Opinión Nacional

La superación del modelo educativo

Sociedad, Educación y Desarrollo, son tres conceptos íntimamente vinculados, con articulaciones que entroncan los unos a los otros, constituyendo el entramado sobre el cual discurren las posibilidades de vida de toda la población del planeta. Cuando abordamos esta relación como tema de este libro, lo hicimos por la convicción que tenemos, de que constituyen tres entidades integrales cuya plenitud depende en gran parte de la prosperidad de las complementarias. De hecho, no podríamos abordar con propiedad el estudio de ninguna de ellas, sin vincularlas a las otras, tal es el grado de asociación que han adquirido a lo largo del tiempo en una secuencia de eventos de conexión que han ampliado sus definiciones, extendiéndolas a campos teóricos y prácticos en los cuales constituyen sujetos de acción operativa de primer orden en la organización de La Humanidad.

La Sociedad es la realidad del colectivo humano. Esa realidad, fenomenológicamente planteada, ha sufrido cambios sustanciales en su composición, funcionamiento, posibilidades y proyección. Es el “hogar” común, aquél en donde la responsabilidad, competencia, colaboración y asistencia mutua de los “ciudadanos” determina el grado de bienestar de una comunidad determinada, en un estadio de desempeño que depende , fundamentalmente, de la administración del conocimiento en general (traducido en información, capacidad ,entrenamiento, creatividad, adaptabilidad) que orientan al conjunto a funcionar como un todo armónico, no carente de disfunciones ( delincuencia, violencia, ilícitos) que hacen impostergable su revisión como modelo.

En medio de esta discusión, aparece, no obstante, la marcada asimetría que se observa entre los llamados países ricos (desarrollados) y los denominados países pobres (subdesarrollados), en cuanto a indicadores de calidad de vida, en los cuales las sociedades llamadas desarrolladas disfrutan estándares cada vez más elevados en comparación a las subdesarrolladas. Estudios realizados por diversas corporaciones internacionales, entre ellas Naciones Unidas, han revelado que el elemento cardinal para lograr la superación del umbral de pobreza es la Educación:
En razón a estas puntualizaciones, es que se ha establecido, desde la óptica educativa, que en vez de hablar de países subdesarrollados se hable de subcapacitados. Pero, esa condición, quizás nos conduzca a emplear un término (capacidad) que tiene connotaciones en la psicología cognitiva o del aprendizaje (en contraposición al conductismo, en particular el skinneriano, que no le confiere tal importancia), relacionadas a la nutrición de la población, haciéndonos ver que el problema de la pobreza es un problema de alimentación, falta de agua, poca salubridad pública, entre muchas de las que podríamos mencionar como indicadores de calidad de vida. Y no es allí donde creemos que hay que colocar el énfasis. No es en los efectos, las “señales” del deterioro, los “marcadores” del diagnóstico. Es duro admitirlo, pero por más asistencia que se le brinde a un país depauperado en términos materiales, si su población no está preparada para revertir la ayuda en prosperidad continua (aprovechando la oportunidad del acceso a los recursos obtenidos), tales recursos, por muy voluminosos que sean, pernearán las estructuras económicas y sociales del país en cuestión y accederán, por el efecto de la “fuerza de gravedad” económica, a las economías que si están preparadas para “fijar” los recursos, “sembrándolos”. Por ello es que vemos, en primer lugar “un desplazamiento” interno de la ayuda hacia los sectores de la sociedad preparados para “recibirla” de manera individual o grupal, y luego, el traslado de esos recursos a instituciones bancarias y financieras que cuentan con los proyectos económicos aptos para la asimilación de nuevos recursos.

¿Cómo explicar el que no se cumplieran los objetivos finales del programa de la “Alianza para el Progreso” en América Latina, las iniciativas de la FAO y El Banco Mundial para los programas de desarrollo de África y si diera resultado el Plan Marshall para la reconstrucción de Europa , el plan económico para la reconstrucción japonesa y el programa de inversión tecnológica en el sureste asiático?. ¿Dónde estuvo la diferencia para que países que tenían menos de la décima parte de los recursos naturales de la América Latina, como es el caso del sureste asiático, hoy en día multipliquen por diez su PIB e ingreso per cápita? La gran diferencia estuvo en la Educación que hizo posibles tales logros. Resulta que los programas de reconstrucción de esas economías destruidas que hemos mencionado, se realizaron en función al enorme esfuerzo social volcado a su “reeducación” que supuso reconstruir la sociedad rota por los horrores de la guerra. La sociedad funcionó como una gran “organización didáctica” dentro de lo que podríamos llamar un “meta” concepto educativo. La Educación fue toda la Sociedad, toda la Sociedad se tornó en Educación. Hagamos un paréntesis reflexivo en el tiempo y observemos al “milagro alemán” por dentro. Veamos como Konrad Adenauer convocó a todas las fuerzas vivas alemanas a retomar sus vidas, no como parte de un pangermanismo trasnochado que surgió como una respuesta social “lógica” ante la más pavorosa inflación que haya sufrido población alguna en la historia del planeta ( el “terror” alemán se inoculó en Versalles ) , sino a focalizar todo su esfuerzo para reconstruir a la familia, a la escuela, a la industria, en una suerte de fortalecimiento “endógeno” que no les era extraño porque lo habían aplicado a la industria bélica en los años de entre guerras, pero que ahora tenía por objetivo ético, no las glorias del Reich Otomano o Carlomagniano, sino las terrenas y sociales del “bienestar” de la población en todos sus órdenes.

Hagamos lo propio con el Japón. La única nación del mundo que ha conocido la devastación del poder del átomo en su propio territorio, realiza el cambio más extraordinario de sociedad alguna en la historia del planeta. De ser una nación apartada de la civilización occidental, hasta mediados del siglo XIX cuando tenía una sociedad francamente feudal dominada por los shogunes, de características medievales seculares, Japón pasa a ser una de las dos potencias mundiales de la economía. Aún es más espectacular la increíble metamorfosis de su cotidianidad absolutamente occidental, visible en la arquitectura de sus metrópolis, la vestimenta de su gente, el imperio del automóvil en sus calles y el de la tecnología en la industria, la oficina y el hogar. ¿Cómo fueron posibles tantos cambios en tan corto tiempo? Mantuvieron a su emperador, los rituales de su identidad los incorporaron a las nuevas industrias, se hicieron de una tecnología de punta y la transformaron en un bien cultural de toda la población, convirtiéndola en su gran producto de exportación. Sencillamente, su educación se convirtió en un taller de tecnología, su industria en un espacio para la prueba y ensayo de nuevos mecanismos y elementos de máquinas, su vida un camino para el permanente y cambiante aprendizaje, generando una unión sincrética de saberes y tradiciones como no se había observado en otra sociedad anterior. Creemos que si en alguna parte comenzó su reinado la sociedad del conocimiento, fue allí, en la geografía nipona. Sin recursos naturales, de la tecnología japonesa surgió la riqueza de mayor valor agregado que haya visto la humanidad emerger. Todos estos cambios, fueron posibles gracias a una educación que fomentó la innovación y la creatividad como principales elementos y se abrió al estudio “in vitro” de los ingenios occidentales, de sus claves de mercado, de sus encriptadas operaciones monetarias.

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