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Argenzuela: corrupta y pobre

Tal como preveíamos muchos, el Juez Griesa habilitó el «discovery», es decir, dio a los fondos buitres la facultad de investigar dinero y bienes de los funcionarios y de sus cómplices en el exterior para embargarlos porque, como son producto de la corrupción, en realidad pertenecen al Estado argentino. Reeditó así una situación que ya se había producido con el Congo; cuando otros buitres consiguieron las pruebas de malversación contra su Presidente, ese país, que también había desacatado una sentencia de un tribunal norteamericano, pagó rápidamente y sin discutir, un monto mucho mayor al reclamado.

Cuando el jueves, los fondos que obtuvieron fallos en contra de la Argentina, denunciaron que Bóvedas Báez -o sea, los mismos Kirchner- habían realizado giros monumentales a bancos alrededor de todo el mundo, incluidas las islas Seychelles, y que Elaskar, movilizador de esos fondos non sanctos, había transferido parte de los mismos a Irán, se presentó en el horizonte inmediato de la Casa Rosada un huracán de enormes proporciones. Esta novedad, claro, me hace dudar de mi seguridad acerca de que no se negociaría con los buitres después de enero porque, esta vez, doña Cristina se encontró con un enemigo que tiene más dinero y más tiempo que ella, y está dispuesta a perseguirla hasta el fin.

Para conjurar el golpe frente la opinión pública, la Presidente, única dueña de la agenda política que la oposición ya ni siquiera disputa, reinició rápidamente la guerra contra el grupo Clarín; claro que lo hizo de un modo tan desprolijo que, como tantas otra veces en el pasado, la maniobra será abortada por la Justicia, pero le permitió ganar las portadas de todos los diarios y de los noticieros de radio y televisión y eliminar de ellos las explosivas y probadas revelaciones de la corrupción del Gobierno. Y el jueves, para completarla, firmó un acuerdo con Putin, el zar de la libertad de prensa y de los derechos humanos, para que los argentinos podamos ver la televisión rusa, y viceversa; y ambos se congratularon porque así lograrían evitar que los periodistas «intermedien» la información que deben recibir las neuronas de los ciudadanos, a las que se debe cuidar.

Doña Cristina siguió avanzando así hacia la «venezualización» del país; a mi modo de ver, encontrará para ello escollos insalvables aunque, para intentarlo deba incendiar el país y, al terminar derrotada, dejar tierra arrasada. Una de sus principales herencias será haber integrado al país al «club de los malos», como diría Alejandro Borensztein, mientras quedamos enemistados con todos los países occidentales, incluyendo a todos los que nos rodean.

Cuando digo que se encontrará con barreras imposibles de superar no me estoy refiriendo, obviamente, a los complots destituyentes que cada día inventa la Casa Rosada ni, tampoco, a alguna acción de quienes aspiran a sucederla, sino a las torpezas infinitas de aquéllos a quienes ha encomendado la conducción económica.

La nuestra necesita, como cualquier economía que carezca de una moneda respetada en el exterior y resulte transable en los mercados, de esos dólares que no puede fabricar Ciccone. La combinación de estupidez y preconceptos que generó el cepo cambiario, hizo que esas esenciales divisas dejaran de fluir en ambos sentidos, es decir, no salen pero tampoco entran, y el nivel de reservas internacionales es inferior a cualquier límite de seguridad ante una corrida. ¿Usted entraría a una fiesta de la que sabe que no podrá salir?, ¿traería usted dólares al país si sabe que deberá venderlos en el Banco Central a $8,50 por unidad pero, a la hora de concretar una inversión, se encontrará con que valen $15?; si usted fuera tan ladrón como Cristina, ¿traería los miles de millones de dólares que fugó del país?

Hay rubros, sobre todo las importaciones de energía y de componentes de productos terminados (medicamentos y automóviles, por ejemplo), las comunicaciones, los pasajes internacionales y los consumos de los argentinos en el exterior, las compras de divisas para ahorro y hasta los vuelos de Aerolíneas Argentinas (al menos, los internacionales), que deben ser pagados en dólares, es decir, con una moneda que no tenemos. La presencia de siete barcos con gas licuado, que flotan en las inmediaciones desde hace semanas por la imposibilidad del Gobierno de pagar, es una clara demostración de cuanto digo.

Más allá de los enfervorizados juramentos de la noble viuda en el Museo del Bicentenario, ¿hasta cuándo permitirá la compra de «dólar ahorro», que los ciudadanos compran a $10 y venden, minutos después, a $15 en el mercado «blue»? ¿Cuánto resistirá nuestra economía, tan globalizada, sin importar las piezas que necesita para producir? ¿Cuándo moriremos por falta de remedios? ¿Cómo iluminaremos, calentaremos o refrescaremos nuestras casas sin la energía que necesitamos imprescindiblemente importar?

