Opinión Nacional

Alberto Ravell, en la calle

Lo conocimos cuando el crío tenía, apenas, cinco años y compartía el exilio, en La Habana,  con su padre (Alberto Ravell, el cronista excepcional de “Espejo de la Ciudad”, compañero de Leonardo Ruiz Pineda, discípulo de Don Rómulo Gallegos) quien, de una vez,  nos dijo que “ya el muchacho se sentía dentro del Partido”, luchando contra la dictadura perezjimenista. No podía ser de otra manera. Su padre se relacionaba, conversaba a diario, con dirigentes de la talla de Rómulo Betancourt; oía y respondía los propósitos manifiestos de hombres de la calidad de Andrés Eloy Blanco; intercambiaba pronósticos con Luis Beltrán Prieto Figueroa. Una escuela de formación avanzada, para quien, como Mozart en la música, tendría que desenvolverse, desde su temprana juventud, en los linderos exigentes de la política, entendida como herramienta de lucha y de superación de las clases más necesitadas. Alberto, nuestro Alberto de hoy, se construyó con lo mejor del humanismo, desde su infancia y tendría que ser, en su madurez, como ha sido, artífice de la dignidad.

            Es un símbolo positivo, ahora en la calle, lejos, necesariamente, de la matriz comunicacional que sirvió para revelarlo, como un adalid, a todos los venezolanos presentes. En la calle, fuera de su puesto de mando en Globovisión. ¿Un triunfo del Régimen, del autoritarismo, de la tiranía mediática que justifica los caprichos del Déspota que nos gobierna? ¿Un éxito de la represión? ¿Un paso atrás en la Resistencia contra la Dictadura?. No lo creemos. Pensamos, más bien, en todo lo contrario. Las circunstancias nos han colocado, en la calle, a un símbolo positivo, en condiciones de trascendencia, con posibilidades de ir, cada vez, con cada día, con cada paso, siempre adelante, al encuentro con un futuro que casi teníamos perdido.

            Alberto podría, mejor que nadie, comenzar ya a “patear la calle” y encontrarse con la gente, acompañado, por ejemplo, por varios de los tantos y tantos compatriotas que han sido víctimas de la delincuencia desatada, impune ante una administración incapaz de contenerla. Acompañado por muchos de los dos millones de jefes de familias venezolanas, quienes claman por una vivienda propia, a la que tienen tanto derecho, constitucional y sociológicamente hablando, y  de quienes el Régimen se ha burlado y a quienes ha engañado, sistemáticamente, durante once años de reiteración de una promesa que jamás cumplirá. Acompañado de los que constituyen la mayoría de los venezolanos a quienes no les llega la salud, la educación, la seguridad de enrumbarse por un camino que les lleve a la definitiva superación de su pobreza y estabilizarse, de verdad, dentro de una sociedad sana, en constante crecimiento hacia el cambio, abierta a su inclusión en el Primer Mundo.        

            Alberto podría, además, tender el puente que unifique a la “unida” sociedad política con la desorientada sociedad civil, ausente de la contingencia social, fratricida, armada por el Régimen para dividir a los venezolanos y “atornillarse” en el poder. Con esa Sociedad Civil que no vota, que se abstiene de concurrir a las urnas, en cada uno de los últimos procesos, porque no comulga con la prédica totalitaria de los rojos reinantes, pero tiene sobradas razones para sospechar de lo que no supieron hacer los que nos gobernaron antes del Déspota de hoy. Podría tender el puente y facilitar esa necesaria unión –Diez Millones de venezolanos militantes— porque nadie duda de su entereza, mucho menos ahora, cuando ha sido víctima de sus propios compañeros de sociedad. Porque todos sabemos qué coraje, qué clase de sangre corre por sus venas, como para afirmarnos en la creencia de que, Alberto, podría ser, exactamente, lo que nos faltaba, ahora que está en la calle.

             Nos imaginamos a Alberto encontrándose con los estudiantes. Con los que vivirán, ardientemente, el futuro al cual no llegaremos.  Nos lo imaginamos hablando con las amas de casa, ahora, cuando la inflación y las alteraciones negativas del orden fiscal y monetario del país, les ha cerrado las puertas de sus mercados habituales, hundiéndoles el presupuesto familiar. Nos lo imaginamos en comunicación con los buhoneros, los pequeños empresarios “tira piedras”, a quienes el gobierno abandonó, a pesar de su poderosa “banca oficial” y los lanzó a un pérfido desempleo indirecto, el cual no es registrado por las cifras que manejan los adelantados estadígrafos “socialistas”. (Quizás porque Carlos Marx los anestesiaba con aquello, despectivo, del “lumpen proletariat”). Nos imaginamos a Alberto, símbolo positivo, en la calle, haciendo tantas cosas, útiles y convenientes para el reto que nos conjuga a todos, que casi tendríamos que decirles, a los que  “prescindieron de sus servicios”, gracias por habernos dado, exactamente, lo que nos faltaba

                                Piénsalo, Alberto: la calle es tuya.

 

 


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