El Editorial

23 años de equivocaciones

A lo largo de la democracia –para no ir más atrás- el empresariado y el sindicalismo venezolanos siempre supieron llegar a acuerdos salariales con la intermediación del Gobierno, fuese socialdemócrata o socialcristiano. Ni los empresarios eran grandes generosos, ni los trabajadores eran grandes sumisos. Eran inteligentes. Cada sector entendía la necesidad y la conveniencia del otro. Y los gobiernos alardeaban de socialismo, fuese demócrata, fuese cristiano y entendían que ni siquiera ellos, como gobernantes y opositores, tenían sentido sin esos dos sectores en acción, agregando a los trabajadores del agro.

Todos, en más o en menos, aprovechaban el emprendimiento privado y las ventajas de un Estado rico. Petrolero, pero también agrario, minero, metalúrgico, educador. Ambos sectores políticos, y el empresariado por su parte, crearon excelentes instituciones de formación. El Estado fue siempre educador.

Cuando Hugo Chávez, nervioso por el paro petrolero, arremetió contra gerentes y trabajadores que hoy trabajan en todo el mundo, arremetió contra años de capacitación. Con el estado y la deshilachada bandera comunista que fracasó en Cuba y en la Unión Soviética, la revolución venezolana ha embestido contra un país con problemas que crecía y se consolidaba y que hoy debe vivir de excusas como las sanciones, amigos que van a la guerra o sólo piensan en su propias conveniencias como Rusia, China y Cuba y acusaciones a mansalva, pero sin tener un país capaz de sostener a su propia gente.

Venezuela no está mal porque los venezolanos seamos incapaces, está mal porque nuestros gobernantes llevan veintitrés años equivocándose.

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