Economía

Parte 1: Estamos obligados a recomenzar desde allí

Aunque pocos hablan de ello (excepto un muy respetado banquero), Venezuela avanza centímetro a centímetro hacia un colapso político-económico de gran magnitud. Algo similar a lo que le sucedió a la Argentina hace muy poco—aunque los petrodólares sin duda marcarán una diferencia—y por ello, es indispensable que los venezolanos nos preparemos desde ya para este inevitable suceso—sobre el cual, los mal llamados “líderes” políticos ni siquiera hablan.

A medida que lean el fundamental texto inserto abajo, mantengan en mente el comportamiento que han observado los militares cristianos de Venezuela, a partir del 2 de febrero de 1999; y la actitud asumida por los “líderes políticos” cristianos y “social-demócratas”, ante el anuncio de Francisco Carrasquero en la madrugada del 16 de agosto de 2004, sobre los “resultados del escrutinio” del Referéndum Revocatorio Presidencial, para que tengan una idea de la tarea que nos corresponderá llevar a cabo a los venezolanos del Siglo 21, para refundar a nuestro destruido país.

Casi todos los venezolanos han oído hablar del filósofo suizo Jean Jacques Rousseau, pero dudo que existan muchos que recuerden esto—o que siquiera sepan sobre esto—ya que muy probablemente siempre ha estado censurado por la iglesia en todas las aulas de clase de bachillerato de nuestro país.

Escribió Rousseau en 1762, en su Contrato Social:

La Religión Civil

En el principio los hombres no tenían reyes sino dioses, y su único gobierno era teocrático. Ellos razonaban como Calígula, y bajo sus circunstancias, ellos razonaban correctamente. Una prolongada modificación de sentimientos e ideas era necesaria antes de que el hombre pudiera llegar a aceptar a uno de su misma especie como amo, y a persuadirse a si mismo de que al hacer eso él había hecho lo correcto.

Desde el simple hecho de que un dios era colocado a la cabeza de toda sociedad política, sigue que existían tantos dioses como pueblos. Dos pueblos extraños el uno al otro y casi siempre enemigos, no podían reconocer a un mismo amo: dos ejércitos entrando en batalla no podían obedecer al mismo comandante. En consecuencia, las divisiones produjeron el politeísmo, y éste en turno produjo la intolerancia religiosa y civil, que son naturalmente la misma, como explicaré más adelante.

La elegante idea de los griegos de que ellos habían descubierto que sus dioses eran adorados por los pueblos bárbaros se originó del hábito griego de considerarse a si mismos como los soberanos naturales de esos mismos pueblos. Pero en nuestro propio tiempo, es una risible parodia de aprendizaje que estudia la identidad de los dioses de diferentes naciones, como si Moloc, Saturno y Cronos pudiesen ser el mismo dios; como si el Baal de los fenicios, el Zeus de los griegos y el Júpiter de los romanos pudiesen ser idénticos; ¡ como si pudiese existir cualquier cosa en común entre seres quiméricos con nombres diferentes ¡.

Pero si se preguntase porqué bajo el paganismo; cuando cada estado tenía su propio culto religioso y sus propios dioses, no había guerras religiosas, yo respondería que era debido al mero hecho de que como cada estado tenía su propia fe así como su propio gobierno, estos no distinguían entre sus dioses y sus leyes. La guerra política era lo mismo que la guerra religiosa; las provincias de los dioses estaban determinadas, por así decirlo, por las fronteras de las naciones. El dios de un pueblo no tenía derechos sobre otros pueblos. Los dioses de los paganos en ningún sentido eran dioses celosos; ellos se dividían entre ellos el imperio del mundo. Hasta Moisés y el pueblo hebreo algunas veces estimulaban esta idea hablando del dios de Israel. Es cierto que ellos no reconocían a los dioses de los Cananeos, un pueblo proscrito que estaba condenado a su destrucción, y cuyo país ellos ocuparían, pero consideren como hablaban ellos de las divinidades de los pueblos vecinos, a quienes ellos tenían prohibido atacar: “¿No es la posesión de aquello que pertenece a Camos, vuestro dios, legalmente vuestro derecho?, dijo Jephthah a los Amonitas. “Por el mismo título nosotros poseemos las tierras que nuestro dios conquistador ha tomado”.

