Economía

No aprendemos de nuestros errores

Ciudad de Guatemala (AIPE)- ¿Ya le dijeron que todo lo malo que ocurre se debe al fracaso del neoliberalismo? Una de las razones por la cual será difícil sacar adelante a los países pobres es porque aún no se atina en el diagnóstico de nuestros problemas. El siglo pasado fue el siglo del colectivismo: se colectivizó la electricidad, los teléfonos, la educación, miles de bancos, etc. y se generalizaron las tasas impositivas progresivas con objeto de redistribuir riqueza. Proliferaron los monopolios estatales que prohibían a las personas prestarse servicios útiles en competencia con el gobierno. Como política económica se adoptó la planificación, la sustitución de importaciones y la prohibición a los ciudadanos de usar monedas extranjeras para que no pudieran defenderse de las inflaciones que causaban los bancos centrales. Echaban la culpa de las fallas de las economías al imperialismo o teorías tontas como el deterioro de los términos de intercambio o la poca libertad ciudadana que permitían. Para colmo aún no se identifica el sistema que ha imperado propiamente hablando: el mercantilismo clientelista de grupos de interés.

A diario leemos reportajes echándole la culpa del fracaso argentino a las poquísimas cosas que habían liberado: teléfonos, electricidad y estabilidad monetaria. Estas áreas eran ya un desastre insoportable en toda América Latina. Los apagones eran diarios, las fábricas tenían que generar su electricidad con plantitas antieconómicas. No se conseguían teléfonos y la inestabilidad monetaria destruía ahorros y patrimonios. ¿Ya se nos olvidó todo eso? Debemos contárselo a la juventud para que no repita los mismos desastres.

¿Cómo estaría Argentina o México sin esa mínima dosis de liberalismo a pesar que lo hicieron bastante mal? ¿Cómo estaría Guatemala cuyo gobierno ya no tenía capacidad de generar electricidad ni acceso a crédito para instalarla? ¿Acaso hoy hay que pagar mordidas para tener teléfono? ¿Acaso el campesino osaba soñar tener un teléfono en el bolsillo para hablar con sus proveedores y clientes, amén de familiares y amigos? ¿Cómo estaríamos si no se hubiesen eliminado las prohibiciones a brindarnos esos servicios? Privatizar quiere decir, sobre todo, eliminar la prohibición de prestar servicios. Eso es liberalismo: liberar a la gente. ¿Será tan malo y desastroso como lo pintan? Lo decepcionante es la tranquilidad con que muchos se oponen a liberar a la gente, sin darse cuenta de lo que hacen, pues liberalismo consiste en hacer prevalecer reglas generales de conducta y respeto a los derechos inherentes a los seres humanos.

El mismo problema de equivocado diagnóstico se da ahora en el Japón. Su economía va mal debido al natural resultado de todos los controles y planificación de la vida del japonés. Se llegó a establecer una estructura productiva y comercial rígida que no permite la adaptación continua y dispersa que a diario ocurre en una economía liberal (de mercado) en la que las leyes no dictan el quehacer diario a las personas sino los gobiernos se ocupan de hacer observar normas de conducta respetuosas de los derechos de todos. El primer Ministro Koizumi asciende al poder con la esperanza de liberar la estructura económica, pero el diagnóstico equivocado no lo permite y grupos de interés impiden el cambio. El gobernador del Banco Central, Masaru Hayami, comentó que no importa cuanta agua se le eche a una planta seca, simplemente no crecerá, y que no se podrá reactivar la economía hasta reestructurar su estructura productiva.

Echarle la culpa a unas gotas de liberalismo en un mar de mercantilismo es parte del problema.

* Ingeniero y empresario guatemalteco, fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin. ©

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