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¿Sólo quiere el Dombás?

El tema podría ser percibido como un disco rayado. Esos fabricados con grafito y en los que en tiempos de mariacastaña se grababa todo tipo de música que, con cualquier trato poco cuidadoso, se rayaban y en el surco deteriorado las melodías o las palabras no se entendía, emitiendo un desagradable ruido y voces que se repetían hasta el infinito, lo cual ocasionaba una gran molestia auditiva y, además, si estábamos bailando muy apretaditos teníamos que separarnos de la pareja que galanteábamos para adelantar el “brazo” y colocar la aguja en el surco más inmediato. Ese frecuente incidente inspiró al inolvidable maestro Billo Frómeta para escribir una guaracha con un estribillo repetido, repetido y repetido por el coro que dice: “ese disco se rayó/ ese disco se rayó/ empújale que empújale la aguja/ ese disco se rayó”.

Por supuesto que es un “disco rayado” trillar sobre el expansionismo ruso. Vocación más que centenaria, acentuada por el totalitarismo comunista empoderado a partir del golpe de Estado que los catapulto a la cima del poder, movimiento orquestado por la troica mefistofélica integrada por Vladimir Ilich Lenin, León Trotski y Iosef Stalin, ambos manipulados a placer por el genial Vladimir Ilich. Y murieron, algunos con dudosa certificación de la causa; muchos antes y después de Pedro el Grande hasta, pasando por la defenestración de Mijail Gorbachev, la ascensión de Boris Yelstin y hasta la entronización de Vladimir Putin; unos más atados que otros a la ortodoxia marxista-leninista, con mayor o menor pasión por el ejercicio del poder cruel y omnímodo, pero todos portadores de un cabalgante cosaco in pectore, siempre listo para la ocupación de territorios ajenos.

De allí que, aunque condenable hasta las últimas consecuencias, no tiene por que sorprender la invasión de territorios ubicados más allá de las fronteras naturales de Rusia. Esas acciones constituyen para el ser ruso un mandato insoslayable. Es la naturaleza del cosaco, del salvaje ser de las estepas que responde a un imperativo telúrico inmensamente superior a su voluntad, que va más allá de cualquier esfuerzo humanitario hacia sus connacionales, presuntamente maltratados y, además, porque en la expansión territorial y la consiguiente dominación de sus pobladores, fundamenta la seguridad y la vida misma del Imperio. Así ocurrió cuando liberaron parte de Europa ocupada por tropas de Hitler. Las mesnadas rusas, con sus botas y el martillo, aplastaron y con la hoz decapitaron naciones enteras.

Bien, si esa es la real conducta del cosaco ¿por qué no ha de estar presente en el accionar del ruso de nuestros tiempos, despojado del abrigo de pieles crudas y fétidas, liberado de piojos, que cambió el caballo por el automóvil, que no come carne macerada entre la montura y el lomo del caballo, sino más bien la prefiere adoba con esquicitos sabores exóticos, y que ingiere las mismas cantidad de vodka, pero refinada para paladares sofisticados?

Esa es la imagen que veo de Putin y de los putines venideros. Ante esa probabilidad, quienes ejercen los altos mandos y hacen presencia en los más elevados foros políticos internacionales, deben estar muy claros y bien pertrechados para pararle el trote a cuanto Putín asuma el poder en Rusia. No se trata de un profundo debate que defina y separe los campos culturales e ideológicos entre la civilización occidental y el mundo del nuevo zarismo, porque de eso nada. Se trata del sentir y el ser imperial anidado en el alma de cada ruso, que es menester enfrentar con decisión cautelosa; se trata de la caballería cosaca, con máscara ideológica y sables atómicos, que si no se la detiene o como dicen los españoles: si no se le paran los pies cruzará el Mediterráneo y el Atlántico.

Nada más que eso les digo y aunque canten “ese disco se rayó”, creo de mi deber recomendar que debemos estar conscientes y alerta, porque la confrontación final necesariamente llegará.

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