Pero cuando los judíos, sujetos a los reyes de Babilonia, y después a los reyes de Siria, tozudamente buscaban no reconocer a ningún otro dios sino el suyo propio, su renuencia fue considerada como una rebelión en contra de sus conquistadores, y esto le trajo a los judíos esas persecuciones sobre las cuales leemos en su historia, y de las cuales no hallamos otros ejemplos antes de la llegada del cristianismo.

Debido a que cada religión estaba en consecuencia unida exclusivamente a las leyes del estado que las había prescrito, y debido a que no existían medios de convertir a los pueblos excepto subyugándolos, los únicos misioneros que existían eran los conquistadores; y debido a que el cambio de fe era parte de la ley de conquista, era necesario conquistar primero antes de predicar la conversión.

Lejos estaban los hombres de pelear por un dios; era, como en Homero, los dioses quienes peleaban por los hombres. Cada pueblo le pedía a su dios la victoria, y pagaban por ello con nuevos altares. Los romanos, antes de tomar un pueblo, le exigían a los dioses de éste que lo abandonasen. Cuando ellos le permitieron a los tarentinos mantener a sus furiosos dioses, fue en la creencia de que esos dioses estaban sujetos a los dioses romanos y obligados a serles leales. Ellos dejaron que los conquistados mantuviesen sus propios dioses en la misma forma en que los dejaron mantener sus propias leyes. Una corona dedicada a Júpiter en el Capitolio era a menudo el único tributo que ellos cobraban.

Al final, cuando los romanos habían diseminado su fe y sus dioses por todo su imperio, y, a menudo adoptado ellos mismos los dioses de los conquistados, y otorgado a todos el derecho de ciudadanía, los pueblos de este vasto imperio se encontraron gradualmente a si mismos con una multitud de dioses y creencias, que eran las mismas casi en cualquier parte; y fue así como el paganismo se hizo una sola religión a través del mundo conocido.

Fue en estas circunstancias que llegó Jesús a establecer en la tierra un reino espiritual. Este reino, al separar el sistema teológico del político, significaba que el estado dejaba de ser una unidad, y provocó esas divisiones intestinas que nunca han dejado de perturbar a los pueblos cristianos.

Ahora, a medida que esta nueva idea de un reino de otro mundo nunca podría haber penetrado la mente de los paganos, ellos siempre consideraron a los cristianos como verdaderos rebeldes quienes, bajo una capa de sumisión hipócrita, sólo esperaban el momento para hacerse a ellos mismos independientes y supremos, y pícaramente usurpar la autoridad a la cual ellos fingían respetar mientras fuesen débiles. Esa fue la causa de las persecuciones.

Lo que los paganos temían, de hecho sucedió. Entonces todo alteró su compostura: los humildes cristianos cambiaron el tono y pronto el llamado reino de otro mundo se convirtió; bajo un gobernante visible, en el más violento despotismo de este mundo.

Sin embargo, debido a que los príncipes y las leyes civiles continuaron existiendo, la consecuencia de este poder dual ha sido un interminable conflicto jurisdiccional, que ha hecho imposible en cualquier tipo de estado cristiano, la existencia de una buena sociedad organizada (polito); donde los hombres nunca han sabido si ellos deben obedecer al gobernante civil o al sacerdote.

Muchos pueblos, aún en Europa o cerca, han tratado de preservar o reestablecer el antiguo sistema, pero sin éxito: el espíritu del cristianismo ha ganado completamente. El culto religioso siempre ha mantenido, o recuperado, su independencia del soberano, y ha carecido de la necesaria conexión con el estado.

Mojámed (incorrectamente llamado en español “Maoma”), tenía una muy sólida opinión, cuidándose de otorgar unidad a su sistema político, y mientras la forma de su gobierno perdurase bajo los Califas que le sucedieron, el gobierno era indivisible y, en ese contexto, bueno.

