Economía

Petroleros rabiosos (I)

l primero, a mediados de los años treinta, poco después de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez, exhibió desde el comienzo todo el pathos de los grandes conflictos reivindicativos del siglo XX en cualquier lugar del mundo: una masa obrera, incipientemente organizada, liderada por una vanguardia esclarecida y radical, se enfrentó a poderes fácticos tan formidables como podían serlo las compañías petroleras que operaban desde hacía más de tres lustros en nuestro país, el poder central encarnado en el general López Contreras y el omnímodo y brutal modo de gobernar de nuestros «presidentes de estado» gomecistas, como entonces se llamaba a los gobernadores regionales, usualmente bárbaros capaces de la mayor vesania represiva.

Por último, el brazo armado de esos poderes fácticos: el ejército nacional, quizá la primera poderosa institución modernamente organizada por aquel entonces en todo el país.

En definitiva, a todas luces una pelea de burro contra tigre.

2) He hablado de pathos y, en obsequio del contingente de tuiteros vinculados a la industria petrolera que iracundamente me vituperan en la red desde el mismo día del estreno de Petroleros Suicidas, me veo en el trance de ilustrarlos diciendo que pathos es una voz griega que, según la Poética de Aristóteles, designa uno de los recursos que un autor puede desplegar para normar -o afectar o modificar- el juicio de un jurado. En el caso que entretiene este artículo, el juicio de un espectador de nuestra historia moderna. Usualmente, el pathos se apoya en la evocación del sufrimiento moral que aflige a los protagonistas.

La gran huelga petrolera de 1937 reunió todo el pathos que puede exhibir una gran gesta social latinoamericana: obreros víctimas de todas las calamidades -pobrísimas condiciones sanitarias, salarios inicuos, un constante cerco, clima de discriminación social y hasta racial, un cerco policiaco, un sistema judicial plegado al poder central, etcétera-; dirigentes gremiales que actuaban con osadía y riesgo de su libertad y de su vida; y por último, la creciente simpatía de un país desde hacía treinta años humillado por la satrapía gomecista.

Se registró, incluso, una conmovedora «cruzada de los niños»: los hijitos de los huelguistas fueron recibidos por familias de otros estados, como Trujillo, y fueron objeto de la solidaria hospitalidad de los humildes, hermanos en el paludismo, el hambre y la indefensión social.

Ese país miraba, por vez primera en lo que iba de siglo, cómo se desplegaba una denodada lucha reivindicativa en tiempos industriales. Y asistió al espléndido -y, ciertamente, raro- espectáculo de una huelga victoriosa.

¿Cuál fue el saldo del duro conflicto que hoy puede leerse brillantemente historiado en los estupendos libros de Brian McBeth o de Miguel Tinker Salas?

Ni más ni menos que el surgimiento de una gran fuerza sindical -en rigor, de una vanguardia: el sindicalismo petrolero- que vino de la mano con la fundación de los grandes partidos modernos de inspiración leninista -entre ellos lo que con el tiempo sería «Acción Democrática»- y, last but not least, el advenimiento de un verdadero derecho laboral en el país.

Vista en retrospectiva, es innegable que aquella huelga prefiguraba parte importante de lo que sería la tortuosa relación de los venezolanos del siglo XX con el petróleo, por entonces todavía un intruso en la fallida Arcadia agrícola que éramos desde mediados del siglo XIX.

El saldo, sin duda, fue positivo. Valió la pena aquella huelga; fuimos mejores a partir de aquellas jornadas.

¿Puede decirse lo mismo del llamado «paro petrolero» convocado a fines del aciago año 2002 por la llamada «Coordinadora Democrática», con «Gente de Petróleo» a la cabeza? Mi respuesta es un rotundo «¡no!».

3) Antes de seguir adelante, permítanme citar un trozo de una carta que el dirigente petrolero en el exilio, Horacio Medina, me dirigió públicamente, a propósito del estreno de mi pieza teatral Petroleros Suicidas.

De esa carta me apresuro a rescatar el tono amistoso y dialogante que mi abrasiva pugnacidad quizá no merezca.

Dice Medina, hablando sobre una obra que, en razón de su exilio, no ha visto: «Solo quiero dejar claro que lo que se refleje en la obra es una visión de un sector de la sociedad que no necesariamente puede entender la otra visión y razón, menos aún cuando no fue consultada».

Me detengo en ese «no necesariamente puede entender la otra visión» y, en ese, «no fue consultada».

Mueve a risa que un dramaturgo que escriba, digamos, una pieza sobre un bombero asesino serial deba consultar primero con el cuerpo de bomberos. El relato de un bombero asesino no descalificaría jamás al noble gremio de los apagafuegos.

Contrario a lo que parecen creer los indignados tuiteros petroleros, la obra no está situada en el 2003, sino ¡en 1997!

Con lo que dejo para la próxima entrega mi balance -duro, me temo, pero que tengo todo el derecho de hacer y difundir- sobre el malhadado paro de 2002-2003. To be continued

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