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Y Chávez… en lo suyo

Los presidentes de Colombia y Venezuela vivieron la semana pasada momentos de contraste. Mientras en su viaje de cabildeo a Washington, Álvaro Uribe intentaba ganarse los favores de los demócratas para la firma del TLC, Hugo Chávez se endurecía aún más con Estados Unidos y el sistema multilateral al anunciar el retiro de Venezuela del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, además de declarar el control del Estado sobre la franja petrolífera del Orinoco donde, según cálculos preliminares, existen las mayores reservas de crudo del mundo.

Pero si el mandatario colombiano, aliado número uno del presidente Bush en América Latina, regresó con más interrogantes que certezas, el venezolano sonrió satisfecho por sus más recientes gritos de independencia: «Venezuela no es ni será jamás una colonia de nadie», dijo con vehemencia durante el acto de apropiación de las operaciones en la franja del Orinoco, en las que participan las multinacionales estadounidenses Exxon Mobil, Chevron y Conoco-Phillips; la británica British Petroleum, la noruega Statoil y la francesa Total. Y remató: «Hemos recuperado estos activos para la Nación no para fortalecer un capitalismo de Estado, sino para construir el socialismo bolivariano, el socialismo del siglo XXI».

No era la primera referencia al socialismo ni será la última. Hace unos días en la inauguración en Filas de Moriche, estado de Miranda, de la Escuela Latinoamericana de Medicina Alejandro Próspero Reverend, un centro educativo que beneficiará a cerca de 800 alumnos de escasos recursos de varios países latinoamericanos, Chávez declaró: «Esta escuela no sólo servirá para garantizar la atención en salud a las poblaciones menos favorecidas, sino que será un centro de formación para el socialismo del siglo XXI».

Cada vez que el Presidente pronuncia la frase «socialismo del siglo XXI», acuñada por él desde el mismo día en que ganó las elecciones para un segundo período en diciembre de 2006, provoca reacciones encontradas. Sus seguidores aplauden a rabiar porque creen que, por fin, el Gobierno tiene en cuenta a los que no tienen nada. Sus detractores entran en pánico porque piensan que el Gobierno les va a quitar todo. Sin embargo, ni unos ni otros saben con exactitud qué significa en realidad el socialismo del siglo XXI.

Por ahora, el Presidente lo viene vendiendo con hechos. En lo económico, con la toma de la franja del Orinoco, la nacionalización de compañías estratégicas de servicios públicos -CANTV, de telecomunicaciones, y La Electricidad de Caracas-, la expropiación de miles de hectáreas improductivas y en los últimos días con la amenaza de estatizar los bancos y el acero, lo que ha causado pánico entre los empresarios privados. En lo político, con la centralización del poder, el control directo o indirecto de los tres poderes públicos y un régimen autoritario que mantiene en jaque la libertad de prensa. Una preocupación alimentada por la inminente cancelación, el 28 de mayo, de la licencia de funcionamiento al canal RCTV, el más antiguo del país. Y en lo social, con programas de salud, educación, deporte y desarrollo comunitario, todo adobado con frecuentes referencias a Fidel Castro y al modelo cubano.

Venezuela está polarizada por la eventualidad de que Chávez, que ha propuesto un partido único y ha convertido a los militares prácticamente en un partido (repite con frecuencia que el Ejército es el pueblo y viceversa), elimine de un tajo cualquier forma de capitalismo.

Más de lo mismo

Analistas y conocedores de la realidad venezolana consultados por CAMBIO, sostienen que no hay tal. «Lo que estamos viendo no es un socialismo, sino más de lo mismo -dice el ex candidato opositor Teodoro Petkoff, director de la revista TalCual-. Esto ya lo habíamos visto antes, en las épocas fuertes de Acción Democrática, en los años 60, en los tiempos de Rómulo Betancourt y Carlos Andrés Pérez».

Algo similar piensa Luis Vicente León, director técnico de la firma encuestadora Datanálisis, quien asegura que el mejor discípulo de Betancourt habría sido Chávez, no Carlos Andrés Pérez. «Betancourt hablaba de la redistribución democrática de la riqueza y del poder, pero era mucho más socialista que Chávez, porque mientras él expropió y quitó por la derecha los bienes que consideraba debían ser del Estado, Chávez los está comprando -dice León-. Su revolución es eminentemente capitalista, pero un tanto absurda, pues de la nacionalización de la CANTV y La Electricidad de Caracas no vamos a obtener ninguna retribución económica. Es la revolución más cara de la historia».