Pero los árabes, al convertirse en prósperos, cultos, educados, afeminados y suaves, fueron subyugados por los bárbaros; entonces la división entre los dos poderes comenzó nuevamente, y aunque la división es menos aparente entre los musulmanes que entre los cristianos, de todas formas existe, sobre todo en la secta de Alí (los musulmanes shiítas) en estados como Persia (Irán) donde nunca ha dejado de hacerse sentir.

Entre nosotros, los Reyes de Inglaterra se han establecido a si mismos como cabezas de la iglesia y los Zares han hecho lo mismo. Pero con ese título ellos se han hecho a si mismos no sacerdotes sino amos, y han adquirido no el poder de cambiar sino el poder de preservar a la iglesia. Ellos no son legisladores sino príncipes. Dondequiera que el clérigo constituye un cuerpo, éste es el amo y legislador en su propia casa. En consecuencia, existen dos poderes, dos soberanos, en Inglaterra y en Rusia, de la misma forma que en cualquier otra parte.

De todos los autores cristianos, el filósofo Hobbes es el único que vio claramente ambos—al demonio y al remedio—y quien se atrevió a proponer reunir las dos cabezas del águila y restaurar totalmente la unidad política sin la cual ni el estado ni el gobierno nunca estarán bien constituidos.

Pero él debería haber visto que el dominante espíritu del cristianismo era incompatible con su sistema, y que el interés del príncipe siempre será más fuerte que el del estado. No son tanto las horribles y falsas partes del sistema de Hobbes las que lo han hecho odioso, sino las partes que son justas y verdaderas.

Yo creo que si los hechos históricos fuesen analizados desde este punto de vista, nosotros podríamos fácilmente refutar las creencias opuestas de ambos—Bayle y Warburton—el uno manteniendo que ninguna religión es útil para el cuerpo político, el otro que el cristianismo es su mejor soporte. Nosotros podríamos refutar al primero demostrando que ningún estado ha sido fundado nunca sin una religión a su base; y nosotros podríamos refutar al segundo demostrando que la ley cristiana es en el fondo más injuriosa que servicial para una robusta constitución del estado. Para que esto sea claramente entendido, pienso que sólo debo darle un poquito más de precisión a la extremadamente vaga idea de lo que es la religión, ya que pesa sobre mi asunto.

La religión, considerada en conexión con las sociedades, ya sea en forma general o particular, puede ser dividida en dos categorías. La religión del hombre y la religión del ciudadano.

La primera, sin templos, altares o rituales, y limitada a la devoción interior al Dios supremo y a las eternas obligaciones de moralidad; es la pura y simple religión del Evangelio, el verdadero teísmo, y podría ser llamada la divina ley natural.

La religión del ciudadano es la religión establecida en un solo país; ésta le da a ese país sus dioses y sus especiales deidades tutelares; tiene sus dogmas, sus rituales, sus formas externas de adoración establecidas por ley ; y para la nación que practica esta religión; todo lo que esté fuera de ella es infiel, ajeno, bárbaro, y extiende los derechos y deberes del hombre solo hasta donde ésta extienda sus altares. Tal fue la religión de todos los primeros pueblos, y nosotros podemos darle el nombre de ley civil o ley divina positiva.

Existe un tercer y más curioso tipo de religión, el cual al darle a los hombres dos órdenes legislativos, dos gobernantes, dos patrias, los coloca a ellos bajo dos obligaciones contradictorias, y evita que ellos puedan ser al mismo tiempo hombres de iglesia y ciudadanos. Tal es la religión de los Lamas; esa es la de los japoneses, y esa es el Cristianismo Católico.

Uno puede llamar a ésta, la religión del sacerdote. Ella produce un tipo mezclado y antisocial de sistema de leyes que no tiene nombre.

Desde el punto de vista político, cada uno de estos tres tipos de religión tiene sus defectos. El tercer tipo es tan manifiestamente malo que el placer de demostrar lo que tiene de malo sería una pérdida de tiempo. Cualquier cosa que destruya la unidad social no vale nada; y todas las instituciones que colocan al hombre en contra de si mismo no valen nada.

