Economía

Diplomacia petrolera

Dicho viaje responde a las mejores tradiciones de la política exterior venezolana de las últimas décadas. De un lado, nuestra condición de fiel de la balanza al interior de la OPEP. Del otro, el pluralismo como base de relacionamiento internacional. Durante muchos años y en particular en la década de los setenta, Venezuela jugó el papel de moderador por excelencia al interior de la OPEP. Su condición de nación ajena a la región del Medio Oriente le permitía sustraerse de los problemas existentes en esa zona, desarrollando una capacidad mediadora de primer nivel. Más aún, la posición venezolana se encontraba usualmente equidistante entre las posturas demasiado concesionales al mundo desarrollado propias de las monarquías conservadoras de la región y las posturas confrontacionales de los regímenes radicales. Los estudiosos de la OPEP y de la política exterior venezolana se referían siempre con respeto al papel jugado por Venezuela dentro de este ámbito.

Por otro lado, este viaje se inserta dentro de una tradición de pluralismo que ha caracterizado a la política exterior venezolana a partir del abandono de la doctrina Betancourt en 1968. Dicho pluralismo fue el resultado natural de haber tenido que convivir durante largos años en medio de autoritarismos de derecha e izquierda en América Latina. Más aún fue expresión, como señalábamos antes, de haber tenido que lidiar con países de signo muy disímil al interior de la OPEP. En definitiva, en los dos marcos fundamentales de nuestra acción internacional, América Latina y la OPEP, el reconocimiento a la diversidad se transformó en una necesidad existencial.

Si algo evidencia el viaje del presidente Chávez a los países miembros de la OPEP, es el contraste entre una Venezuela que sigue siendo fiel a sí misma en materia de diplomacia petrolera y política exterior y un entorno internacional mucho menos tolerante. En efecto, la tradición pluralista venezolana no ha cambiado, lo que ha cambiado es la manera en que ésta es percibida desde ciertos centros de poder mundial. En el pasado la mejor fórmula para acceder a la credibilidad interncional que tenían los países débiles se asentaba en la moderación. En la medida en que se estuviera en capacidad de convivir pacíficamente dentro del propio entorno y se evidenciara actitud para la conciliación, se podía acceder al respeto y al reconocimiento internacionales. Lamentablemente, dentro del orden mundial homogeneizado de nuestros días las cosas son distintas y la credibilidad se mide con base en la sujeción a la cartilla de moda. En medio de un libreto rígido y asfixiante en el que todos tienen que actuar y pensar de la misma manera, no hay ya espacio para el pluralismo.

Venezuela está jugando un papel de la mayor importancia a través de su diplomacia petrolera. La misma busca racionalizar los precios en beneficio de productores y consumidores, propiciando niveles predecibles que permitan la acción planificada y que eviten oscilaciones que a nadie convienen. Más aún, si a alguien beneficia esta labor es a los propios Estados Unidos. Dada su condición dual de productor y consumidor, el país del Norte requiere de un equilibrio entre unos y otros. A precios bajos se afecta la economía de aquellos estados de la Unión dependientes del petróleo, así como los intereses de gran cantidad de productores marginales e independientes. A precios altos se afecta no sólo a sectores puntuales de la economía norteamericana, sino también al consumidor en general, impactando los niveles de inflación en ese país. Venezuela se ha transformado en factor fundamental dentro de la OPEP para el establecimiento de una política de bandas de precios que se sitúan entre los 22 y los 28 dólares. Aunque las creencias estadounidenses en materia antitrust, la verdadera religión laica de ese país, le impiden reconocer explícitamente el papel jugado por Venezuela al interior de la OPEP, lo único cierto es que Venezuela está actuando en beneficio de sus intereses.

El gobierno del presidente Chávez mantiene buenas relaciones con Israel y con los países árabes, con las monarquías árabes prooccidentales y con los regímenes radicales de esa región, con Estados Unidos y con China, con Brasil y con Cuba. Más pronto que tarde el asfixiante orden internacional ‘homogeneizado’ tendrá que ir abriendo compuertas a la diversidad. Cuando ello ocurra países pluralistas y abiertos como Venezuela tendrán un papel muy importante que jugar.

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