolana, No. 94, Caracas, 2009. Manuel R. Egaña, 1900-1986, BBV, No. 64, Caracas, 2007.

Rojas, Armando, La Huella de Alberto Adriani, Fundación Alberto Adriani, Caracas, 1994.

Szinetar Gabaldón, Miguel, El Proyecto de Cambio Social de Alberto Adriani (1914-1936), Centro de Estudios del Desarrollo (CENDES), Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1998.

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Un comentario

  1. Hace un momento buscaba ampliar información sobre Alberto Adriani. Encontré la noticia sobre el fallecimiento de mi amigo… nuestro amigo y colega Anibal Martínez. Mi más sentido pésame a su familia. Pésame también a nuestra profesión, que se cubre de duelo con su desaparición.
    José Rabassó Vidal

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