Cara o no, a Chávez parece tenerle sin cuidado. Al fin y al cabo, plata es lo que sobra. El precio del petróleo, que ronda los 65 dólares el barril, muy por encima de los ocho que valía cuando ascendió al poder en 1998, le ha significado a Venezuela la mayor bonanza petrolera en 40 años. Una bonanza que explica que el país lleve creciendo por encima del 10% durante 14 trimestres consecutivos y que le sirve para jactarse de que Venezuela tiene 37.000 millones de dólares en reservas.

Semejante músculo le ha permitido a Chávez financiar e impulsar programas sociales bautizados con el nombre de Misiones. Basta visitar un barrio deprimido de Caracas para medir su impacto. «Yo pensé que me iba a morir con la boca podrida y ahora resulta que al lado de mi casa levantan un consultorio con una doctora muy amable que me está arreglando los dientes sin pedirme siquiera un carnet», dice una señora antes de entrar en la sala de consulta donde atiende uno de los 20.000 médicos cubanos que han llegado al país para respaldar la misión Barrio Adentro, que ha creado cerca de 2.000 consultorios de salud preventiva y odontología, y más de 1.200 centros de diagnóstico y rehabilitación asistida.

Según Ronald Suárez, médico traumatólogo, a su consulta han llegado pacientes a los que nunca antes un médico les había dado alguna esperanza de rehabilitación. «Estos centros han tenido un impacto enorme en la población», dice. Los opositores de Chávez también reconocen las bondades de los programas sociales. «La ayuda llega, y mucha, incluso mucho más en el interior de Venezuela que en la capital -asegura Petkoff-. El problema es hasta cuándo le va a alcanzar la plata al Estado para sostener ese enorme tren de gastos».

Esta es la gran pregunta, y el gran problema. El gasto social está disparado y ha alcanzado promedios de crecimiento históricos: 65% sólo en 2006. Tal cantidad de dinero, cerca de 116 billones de bolívares, ha disparado el consumo. Si por tradición a los venezolanos les encanta comprar, nunca como ahora, con el socialismo del siglo XXI, han tenido más oportunidad de hacerlo.

Según Datanálisis, el consumo creció 18% en términos reales en 2006 y la liquidez -la cantidad que la gente tiene en el bolsillo o en los bancos- ha aumentado 300% en los últimos tres años. Por ejemplo, la venta de carros creció más de 50% en relación con 2005 y marcas lujosas como Rolls Royce, que habían salido del país, volvieron gracias a las bajas tasas de interés de los créditos: por debajo del 16%. Por su parte, los bancos tienen las arcas llenas y prestan a rodos. En marzo, por ejemplo, el crédito aumentó más de 65% en relación con el mismo mes de 2005. «Nunca antes en la historia los bancos habían ganado tanto como con la revolución socialista», sostiene Petkoff.

Y aunque una opulencia como la que parece estar viviendo Venezuela debería tener a todo el mundo contento, en las calles de Caracas reina la incertidumbre. A pesar de que el comercio vive una época de oro, los propietarios de las tiendas de centros comerciales en Sabana Grande y Chacao, dicen que les va bien pero están mal. «Mis ganancias se han multiplicado pero no sé cuándo me las van a quitar», dice uno de ellos. Los clientes, por su parte, también se quejan por el encarecimiento de los productos. La inflación creció 17% el año pasado y los analistas anticipan que la situación será similar este año. El consumo exacerbado, unido al control de precios de decenas de bienes de la canasta familiar, han creado escasez de productos básicos como leche, carne, pollo, azúcar y, quién lo creyera, caraotas, el alimento típico venezolano.

Como la clase media ve el futuro incierto, prefiere gastar sus «reales» en ropa, electrodomésticos y en cambiar de carro, a guardar el dinero en los bancos. Y no es porque teman perder poder adquisitivo debido a la inflación, sino porque no descartan que un día le de a Chávez por «nacionalizar» las cuentas en aras de la revolución.

Al mismo tiempo, los caraqueños viven tiempos aciagos en materia de seguridad. Según la Alcaldía de Chacao, en el área metropolitana, entre 1998 y 2006, los homicidios aumentaron 128%, los secuestros 426%, las ejecuciones y ajusticiamientos 253% y 791% respectivamente en el área metropolitana. «Ya quisiéramos ver a Chávez en Aló Presidente, amenazando a los delincuentes con ir por ellos como lo hace con los dueños de las compañías privadas», el dijo a CAMBIO un oftalmólogo que no quiso dar su nombre.

