Opinión Nacional

Historia del miedo y del Rey

Cuando el Rey tiene miedo se le hace necesario reprimir para enmudecer las voces de quienes le adversan. La única forma de silenciar es usando las fichas del ajedrez que maneja con trampas. Los que se arrodillan a cambio de sus favores también le temen. No hay posibilidad de argumentar nada en contra porque el precio es alto. Tanto que, a pesar de las incongruencias sabidas de sus acólitos, la ejecución de los planes se materializa para evitar represalias. Así es el miedo: ciego, agresivo y además, millonario. 

La fuerza de los brutos disfrazados de gladiadores se convierte en estandarte de un imperio con bases de arcilla. La voluntad sometida de los obedientes les hace payasos de la fiesta. Los asistentes le ríen las impertinencias y anotan cada gesto de crueldad en su lista de advertencias. La venganza del poderoso les amilana y los convierte en robots operadores del jerarca. La sumisión evita convertirse en bocado de los leones. El circo continúa y le acompañan desde las gradas. 

Mientras, el pueblo enmudece en la calle y puertas adentro se retuerce de dolor. Solo se habla con la almohada. Nadie puede saber de su rebeldía. El tributo al Soberano es el medio para conservar la vida fuera de las jaulas. Los negociadores de su corte, los señores feudales, saben que todo es del emperador. Nada es propio, todo es del gran hacendado. Hasta los hijos deben balbucear loas al zar. 

Reinos vecinos envían alabanzas al repartidor de beneficios. No se espera otra cosa de quien amenaza con no alimentar pueblos empobrecidos por similares mandatos. La ambición de poder rebasa fronteras y obsequios van y vienen para el terrateniente. Los virreyes saben quién manda. 

La confederación de reinos lejanos le mira de lejos y no roza ni el polvo de sus sandalias. Hay asuntos más urgentes que la locura de un trastornado cuyas pesadillas le repiten un asesinato. Las consideraciones sobre el desarrollo de colonias distintas les roban el tiempo y las fotografías de abrazos y cumbres monopolizan el interés por la farándula de actores hollywoodenses. El Rey solo es importante para sus súbditos y para quienes recogen de sus migajas. 

El derecho divino de los reyes se plasma en la megalomanía de lo grotesco. Su Majestad aniquila cualquier vestigio de aspiración a caudillo. La caricatura del bufón es real y el reino se asemeja a un hormiguero donde cada cual carga su peso sin chistar. El miedo es la forma de vida. Los decretos imperiales, las lanzas y las mazmorras inmortalizan al Príncipe. Y la esperanza del sueño de las hormigas emancipadas se va perdiendo. 

Hasta que, poco a poco, el empacho de sus despotismos causa malestar en las tripas de sus ministros. Y le abandonan. El pueblo llano se despereza y se levanta. El hombre imperio se queda solo. Y huye despavorido con su dinero, con sus mentiras y con su miedo.


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