El Bambino Kiciloff dedicó sus últimas semanas a pasar la gorra para intentar conseguir esos indispensables dólares. Veamos qué sucedió. En primer término, fue a reunirse con el Ministro Mantega, en San Pablo, pero recibió una frontal negativa de Brasil, inmerso en sus propios problemas, a prestar dinero a un país que tanto ha maltratado a sus industriales. Luego, acompañado por doña Cristina, que llevó como obsequio los muebles de Solano López incautados en la Guerra de la Triple Alianza, pretendió que Paraguay nos pagara US$ 6.000 millones, por una presunta deuda por la construcción de Yaciretá; la respuesta guaraní fue clara: al día siguiente, los diarios locales calificaron a la Argentina de ¡buitre! y nada se pagó.

Más tarde, trató obtener de Evo Morales, tan cercano al corazón del kirchnerismo, un financiamiento de Bolivia al gas que importamos, pero nada logró. Fue a Beijing, con el decapitado Frávega, para ablandar al Banco Central local y habilitar que, al menos parte de los swaps, fuera en yuanes convertibles; los chinos, que había permitido que la agencia oficial de calificación de riesgo soberano nos declara en default, les explicaron que los kamikazes eran los japoneses. El frustrado raid continuó con un pedido de adelanto de US$ 6.000 millones a las cerealeras internacionales que actúan en el país, que tampoco tuvo éxito. Auguro un mismo fracaso en la inmediata gestión que intenta ahora ante el FMI, al cual denostó tan pronto llegó a Washington, que continúa exigiendo la auditoría de las cuentas públicas prevista en sus estatutos.

Desde otro ángulo, la Argentina tiene un gasto público fenomenal, que excede en mucho sus recursos, que hoy es financiado, en pesos, con una emisión comparable. ¿Es sustentable en el tiempo, aún en el corto plazo, seguir con esa demencial conducta cuando se parte de una inflación del 40%? Si el Gobierno sigue haciéndolo, y la nueva conducción del Banco Central a cargo de Vanoli lo garantiza, hará que comience rápidamente a espiralizarse. Piense usted en los planes sociales, en los salarios de la administración pública y en las jubilaciones; esos conceptos, los rubros más importantes del gasto, se pagan en moneda nacional y, aunque crecen por debajo de la inflación, no dejan de hacerlo al 30%. Sin recursos genuinos, ¿cómo hará Kiciloff para financiarlos sin emisión?, ¿cómo hará para aumentar los impuestos, que ya constituyen la mayor presión tributaria de la historia?

Los montos de los planes sociales y las jubilaciones, que no se ajustan por inflación, están degradando aún más, si cabe, a quienes dependen de ellos, literalmente, para comer. Como en el corto plazo no resulta posible reconvertir esos planes en verdaderos alientos al trabajo, a la salud y a la educación, el Estado debe seguir pagándolos como están, so pena de matar de hambre a gran parte de los ciudadanos. En resumen, se deberá emitir sin límites para sostener esos subsidios, o permitir que la calle estalle por desesperación; estoy seguro que se optará por la primera opción, al menos mientras el Gobierno pretenda transmitir sensación de gobernabilidad, pero se disparará la inflación a la estratósfera.

Ese panorama general, que habla a las claras del inevitable colapso de la economía kirchnerista, generará conmociones sociales de una magnitud muy difícil de anticipar, tanto como cuándo se manifestarán en las calles; hay expertos que la pronostican para febrero/marzo, otros la anticipan y algunos, pocos ya, descreen de ella. Estos últimos, en el fondo, creen que la ignorancia general que se ha impuesto a la ciudadanía hará que una mayor cantidad de billetes devaluados en los bolsillos tranquilizará los ánimos pero, obviamente, no coincido; la mujer, dueña y señora de la economía familiar, no necesita de ningún Indec para percibir cómo se deteriora, día a día, su poder de compra.

Para controlar el descontento y para controlar la calle, el Gobierno cuenta con un impredecible General Milani, y con las certezas del Vatayón Militante, de la Tupac Amaru, de los barra-bravas y de los adictos al «paco» (¿se acuerda de los sicarios, como los que golpearon a Longobardi?) a los cuales comprará con las dosis que, como cómplice y socio del narcotráfico, no le faltan. Resta saber cuándo, y para qué, serán utilizados estos ingentes recursos de combate.

Para concluir, y en el marco del descontento generalizado que existe hoy en la sociedad argentina con la tolerancia de SS Francisco hacia los corruptos y enriquecidos miembros de La Cámpora, además de inmorales integrantes de la farándula, cabe preguntarse qué sintió la Secretaría de Estado vaticana frente a la obvia manipulación que hizo Cristina en la ONU de su almuerzo en Roma; creo que el mejor termómetro para medirlo será el tiempo que demore en otorgar el placet a la designación de Eduardo Valdez como nuevo embajador, en reemplazo de Juampi Cafiero.

Por favor, no olvide que el 13 de noviembre, a las 20:00 hs., tendremos que estar todos en la calle para expresar nuestro repudio a este régimen tiránico, populista y corrupto; si no nos acompaña, no se queje después.

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