En la otra orilla, los habitantes de los barrios de estratos bajos, como el 23 de enero y Petare, los más populosos de la capital, viven su agosto sin preocuparse por el futuro. A fin de cuentas, nunca como ahora habían sentido tanto la presencia del Estado, ni recibido tantos beneficios del petróleo.

Juego a dos bandas

Lo malo es que después de la fiesta, viene la resaca. Y cuanto más fuerte la borrachera, más duro el guayabo. El crecimiento de la economía se debe casi totalmente a los ingresos petroleros, no al crecimiento industrial, a su capacidad productiva. En dos años, las importaciones han crecido 89% -de 17.000 millones de dólares en 2004, a 35.000 millones en 2006-; la inversión anda por el piso y el número de industrias, que en 1999 llegaba a 12.000, ha caído a la mitad. «El país, que siempre había modelado su economía de acuerdo con los ingresos del petróleo, ha aumentado su monodependencia -afirma José Toro, ex directivo de PDVSA, la petrolera estatal-.

Una situación delicada por varias razones. La producción petrolera está cayendo fuertemente, porque no ha habido inversión para sostenerla y mucho menos para aumentarla. «Venezuela debería estar produciendo 5,2 millones de barriles diarios y está produciendo 2,5 millones, según la OPEP, es decir, menos de de la mitad -asegura Toro-. Mientras tanto, crece el consumo interno de petróleo y de gasolina porque el circulante ha crecido de manera monumental, y como la gasolina está fuertemente subsidiada, todo ese mercado interno representa pérdidas importantes». Y agrega que el remanente exportable es cada vez menor y que lo están sacando por trueque, por donaciones o por acuerdos preferenciales, a Cuba, Bolivia, Argentina y Centroamérica. «Vivimos en una burbuja de consumo que ha generado que Venezuela tenga el índice de inflación más alto de América Latina», remata.

Analistas consultados por CAMBIO coinciden en que el presidente Chávez parece estar más preocupado por su proyecto político personal que por los problemas económicos. «Su estilo está definido por su afán autoritario de controlarlo todo para que lo vean como el gran benefactor -sostiene León, de Datanálisis-. Por eso juega a los dos bandos: para las masas es el revolucionario, para las elites es un demócrata que no expropia sino que indemniza».

Es la otra diferencia con Betancourt y Carlos Andrés Pérez: Chávez reparte la plata pero no el poder. El Gobierno se parece cada vez menos a una democracia y el Presidente se ha convertido en un mago que sortea con solvencia los límites de la dictadura. Amparado por la Ley Habilitante -que le permite gobernar por decreto durante año y medio-, ha anunciado una reforma constitucional para implantar la reelección indefinida y la disolución de los partidos chavistas con miras a la formación de un partido único que sirva de motor a la revolución. Y si bien la prensa se queja de las presiones del ejecutivo contra los opositores, en Venezuela nadie puede decir, por ahora, que no hay libertad de expresión.

Según León «si tú le preguntas a la gente si cree que hay libertad de expresión, el 70% dice que sí, que puede decir lo que quiera». Un vecino del barrio 23 de enero lo tiene claro: «Aquí todo el mundo insulta al Presidente, incluso por televisión, y él nunca ha hecho nada en venganza». Por su parte, Petkoff señala que aunque técnicamente hay libertad de expresión y no hay nadie con un lápiz rojo vigilando lo que van a publicar, hay maneras de presionar: «Te mandan la oficina de impuestos a esculcarte por todos los lados, te multan por nimiedades».

Hasta en el tema de RCTV, un medio de oposición, Chávez ha sabido moverse con el argumento de que su obligación es darles oportunidades democráticas a los productores independientes a quienes los emporios televisivos nunca se las han dado. Sin embargo, la cancelación de la licencia tiene un claro tinte revanchista. «Han inventado cualquier cantidad de pretextos para justificar la medida -afirma Marcial Granier, presidente de RCTV-. Desde acusarnos del golpe de 2002, sin que exista juicio, hasta de terroristas. Si uno revisa las declaraciones de Chávez se da cuenta de que le molesta nuestra línea editorial».

