Economía

Incentivos perversos

Santiago de Chile (AIPE)- Los socialistas nunca han creído en los incentivos porque su doctrina no consiste en estimular, sino en imponer. Pero en democracia la gente no tiene por qué hacer lo que los socialistas procuran mandar, sino que puede actuar libremente. Por eso el socialismo no funciona en democracia y fracasa una y otra vez, incluso aunque se disfrace de «tercera vía» o adopte etiquetas similares. En la sociedad libre, que es lo contrario de la sociedad socialista, la gente actúa según su leal saber y entender. Por eso es tan importante respetar los incentivos que induzcan creatividad, el trabajo, el progreso y el crecimiento.

¿Cuáles son los principales problemas en el Chile de hoy? El diario El Mercurio y Canal 13, a través de una firma especializada, se lo preguntaron a la gente de Santiago, que dictaminó: la delincuencia y el desempleo. El porcentaje de preocupación por ambos temas (85 y 83 por ciento) más que dobló a la reforma de la salud y el mejoramiento de la educación (37 y 28 por ciento). La supresión de los senadores designados marcó uno por ciento y la del sistema electoral binominal, otro tema recurrente del gobierno, cero.

¿Hacia dónde se han dirigido los incentivos creados por el gobierno de la Concertación? En cuanto a delincuencia, precisamente en el sentido inverso a combatirla. Podrá argumentarse que se han destinado más recursos a las policías, pero ello se materializa en gastos como, por ejemplo, la construcción de un edificio espectacular para la Escuela de Investigaciones. Sin embargo, cuando la gente de Alto Hospicio acudió a la policía civil para que investigara sucesivos crímenes, fue desatendida. Lo mismo ocurrió con recientes denuncias sobre pedofilia. Hace poco oí referir al senador Espina que en la IX Región hay enclaves designados como «Territorio Mapuche», resguardados por encapuchados con armas de fuego, que controlan el paso. Los Carabineros no se arriesgan a intervenir en esa situación. Sus miembros saben, primero, que pueden ser blanco de disparos y, segundo, que si una bala suya de respuesta hiriera o diera muerte a un encapuchado, el responsable debería abandonar las filas y, posiblemente, sufrir condena, en medio de las protestas internas y externas.

Y el gobierno premia con tierras a usurpadores violentos de las mismas. En general, la legislación penal concertacionista ha fortalecido los derechos y garantías de quienes infringen la ley. ¿Quién puede extrañarse, en consecuencia, del auge de la delincuencia?

En cuanto al otro gran problema de la gente, el desempleo, ¿cuántas veces no se ha venido advirtiendo a la Concertación que crear incentivos adversos a la contratación de personas iba a incidir en mayor desempleo? Las reformas laborales destructoras de ocupaciones empezaron hace 12 años. Inicialmente hubo otros factores favorables, principalmente externos, como la llegada de ingentes capitales y créditos del exterior, que disimularon el problema. Pero cuando esos factores dejaron de incidir, el desempleo se manifestó en plenitud. En Chile, hoy, el número de personas que trabajan no aumenta desde 1998. A partir de ese año se ha alzado por ley en 58 por ciento el salario mínimo obligatorio, lo que destruye empleos para los más pobres. No es de extrañar que la indigencia haya aumentado entre entonces y 2000, de acuerdo con la encuesta Casen. Todos los incentivos están dirigidos a disminuir la contratación de personas. Y vienen más, pues los efectos de normas que encarecen la ocupación de temporeros en el campo aún no se manifiestan en plenitud y tampoco ha entrado en vigor la disminución de la jornada de trabajo, que también encarece el empleo.

Los economistas hablan de «incentivos perversos», cuando éstos operan en el sentido opuesto al fin que se desea conseguir. La Concertación los ha convertido en paradigma de su acción. Y, lógico, de ellos emanan los principales problemas de la gente en Chile. ©

* Analista político chileno.

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