El segundo tipo de religión es bueno en que une a la adoración divina al amor por la ley, y en que al convertir a la patria en el objeto de adoración de los ciudadanos, les enseña que el servicio al estado es servicio al dios tutelar. Este es un tipo de teocracia, en la cual no puede existir ningún pontífice por encima del príncipe, y ningún sacerdote excepto los magistrados. Entonces, morir por el país es convertirse en mártir, quebrantar la ley es ser impío, y someter a un hombre culpable a la execración pública es entregarlo a la ira de Dios: sacer esto [Latín: en el sentido desfavorable].

Pero este tipo de religión también es malo, porque está basado en errores y mentiras, éste engaña a los hombres, y los convierte en crédulos y supersticiosos; entierra a la verdadera adoración a Dios en ceremoniales vacíos. Es malo; de nuevo, cuando se convierte en exclusivo y tiránico, y convierte al pueblo en sediento de sangre e intolerante, de tal forma que los hombres respiran sólo asesinato y masacre, y creen que están llevado a cabo una obligación sagrada en matar a aquellos que no aceptan a sus dioses. Esto coloca a las personas involucradas en un estado natural de guerra con todos los demás, y es algo destructivo de su propia seguridad.

Queda la religión humanitaria, o cristianismo. No el cristianismo de hoy, sino el de los Evangelios, que es totalmente diferente. Bajo esta sagrada, sublime y verdadera religión, los hombres, como hijos del mismo Dios, miran a todos los otros como hermanos, y la sociedad que los une a ellos no se disuelve ni siquiera con la muerte.

Pero esta religión, al no tener una conexión específica con el cuerpo político, deja a la ley, sólo con la fuerza que la ley misma posee, sin añadirle nada; y en consecuencia, uno de los principales vínculos necesarios para mantener unida a cualquier sociedad en particular, está ausente. Tampoco es esto todo: porque lejos de atar el corazón de los ciudadanos al estado, esta religión los separa de éste al igual que de cualquier otra cosa de este mundo; y yo no conozco nada más contrario al espíritu social.

Se dice que un pueblo de verdaderos cristianos sería la forma más perfecta de sociedad imaginable. Yo veo un gran defecto en esta hipótesis: específicamente que una sociedad de verdaderos cristianos no sería una sociedad de hombres.

Yo hasta diría que esta sociedad imaginaria con toda su perfección, no sería ni la más fuerte ni la más durable. Al ser perfecta, no tendría vínculos de unión, su ruinoso defecto yacería en su mera perfección.

Cada quién cumpliría sus obligaciones, la gente obedecería la ley, los gobernantes serían justos y moderados, los magistrados serían honestos e incorruptibles, los soldados odiarían a la muerte; no existiría ni la vanidad ni el lujo, y todo eso está muy bien, pero miremos más allá.

El cristianismo es una religión totalmente espiritual, preocupada solamente por las cosas del cielo; la patria de los cristianos no es de este mundo. El cristiano cumple con sus obligaciones; eso es cierto, pero lo hace con profunda indiferencia hacia el buen o pobre éxito de sus acciones. Debido a que él no tiene nada que reprocharse a si mismo, a él no le importa si todo va bien o mal aquí en la tierra. Si el estado prospera, él difícilmente se atreve a disfrutar de la felicidad pública; él teme por lo menos, sentirse orgulloso de la gloria de su país; si el estado perece, él bendice la mano de Dios que cae pesadamente sobre Su pueblo.

Para que una sociedad como esa sea pacífica y para que prevalezca la armonía, cada ciudadano sin excepción tendría que ser un buen cristiano. Si, infelizmente, apareciese un hombre ambicioso, un hipócrita, una Catalina; por ejemplo, o un Cromwell entre ellos, ese hombre rápidamente explotaría a sus piadosos compatriotas.

La caridad cristiana no nos permite fácilmente pensar mal de nuestros vecinos. Cuando un hombre es lo suficientemente pícaro como para perfeccionar el arte de imponerse a otros, y obtiene un puesto en la autoridad pública; allí, asómbrense, está un hombre al que se le confieren honores; y es la voluntad de Dios que él sea respetado. Pronto, nosotros vemos un hombre de poder, y es la voluntad de Dios que él sea obedecido.

