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Preservar el asombro

Desde la pantalla de proyección, la fotografía de una mujer y cuatro tripones famélicos nos inunda con su estrago. Junto al grupo una nevera vacía da cuenta de un rito sin sorpresas, el augurio de la mesa yerma, esa hora amarga en la que se apretujan cien preguntas sin respuesta. La imagen es apenas atisbo de la avalancha, ojeada que hurga y va revelando la llaga abierta de la gran tragedia: el paisaje descrito por Maritza Landaeta, Luis Francisco Cabezas, Feliciano Reyna y Oscar Meza en la reciente mesa sobre condiciones de vida del venezolano organizada por el Proyecto de Entendimiento Nacional, sigue hablando de un país que a duras penas lucha por seguir en pie, en plena demolición. 

Certezas como la desnutrición temprana y sostenida, su daño irreversible; la desestructuración del sistema sanitario, una escasez de 90% en medicamentos (situación que por primera vez aplica su tenaza diligente incluso a la capital), el avance de la pandemia, el retorno de males erradicados hace 60 años; la pulverización de la capacidad adquisitiva gracias a un leviatán inédito en nuestra historia, la hiperinflación; un aparato productivo capaz de aportar sólo el 18% de lo que comemos; el éxodo por hambre, la sombra de un futuro quebrado precozmente, reducido en lo físico y lo cognitivo; la violación masiva, deliberada y sistemática de derechos humanos, ese deterioro brutal de las condiciones de acceso a la salud, alimentación y servicios públicos son algunas de las pavorosas muecas de la emergencia humanitaria compleja. La expansión de la dificultad, su intensidad y velocidad, todo esto traducido en muertes inevitables, comienza a configurar un panorama que se ciñe feroz a nuestra cotidianidad, con el que parece imposible lidiar: una guerra no-formal que abre boquetes no sólo en el cuerpo, sino en la psique. 

La crisis, en fin, ocupa todos los espacios, atizada por las evasivas de un Estado que aún intuyendo que aspirar a revertirla sólo con recursos locales ya no es factible, insiste mañosamente en no asumir su cuota de responsabilidad política. En medio de la habitual negligencia, del afán por hacer regular lo inadmisible, apenas extraña que un ministro de Planificación ponga en duda la veracidad de los datos que divulga Unicef, institución que basándose en informes provistos por Cáritas Venezuela admite –finalmente- el “continuo deterioro de los niveles nutricionales de los niños venezolanos”; o que un Ministro de Educación prometa a “quienes se quedan en la patria” el disfrute “a plenitud de la prosperidad de nuestro país”, aún cuando sabe que las fronteras colapsan, aún cuando Venezuela se desborda y se vacía como un hormiguero atacado. Así mismo van dejando de ser exóticas las imágenes de niños vueltos puro esqueleto y piel, emblemas del menoscabo inconcebible, criaturas que nacen para enseguida morir, condenados desde el vientre por la desnutrición proteico-calórica; tan usuales como la vista del muchacho que en una esquina de la ciudad come del tobo de la basura, que chupa sus dedos frente al inopinado puchero mientras los transeúntes miran y no, ocupados en bregar con sus propios calvarios, en mitigar como pueden los daños domésticos… asusta entrever lo que arropa esa pecaminosa normalización: ¿es tanto y tan común el desgarro que acabará embotando la disposición a consternarnos? ¿Cuándo la tragedia dolerá tanto que dejará de doler?

Hay una guerra que también estruja la capacidad de asombro. El régimen niega lo evidente, pues el jubón ideológico se cierne apretado sobre la consciencia; mantener el poder es la única meta de una hýbris delirante, no importa cuánto haya que derribar. Pero el aturdimiento que produce entre la gente tanto jab seguido y descarnado tiende también a volverse anestesiamiento, una reacción que a menudo opera como mecanismo de defensa. Contemplar sin involucrarse activamente por tener la sensación de estar viviendo un libreto sobrecargado aunque previsible, que no cambia ni cambiará, resulta quizás en una profiláctica disminución de la aflicción, pero a la larga promete disolver toda humana certidumbre, los lazos que aún nos mantienen unidos, que dispensan cierta capacidad de interpelación y reconocimiento, cierta noción de fortaleza como sociedad. Escepticismo y disgregación, tóxico amasijo.

Cuesta respirar con una saeta perenne cruzando el pecho; por eso importa resguardar los íntimos alcázares que soportan nuestra cordura. No obstante, en aras de un equilibrio del que no podemos prescindir, conviene evitar esa cauterización del espíritu; aprender a conmovernos sin que ello nos destruya, sí, pero evitando a toda costa que la piedad salga de la ecuación del intercambio, no importa qué tan común sea la mengua, cuán distante la miseria del otro. Al revés de Sócrates, quien al recorrer los bien surtidos puestos del mercado de Atenas se sorprendía de la inmensidad de lo que no necesitaba, toca repetir a cada tanto: ¡cuán inmenso es todo lo que nos falta, todo lo que nos urge tener ahora de vuelta!

@Mibelis 

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