Opinión Internacional

Obama y sus enemigos

«Días de perros para Obama», «Los demócratas de Obama afrontan un inminente colapso electoral a todos los niveles». «Se desploma la popularidad de Obama». Esta es una muestra de titulares comunes en estos días. Todo el mundo parece estar bravo con Barack Obama.

Hasta Desmond Tutu, el benevolente arzobispo sudafricano, publicó un artículo criticando ferozmente al presidente. ¿Por qué? Pues porque el gobierno estadounidense redujo los fondos para la lucha contra el sida en África. «La Cámara de Comercio pierde sus batallas contra Obama», tituló The Washington Post, informándonos de que este poderoso lobby empresarial viene gastando tres millones de dólares a la semana en campañas diseñadas para hacer descarrilar las iniciativas del presidente.

Los jefes de la Cámara de Comercio están furiosos porque sus esfuerzos no han dado resultados, cosa que no les suele suceder. Pero no son solo los empresarios: «Para el movimiento laboral estadounidense, el primer año de la presidencia de Obama ha sido un completo desastre», afirmó un dirigente sindical también en el Washington Post. Su queja es la misma: Obama no hace lo que ellos quieren. Igual pasa con las élites de Wall Street. «Los titanes financieros de Nueva York se sienten marginados.

Obama los ha remplazado», reza otro titular. Los fondos para las campañas electorales se obtenían a través de donaciones recogidas en cenas en los fastuosos apartamentos de los magnates financieros con la presencia del presidente. Obama ya no asiste y mantiene los banqueros a distancia. «Algunos de los donantes se quejan de que Obama no solo les ha negado cargos de influencia en su Gobierno sino que además ya ni siquiera los invita a las recepciones y cenas en la Casa Blanca», explicaba el mismo artículo.

Y así sucesivamente. Los militares están molestos porque, por primera vez, sufren fuertes recortes presupuestarios; los ecologistas están furiosos porque Obama no apoya sus exigencias con respecto a leyes más restrictivas; la industria petrolera, porque les ha impuesto severas regulaciones ambientales; el lobby judío, porque Obama está presionando al Gobierno israelí para que le haga concesiones a los palestinos; las industrias farmacéutica y hospitalaria no le perdonan la reforma a la sanidad, y los bancos siguen indignados con las nuevas reglas que les ha impuesto. Y no olvidemos a los 15 millones de estadounidenses desempleados. Afortunadamente, Michelle Obama y sus dos hijas parecen seguir queriendo al presidente.

¿Qué pasó? ¿Cómo pudo Obama transformarse de un político que inspiró al mundo entero en un presidente que es rutinariamente acusado de no saber comunicarse con su país y de mantener una irritante distancia con las masas que hasta hace poco lo adoraban? Es obvio que el presidente y su equipo han cometido errores. Pero esto no es lo que más cuenta. Lo más importante es el profundo malestar económico que existe. A la gente ni le importa, ni parece recordar, que Obama heredó una catástrofe y que, mal que bien, ha evitado un colapso económico. Lo que saben es que no consiguen trabajo o que sienten que su futuro económico es amenazante. Según una encuesta de Gallup, solo el 4% de los estadounidenses incluyen las guerras o el terrorismo entre sus principales preocupaciones. En cambio, el 66% declara que la economía es su mayor preocupación. Otra encuesta (de la CBS) revela que solo 13% los estadounidenses creen que los programas económicos de Obama les han ayudado, mientras que el 63% opina que no han tenido efecto alguno, lo cual es una impresión patentemente errónea.

Estas percepciones negativas sobre Obama han sido potenciadas por campañas de sus adversarios. Obama ha tocado muchos y muy poderosos intereses. Las reformas prometidas por Obama fueron demandadas hasta que las llevó a cabo. Naturalmente, los afectados se movilizaron para impedir como fuese los cambios. Por ejemplo: hay pruebas irrefutables de que Obama nació en Hawái y es cristiano. Pero el 27% de los estadounidenses aún creen que no nació en su país, y el 18% que es musulmán. Estos porcentajes son claramente nutridos por el malestar económico y por las campañas que buscan minar el poder de Obama.

Además, están las elecciones del 2 de noviembre, donde se juega un tercio del Senado, toda la Cámara de Representantes y 28 gobernaciones estatales. Todo parece indicar que el Partido Demócrata perderá la mayoría que hasta ahora ha tenido en la Cámara baja y que retendrá un precario dominio en el Senado. Gobernar el país que heredó de George W Bush ha sido muy difícil para Obama. Gobernarlo con el legado de reacciones a los indispensables cambios que él mismo ha llevado a cabo será, paradójicamente, aun más difícil.


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