Supongamos que él abusa del poder que le ha sido ¿Confiado?, entonces él es la plaga con la cual Dios castiga a sus hijos. Los cristianos no se atreverían a expulsar al usurpador, porque eso significaría perturbar la paz pública, usar la violencia, derramar sangre; y todo eso es contrario a la pasividad cristiana. Después de todo, ¿Qué importa si uno es libre o esclavo en este valle de lágrimas?.

La cosa esencial es entrar en el paraíso, y la resignación no es más que un medio para conseguirlo.

Supongamos que estalla una guerra internacional. Los ciudadanos marcharían sin renuencia a la guerra; nadie entre ellos pensará en desertar, todos cumplirán con su responsabilidad—pero lo harán sin pasión por la victoria; ellos saben mejor como morir que como conquistar. A ellos no les importa si ellos son victoriosos o derrotados. ¿No sabe más la Providencia que ellos sobre lo que se necesita?.

Uno puede imaginarse cuál ventaja puede obtener un enemigo orgulloso, impetuoso y apasionado, del estoicismo de los cristianos. Colóquelos a ellos en guerra contra un pueblo generoso cuyos corazones son devorados por el ardiente amor a la gloria y a su país; imagínense a su república cristiana enfrentada a Esparta o Roma, y vuestros piadosos cristianos serán apaleados, aplastados, y destruidos antes de que tengan tiempo de encontrar su sentido común; o ellos le deberán su salvación sólo a la lástima que su enemigo sienta por ellos.

Yo por mi parte pienso que el juramento tomado por los soldados de Fabius, era excelente. Ellos no juraban conquistar o morir, sino regresar como conquistadores, y ellos mantuvieron su palabra. Los cristianos nunca se atreverían a hacer eso; ellos sentirían que eso equivaldría a tentar a Dios.

Pero yo me equivoco al hablar de una república cristiana, porque cada uno de esos términos contradice al otro. El cristianismo predica sólo servidumbre y sumisión. Su espíritu es demasiado favorable a la tiranía para que la tiranía no se aproveche de él. Los verdaderos cristianos están hechos para ser esclavos; ellos lo saben y a ellos difícilmente les importa; esta corta vida (en la tierra) tiene muy poco valor a su ojos.

Se dice que las tropas cristianas son excelentes. Yo lo niego. Muéstrenme esas tropas cristianas. Personalmente, yo no conozco de ninguna. Usted puede mencionar a las Cruzadas. Pero sin disputar el valor de los cruzados, debo decir que ellos estaban lejos de ser cristianos. Ellos eran soldados de los sacerdotes. Ellos fueron ciudadanos de la Iglesia; ellos estaban peleando por su patria espiritual, que la iglesia, en alguna forma extraña, convirtió en temporal. Estrictamente hablando, esto pertenece bajo el título de paganismo, porque los Evangelios nunca establecen una religión nacional. La guerra santa es imposible entre los cristianos.

Bajo los emperadores paganos, los soldados cristianos eran valientes. Todos los autores cristianos nos dicen eso; y yo les creo; pero esos soldados estaban compitiendo por honor contra tropas paganas. Una vez que los emperadores se hicieron cristianos, esta emulación cesó; y una vez que la cruz hubo expulsado al águila, todo el valor romano desapareció.

Pero apartando las consideraciones políticas, regresemos a las consideraciones sobre derecho, y establezcamos los principios que gobiernan este importante asunto. El derecho que el pacto social le da al soberano sobre sus gobernados, como he dicho, no va más allá del límite de la utilidad pública. Los gobernados no tienen obligación de rendir cuentas al soberano sobre sus creencias, excepto cuando esas creencias son importantes para la comunidad.

Ahora, es muy importante para el estado que cada ciudadano tenga una religión que haga que él ame sus responsabilidades; pero los dogmas de esas religiones no son de interés para el estado ni para sus miembros, excepto, mientras esos dogmas contengan la moralidad y las obligaciones que todo aquél que profese esa religión esté obligado a observar en relación con los demás. Además, cualquiera puede mantener la opinión (religiosa) que mejor le parezca, sin que el soberano tenga nada de que preocuparse. Porque el soberano no tiene competencia en el otro mundo. Cualquiera que sea el destino de los gobernados en la vida por venir, éste no tiene nada que ver con el soberano, mientras ellos sean buenos ciudadanos en esta vida.

