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Un craso error

Mucha gente, incluso con buena voluntad, sostiene que lo que hace falta es un proceso de diálogo bien concebido y concertado, para que del mismo salga humo blanco, es decir una transición relativamente ordenada, que permitirá al país entrar en una etapa de democracia pluralista, hacer realidad la reconciliación de los sectores políticos, e impulsar el ascenso definitivo de Venezuela por el camino de la paz y la prosperidad. Gente de excelente formación y de incuestionable espíritu de servicio, así lo considera.

De vez en cuando se organizan eventos con destacados –y no tanto, expertos internacionales que nos vienen a enseñar cómo se hace eso… Y cuando aprecio estas situaciones, no puedo dejar de preguntarme, en qué burbuja sideral vive quien piensa así, al menos con respecto a Venezuela. Porque el panorama del país tiene muy poco o nada que ver con esa visión “zanahoria” del próximo futuro. Las transiciones hacia la democracia de España o Chile, o inclusive las nuestras del siglo XX, tendrán sus lecciones y enseñanzas pertinentes, pero usarlas como analogías apropiadas para el caso venezolano actual es, para decirlo con sutileza, una locura…

Lo que se padece es algo muy diferente a los referidos ejemplos. Un país despotizado y depredado por una camarilla político-militar, imbricada en la delincuencia organizada, que está dispuesta a todo para continuar conservando los privilegios de ese poder, y que además utiliza a los más pobres como carne de cañón de su retórica incendiaria. Y nada de esto es nuevo o derivado de Maduro. No. Todo esto, con sus más y sus menos, forma parte del poder establecido en Venezuela a lo largo del siglo XXI, con el aplauso de muchos, mientras muchos también eran los recursos de la repartición burocrática.

Arturo Sosa, nuevo superior general de la Compañía de Jesús, acaba de afirmar que la situación de Venezuela es difícil de explicar para los que no viven allá. Tiene razón. Pero no es difícil de entender para los que vivimos acá. Y por eso la explicación acertada, y la estrategia acertada, deben partir del entendimiento franco y sincero de la terrible situación. Sin adornos y sin concesiones diplomáticas a las supuestas “razones de lado y lado”. No puede haber pretensión de neutralidad ante una satrapía corrupta y represiva. O mejor dicho, no debe haberla.

Y aquí llegamos a un meollo en el cual no nos podemos cansar de insistir. Venezuela no está controlada por un mero autoritarismo –de esos que la novel literatura de la ciencia política denomina “autoritarismos competitivos” o “democracias iliberales”. Es mucho peor que ello. Acá ha imperado e impera una neo-dictadura o una dictadura disfrazada de democracia. Eso sí, con el disfraz cada vez más roído, pero no totalmente desbaratado porque desde la oposición, ciertos factores todavía se empeñan en coser los remiendos.

El craso error consiste, entonces, en considerar que este tipo de régimen puede ser superado sólo por los caminos ejemplares de la corrección electoral, sobre todo cuando la propia Constitución formalmente vigente consagra diferente mecanismos de resistencia para la confrontación política y, debe reiterarse, plenamente constitucional. Los conceptos equivocados, los juicios falsos y las acciones desacertadas, pueden y deben subsanarse. Aunque sean crasos. La realidad del pueblo venezolano lo reclama en forma intensa.

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