El Presidente gobierna para los desposeídos pero sin descuidar a los ricos. Les muestra el garrote a los dueños de los grandes emporios pero no los expropia y muchos están haciendo plata por cuenta del control de cambios. Y le da zanahoria al pueblo y se presenta como su gran redentor, como el heredero de Bolívar que los libera de las garras del capitalismo y del imperialismo. «Es su modo esquizofrénico del poder -asegura León-. Asusta a los empresarios para negociar con ellos y luego se brinda al pueblo como proveedor de bienestar».

La pregunta es hasta cuándo va a aguantar este peculiar modelo tropical. Chávez no parece haber calculado el precio que terminarán pagando los venezolanos si el país pierde su capacidad industrial, si no tiene un proyecto productivo y desarrolla un modelo que no dependa en forma exclusiva del petróleo. «Las dádivas de Chávez a los sectores desfavorecidos estarían muy bien si hubiera un proyecto productivo, pero no hay nada -dice Toro-. Dice que ha bajado la inflación pero cambió el modo de medirla; considera que todos los que reciben algún beneficio de las Misiones, así no trabajen, no están desempleados». Como Toro, muchos están convencidos de que llegará un momento en que no habrá cobija para tanta gente, y si la inflación sigue aumentando, los sectores hoy beneficiados serán los más afectados. «El Gobierno perderá margen de maniobra y ya no podrá resolver los problemas con más dádivas -agrega el ex funcionario de PDVSA-. Mientras más dé, más se agravará la inflación».

Un ejemplo de esto es que el aumento del 20% en el salario mínimo que Chávez anunció el 1º de mayo, que lo sitúa en 286 dólares y lo convierte en el más alto de Latinoamérica, no fue bien recibido por los sindicatos, que protestaron porque no les alcanza. Y eso que ha aumentado 142% desde 1998. Los venezolanos no creen en las cifras. Manuel Cova, Secretario General de la Confederación de Trabajadores de Venezuela, CTV, dijo que lo justo era haber aumentado el 30% para compensar la inflación que, según el Gobierno, es del 17%, pero en realidad ha sido de más del 26%, aseguró Cova .

Así las cosas, los analistas coinciden en que la economía crece pero está lejos de estar bien. Como asegura Petkoff: «Bastaría con que bajaran los precios del petróleo para irnos al carajo».

Y COLOMBIA, ¿QUÉ?

En río revuelto, ganancia de pescadores, dice el refrán. Y eso es lo que ha hecho Colombia en medio de la bonanza económica venezolana. Por un lado, almacenes colombianos que han abierto sucursal en Caracas, como Armi y Mario Hernández, han incrementado sus ingresos en tal forma, que las ventas del primero en Venezuela, por ejemplo, duplican las de Colombia. Por el otro, las exportaciones al país vecino crecieron 288% en tres años, al pasar de 696 millones de dólares en 2003 a 2.700 millones en 2006, e incluyen automóviles, confecciones y alimentos, para solo mencionar algunos renglones. En el saldo, la balanza comercial favorece a Colombia con 1.263 millones de dólares en 2006, el doble que en 2004.

La inflación y la escasez han favorecido a los productores colombianos, como es el caso de los ganaderos, pues mientras el aumento del precio de carne nacional fue del 5% en 2006, en Venezuela el índice del precio de ese mismo producto creció en 44%, de acuerdo con la Cámara de Comercio Colombo-Venezolana. Quizás por ello y a pesar de las obvias diferencias ideológicas entre Álvaro Uribe y Hugo Chávez, Bogotá prefiere las relaciones cordiales y el manejo diplomático a la tensión con un vecino complejo pero que tiene dinero para gastar.

LOS BEMOLES DE CHÁVEZ

Según la más reciente encuesta de Datanálisis, después del sacudón que significó el golpe de 2002, Chávez ha mantenido la popularidad en niveles más que aceptables. Sin embargo, dos temas podrían cambiar la balanza en el mediano plazo. El primero es la inseguridad. Sólo el año pasado, hubo en Venezuela 12.257 homicidios, 2.295 más que en 2005. Y en lo que va corrido de 2007, el número ya va en 3.066. En cuanto al secuestro, el año pasado la cifra ascendió a 232, mientras que este año va en 64. El segundo tema es el desempleo. Aunque el Gobierno intenta disfrazar las cifras, la verdad es que la falta de ocupación y el subempleo han aumentado a niveles preocupantes. Según Manuel Cova, de la CTV, hay un millón de venezolanos sin empleo y seis más en el sector informal. Dos circunstancias que constituyen una bomba social de consecuencias imprevisibles.

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