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La Universidad en tiempos de carencias y pandemia

Mucho se ha debatido a este respecto. Concretamente, alrededor de lo que significa el problema de observar y analizar el devenir de la Universidad pública. Pero esta vez,  inmersa en los tiempos de carencias y pandemia que corren. Sobre todo aguzados por el morbo gubernamental. Precisamente, con la depravada intención  de desagarrar la fibras que soportan el andamiaje de la academia universitaria. En efecto, ha sido en parte consumada mediante tempestuosas medidas impuestas a “punta de golpe y porrazo”. 

Esto ha causado que la Universidad autónoma venezolana, esté transitando entre dos escenarios profundamente conflictivos y pesarosos. El temor a verse aún más hundida en el fango de los abusos e intimidaciones gubernamentales, y las carencias que la acosan buscando someter su institucionalidad al escarnio.

Por otro lado, sorprendió la incursión de una insidiosa epidemia. A tal grado, que debió declararse “pandemia”. Específicamente, por el nivel de contagio que el virus debutante traía consigo. La Organización Mundial de Salud, OMS, lo bautizó como Covid-19. De ahí en adelante, la situación terminó complicándose. Bien porque surgieron nuevos problemas de todo tenor. O porque se liberaron problemas que se mantuvieron acumulados hasta entonces. 

De manera que al integrar ambas crisis y enfocarlas desde la perspectiva del desarrollo económico y social nacional, lo que concierne al mundo universitario adquirió insólita relevancia. Aunque mucho antes, la Universidad autónoma nacional había entrado en una aguda crisis de su funcionalidad. Más por razones políticas, que por otra causa que no contuviera, entre sus implicaciones, la finalidad de someterlas imbuyéndolas al esquema reduccionista que vino aplicando el régimen socialista venezolano desde su inicio.

Primero comenzó con la eliminación de las Normas de Homologación, conquista lograda como resultado de crudos debates, reclamos y reproches realizados a través de marchas, paros y concentraciones llevados adelante desde la década de los setenta del siglo XX. Posteriormente, el régimen militarista y oprobioso, arreció su maltrato recortando el presupuesto de las Casas de Estudios Superiores. Sin justificación que validara dicho agravio.

En consecuencia, la Universidad vio afectada la calidad de la educación impartida toda vez que se esquilmaran estilos y modos de docencia. O sea, de metodologías de enseñanza. Todo  ello, fungió como razón contraria a lo que dispuso la Constitución de la República de 1999. Sobre todo, los artículos 102 y 103 los cuales exaltan, en primer lugar, la educación como proceso dirigido a desarrollar el potencial creativo de cada ser humano, en el contexto de un Estado preocupado por la transformación social asociada con una “visión latinoamericana y universal”.

En segundo lugar, el deber del Estado en realizar “(…) una inversión prioritaria de conformidad con las recomendaciones de la Organización de Naciones Unidas” a fin de garantizar una educación de calidad. Además el artículo 109, reconoce la autonomía universitaria como principio jurídico para que las universidades organicen y planifiquen sus programas de investigación y docencia según sus criterios académicos y administrativos.

Estos reacomodos purgados, al mejor estilo fascista, trabaron importantes programas que enfocaban la calidad académica como palanca del desarrollo regional y nacional.  El régimen no iba a tolerar que su militarismo se viera desplazado por un conocimiento crítico y constructivo que empujara a Venezuela hacia un estadio de funcionamiento democrático, basado en el rescate de la ética s pública como pivote de crecimiento y progreso.

Encima de esto, cundió la pandemia. Configuró la mejor oportunidad o excusa que sirviera al régimen para escaldar la Universidad en su fuego de odio, resquemores y resentimiento. Fue razón para contener los esfuerzos que hacía la Universidad en reconfortar su misión de formación y producción de conocimiento. Así que desde el pasado marzo, y atendiendo las intimidaciones del régimen militarista “en pos de la salud de la comunidad académica”, ordenó cerrar sus puertas. Aunque aquellos procesos de investigación de factible realización en áreas de ciencias dúctiles, en algo se mantuvieron. 

Luego de tantos meses, acuciados por el “resguardo” establecido por las condiciones sanitarias imperantes, la Universidad se ha obligado a reinventarse. A modelar un sistema de enseñanza-aprendizaje que se compadezca de la necesidad de reactivar la dinámica nacional. El mismo régimen, contrario a su ejercicio político, ha sugerido propuestas encaminadas al arranque del proceso educativo en todas las instancias de su ámbito funcional. 

Se ha debatido sobre la posibilidad de imponer la educación no-presencial como recurso. Sin embargo a juicio de estudiosos en materia pedagógica, se ha demostrado que la misma puede incurrir en problemas operacionales de implantarse sin el debido respaldo no sólo a nivel docente. Particularmente, ante la precariedad de recursos que su aplicación demanda tales como una eficaz y eficiente Internet, equipos garantes de una conveniente conectividad en estabilidad y respuesta. Estas carencias, causarían enormes conflictos y embotes de difícil solución.

La diatriba que suscita la disyuntiva entre educación a distancia y educación virtual, ha generado serias recurrencias que atascan la resolución del aludido problema. Incluso el Decreto de Emergencia, pese a que dicta la condición de “alarma”, la cual ordena a la administración pública prestar la mayor colaboración en cuanto a soportar la adquisición del equipamiento en correspondencia con los requerimientos de estas nuevas modalidades educacionales, no es garantía alguna del alcance que hace posible una educación de calidad. Menos, a nivel de exigencia universitaria.

En medio de tan maltrecho  escenario, hay que sumar aquellos problemas relacionados con las condiciones laborales que ahora padecen universitarios sometidos al empobrecimiento de su calidad de vida. Sin duda, esto revela el desastre en que está sumida la Universidad como resultado de la encorvada gestión gubernamental contra la autonomía universitaria. 

En fin, la sumatoria de tantas condiciones que van contracorriente con lo pautado constitucional e institucionalmente, en cuanto a derechos, garantías y libertades que rigen la relación Universidad-profesor-estudiante o la vinculación “comunidad de intereses espirituales-estamento del conocimiento”, puede devenir en una mayúscula fractura de fondo y forma de la concepción y praxis de Universidad autónoma venezolana.

Sin lugar a dudas, este panorama de retorcidas realidades, evidencia a plenitud la situación que vive la Universidad en tiempos de carencias y pandemia.

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