Existe entonces una profesión de fe que es puramente civil, y de la cual es función del soberano determinar sus artículos; no estrictamente como dogmas religiosos, sino como expresiones de la conciencia social, sin la cual es imposible ser—o un buen ciudadano, o un gobernado leal.

Sin ser capaz de obligar a nadie a obedecer esos artículos, el soberano puede excluir del estado a cualquiera que no crea en esos artículos, excluirlo no por impiedad sino por ser antisocial, como uno incapaz de amar la ley y la justicia; o de sacrificar su vida, si es necesario, en cumplimiento de sus responsabilidades.

Si cualquiera, después de haber reconocido públicamente estos mismos dogmas, se comporta como si él no creyese en ellos, entonces dejemos que sea ejecutado, porque ha cometido el más grande de los crímenes, el de mentir ante la ley.

Los dogmas de la religión civil deben ser simples y pocos en número, expresados en forma precisa y sin explicaciones ni comentarios.

La existencia de una divinidad omnipotente, inteligente, benevolente que prevé y proporciona la vida por venir, la felicidad de los justos, el castigo de los pecadores, la santidad del contrato social y de la ley—estos son los dogmas positivos. En cuanto a los dogmas negativos, yo los limitaría a solo uno: no a la intolerancia. La intolerancia es algo que pertenece a las religiones que hemos rechazado.

En mi opinión, aquellos que distinguen entre intolerancia civil y teológica están equivocados. Estas dos formas de intolerancia son inseparables. Es imposible vivir en paz con personas que uno cree que están condenados; amarlas a ellas equivaldría a odiar al dios que las castiga a ellas. Es una obligación absoluta, la de, o redimirlas o torturarlas. Dondequiera que la intolerancia teológica sea admitida, ocurrirá alguna consecuencia civil; y cuando esta última ocurre, el soberano ya no es soberano, aún en la esfera temporal. En esta etapa los sacerdotes se convierten en los verdaderos amos, y los reyes en sólo sus funcionarios.

Ahora que no existe, y ya no puede existir más, una religión nacional exclusiva, todas las religiones que en si mismas toleran a otras religiones, deben ser toleradas, siempre y cuando sus dogmas no contengan nada contrario a las obligaciones de los ciudadanos.

Y cualquiera que se atreva a decir: “No existe salvación fuera de la Iglesia”, debe ser expulsado del estado, a menos que el estado sea la iglesia y el príncipe su pontífice. Tal dogma sólo es bueno en un gobierno teocrático; en cualquier otro, es pernicioso.

La razón por la cual Henri IV dijo haber abrazado la religión católica, es una que debería provocar que todos los hombres honestos la abandonen; sobre todo cualquier príncipe que conozca como razonar.

A 244 años del Contrato Social de Rousseau, nosotros sabemos que sí es posible separar a la Iglesia del Estado, especialmente no permitiendo que la educación sea regida por los sacerdotes, y que conformando un fuerte sistema de justicia (Jueces, Fiscales del Ministerio Público y Policías), es posible hacer que la ley (desde la Constitución hasta las ordenanzas municipales) sean tan poderosas en la sociedad como los dogmas religiosos.

También sabemos que lo que algunos llaman “cobardía” o “resignación”; de los dirigentes políticos y pueblo en general, ante el atropello totalitario que está arrasando a Venezuela, es el producto de siglos de perniciosa influencia de la religión cristiana, en la mente de incontables generaciones de venezolanos.

Mientras, no reconozcamos este grave mal social, se irá Chávez para ser reemplazado por otros déspotas, a quienes las creencias religiosas cristianas, nos prohibirán desobedecer.

Es necesario separar nítida y contundentemente al Estado de la Iglesia. Debe protegerse la libertad religiosa y de culto, pero su lugar debe estar en el seno de las familias y de los individuos no en las escuelas públicas, y mucho menos en cualquier instancia de gobierno.

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