Economía

El penúltimo cartucho

Posiblemente luego de la pólvora mediática, en el intento de inflamar el imaginario colectivo, pero antes de la pólvora asimétrica, la que paradójicamente está hecha de pellejo humano constante y sonante, el régimen probará con la dineraria. Independientemente de la incansable retórica empleada, cuya oquedad es la que facilita la supuesta elasticidad política de sus portavoces, no es dado descartar el escenario de una repentina y continua bonificación de aquellos sectores, grupos y personas, que forman parte de las incontables listas de veto y persecución de los adversarios.

Pragmáticamente, puede el Presidente Chávez, inmediatamente después del triunfo plebiscitario, en una estrategia de imposición de su reforma constitucional y de complacencia con los bloques sociales defenestrados de ésta, la otra versión de la Venezuela Saudita, abrir las arcas pública y bajo cualquier pretexto, como un programa especial de seguridad social para las disminuidas clases medias o masivo de becas para el exterior, de adquisición de viviendas o automóviles, o de cualesquiera otros artefactos, iniciativas y mecanismos, reivindicarlas en el papel (preferiblemente, moneda). La cancelación de las prestaciones sociales o la sencilla devolución de los empleos de la industria petrolera para los gruesos contingentes que un buen día levantaron su dignidad para protestar y pararse, muy bien pueden convertirse en objeto del laboratorio oficialista que –consabido- carece de escrúpulos para ciertos experimentos sociales y políticos, prontamente calificados de revolucionarios.

Sobre la mesocracia venezolana, aquejada de algo que los expertos llaman «incongruencia de estatus», pudiera estar presto el penúltimo cartucho de los que se ha servido el socialismo campamental: la chequera pródiga, conquistada en los generosos mercados internacionales del crudo. Además de frenar las invasiones rurales y –sensiblemente- las urbanas, el régimen contaría con una ventaja envidiable para cualquier experiencia (neo) autoritaria: la oposición de carácter social no ha concluido su conversión en una oposición política con todo lo que requiere de un mensaje coherente y de profundo aliento histórico, de organizaciones diversas pero obstinadamente eficaces, así como de adherentes y –parecía inevitable- militantes capaces de moldear las circunstancias enteramente políticas, antes que electorales, por sus certezas, vivencias, probidades y –en definitiva- testimonios.

Nuevamente, atravesamos el festín petrolero que creímos definitivamente desterrado del horizonte. La pólvora dineraria constituye quizá el penúltimo eslabón del clan gobernante que está empeñado en hacerse de una centuria de experimentación «ideológica», mientras que pueda. Mas sus reflexiones y propuestas no están impresos en llamativos volúmenes prestos para el debate, sino en las atractivas chequeras que pueden hacerse moneda y amor de curso legal mientras haya flaquezas éticas, debilidades ideológicas, anemias políticas, pendencias electorales.

Ha aumentado el circulante para disfrute de los empleados y contratistas públicos, hartos en las pistas del consumo que las relativamente escasas importaciones y el terco proteccionismo zanjan en medio del país desértico, cada vez más pobre y miserable. Retrocedemos cincuenta o sesenta largos años en términos de calidad de vida, aunque el Instituto Nacional de Estadísticas bien merece un premio por el diseño del autódromo de nuestras vanas ilusiones.

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