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El corazón compasivo de Jesús

Uno de los hechos que más me impactó cuando comencé a leer los evangelios fue aquel pasaje en el cual el apóstol Mateo nos cuenta que Jesús recorría todas las ciudades y aldeas predicando el evangelio del reino. Y donde quiera que Jesús llegaba sanaba las enfermedades y dolencias de aquellos que eran traídos a Él. Porque Jesús era movido por un profundo sentimiento que le impulsaba a hacer el bien a todos los que se acercaban a Él. “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. Mateo 9: 35-38.

Una de las imágenes más tristes y al mismo tiempo más desafiantes, encontrarse una familia sin madre, sin padre; encontrarse un grupo sin líder. Jesús los veía como ovejas sin pastor. Tenía un propósito divino que cumplir con aquellas multitudes errantes. Como solía decir mi padre, Jesús era verdaderamente Dios y también era verdaderamente hombre. Al ver las multitudes, en su humanidad, sintió impotencia al no poder ayudarles, impotencia de no tener más tiempo para sanarles, para hablarles del reino y guiarlos a Dios, el Padre. Nos dice, literalmente, la Biblia, que al ver las multitudes sintió compasión por ellas.

Sin duda un sentimiento muy profundo, bastante escaso en nuestro mundo moderno. Un sentimiento que se revela con matices de tristeza y hasta de dolor emocional, que nos permite identificarnos con el mal de nuestro prójimo; un sentimiento profundo de pena que nos mueve a actuar en favor de otros para ayudarles en su necesidad. La compasión conlleva la empatía hacia el sufrimiento de los demás, acompañada de una motivación genuina de ayudar a aliviar ese sufrimiento. Un reconocido psicólogo británico, Paul Gilbert, lleva muchos años investigando sobre este sentimiento que promueve el bienestar emocional para todo aquel que lo desarrolla como parte esencial de su proceder. De hecho ha desarrollado un tipo de terapia centrada en el sentimiento de compasión.

Aquel tiempo que nos narra Mateo era un tiempo absolutamente crítico para Jesús, en esos días le reveló a sus discípulos la inmensa compasión que sentía por aquellas multitudes que lo rodeaban cuando llegaba a cada pueblo. El tiempo de su ministerio en Galilea estaba llegando a su fin y se dirigía a Jerusalén donde lo aguardaba su propio sufrimiento. Había caminado por las polvorientas calles de Galilea con sus doce discípulos, ellos habían sido testigos activos del poder de su compasión; habían visto paralíticos levantarse y habían saltado junto con ellos de alegría, habían escuchado perplejos como mudos habían recobrado la capacidad de hablar, habían compartido el gozo de ciegos a los cuales se les había devuelto la luz, habían sentido alivio al ver a los demonios salir sin ningún poder de volver a los cuerpos que antes habían estado sometidos a su dominio y violencia.

Jesús y los doce se habían compenetrado de tal manera que ellos mismos comenzaban a sentir esa compasión; pero eran un equipo muy pequeño ante tan inmensa necesidad, razón por la cual Jesús seleccionó a 72 discípulos más, encomendándoles una misión muy especial. Pienso que tuvieron una labor parecida a la de Juan el bautista, ya que iban delante del Señor preparando el camino por los pueblos y aldeas a los que Jesús iría después de ellos. El evangelista Lucas, el médico amado, nos relata con detalles en el capítulo 10 de su evangelio todas las especificaciones de aquella comisión de los 72. 

Uno de los consejos o advertencias que siempre he considerado más importante fue aquel que muchas veces olvidamos, porque también olvidamos quien rige este mundo: “He aquí yo os envío como corderos en medio de lobos”. Ya, al enviar a los doce con la misma misión, les había dicho: “He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas”. Mateo 10:16.

Sin duda, Jesús sintió una gran compasión por la gente, pero como todos los buenos sentimientos, a diferencia de ser ingenuos son sagaces e inteligentes. Por esa razón, al enviar a sus discípulos, los preparaba expresamente para enfrentarse con lobos, porque siempre están los necesitados y los que quieren impedir la ayuda a los que están en necesidad.

Jesús amaba de tal manera a la gente que no solo estaba interesado en sanarlos de sus enfermedades sino que buscaba a aquellos que necesitaban sanidad del alma, como la mujer samaritana que encontró en el pozo recogiendo agua. A él le interesaba enderezar el camino torcido de la vida de aquella mujer: “Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá. Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido;porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta”. Juan 4: 17-19.

También el alma de aquel recolector de impuestos llamado Zaqueo fue intervenida por la mano compasiva de nuestro Señor Jesucristo. “Habiendo entrado Jesús en Jericó, iba pasando por la ciudad. Y sucedió que un varón llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos, y rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, pues era pequeño de estatura. Y corriendo delante, subió a un árbol sicómoro para verle; porque había de pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, mirando hacia arriba, le vio, y le dijo: Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que pose yo en tu casa”. Lucas 19: 1-5.

Este pasaje nos describe una de las características más resaltantes de la compasión,  el reconocimiento del otro. Jesús no atrajo a Zaqueo llamándole a través de un juicio, o con insultos, minimizando su ser. Jesús lo retó a recibirle. “Entonces él descendió aprisa, y le recibió gozoso. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo que había entrado a posar con un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado.Jesús le dijo: Hoy ha venido la salvación a esta casa; por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Lucas 19:5-10. 

Entendemos por medio de algunos estudiosos de las Sagradas escrituras que la palabra “perdido” en este pasaje, se refiere a algo de valor que se encuentra roto. Una verdad que conmueve, pues cada ser humano es de valor ante los ojos de Dios. Todos los seres humanos, antes de volver a los brazos de Dios, estamos rotos y, es solo a través de Su compasión que somos sanados; porque Jesús miraba más allá del rostro de las personas, él miraba el corazón. Dios siempre ve y escucha más allá de nuestros mecanismos de defensa, de nuestras propias justificaciones y de nuestro miedo a exponer nuestra verdad. Dios es capaz de escuchar el llanto silencioso de nuestras almas.

Hoy pienso en todos aquellos que se encuentran de una u otra forma en una posición de liderazgo. No hay una manera más contundente de impactar positivamente a la gente que a través de la compasión. De la misma manera que Dios nos muestra a través de Jesús lo valiosa que es cada vida ante sus ojos, de esa misma manera es imperativo que los líderes en todo el mundo reconozcan el valor de cada vida que destruyen con sus decisiones. 

Para los que nos imponemos el nombre de cristianos, no permitamos que nuestras acciones difieran del significado de ese bendito nombre. Levantemos oración por este mundo. Intercedamos por la humanidad, el valor más preciado para Dios; su obra maestra. 

“Porque el Hijo del Hombre, Jesucristo, vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. 

Lucas 19:5-10. 


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