El Editorial

El futuro aún puede ser brillante

El tema de la gasolina pica y se extiende. Caracas está hoy en día tan afectada como el resto del país. Las colas para surtirse son impresionantes. Eso no ocurre en ninguna otra parte del mundo.

Viene así a sumarse la gasolina a muchos otros récords que ostenta hoy nuestro país que no hace mucho era el más rico de Latinoamérica y durante seis décadas -entre 1920 y 1980- la economía de mayor crecimiento en todo el mundo.

Todo ha cambiado. Según el FMI padecemos la mayor hiperinflación del mundo (posiblemente la única). La hiperinflación que nos está devastando se ha mantenido ya por 30 meses. Sólo Nicaragua, Grecia y Ucrania la sufrieron por lapsos mayores.

Además experimentamos la mayor contracción económica del planeta, resultado de la destrucción masiva de nuestro aparato productivo. Esta situación nos ha llevado de regreso a finales del siglo XIX cuando junto con Haití éramos dos de los países más pobres del continente. Es el resultado de una caída sostenida del PIB, que sólo en el 2019 experimentó una contracción del 35% y que en los últimos seis años se ha reducido en 70,1%.

Cuando este régimen llegó al poder Venezuela producía 3,3 millones de barriles diarios de petróleo y había unos 100 taladros operando en el país. Hoy debemos estar en unos 550.000 b/d y para mayo apenas había 2 taladros petroleros operando (Baker Hughes)

En 1998 existían en Venezuela 11.117 empresas industriales. Para el 2019 se habían reducido a 2.849 cifra equivalente a las que existían en 1953.

Alejandro Werner, Director del FMI para el Hemisferio Occidental, afirma:

“El caso de Venezuela no es una década perdida, es una década de retroceso gigantesco (…) Lo que ha ocurrido en Venezuela es un desastre macroeconómico y social que nunca se había visto en la región”.

Como si todas las desgracias anteriores fueran pocas, según la CEPAL tenemos el mayor índice de desempleo de Latinoamérica y 5.100.000 migrantes según ACNUR (Agencia de la ONU para Refugiados) acercándonos al récord que mantiene Siria.

Para colmo, ocupamos el tercer lugar entre los 10 países del mundo con las peores crisis alimentarias entre los que se cuentan Yemen, Haití, Afganistán y Nigeria. Venezuela fue clasificada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura, el FIDA, OMS, PMA, OPS, Unicef y la Cepal como un país con alto riesgo de padecer hambruna.

¿Qué nos pasó? Todo resulta inexplicable en un país dotado por la naturaleza de una variedad impresionante de recursos naturales de toda índole, empezando por agua abundante, tierras fértiles, gigantescas reservas de petróleo, gas natural, oro, hierro y, en fin, prácticamente toda la lista de la tabla periódica de minerales metálicos en abundancia excepcional.

Solo queda concluir que tantas desgracias son inducidas por la acción humana y, en nuestro caso, por un grupo que cargando El Capital de Carlos Marx bajo el brazo como su única biblia, creyeron que podían hacer y deshacer con el destino de Venezuela. Así, en apenas dos décadas, han asolado esta tierra de gracia lanzando sobre ella los cuatro Jinetes del Apocalipsis: la ignorancia, el populismo, la corrupción y la ineficiencia.

Esto está llegando a su fin. El colapso es evidente. Ojalá hayamos aprendido la lección. El país está urgido de un cambio pues lo que ocurre ya no es viable. Estamos al borde de un abismo, pero aún podemos tomar otra vía. Una que conduzca a una recuperación capaz de devolverle la prosperidad a Venezuela y el futuro a sus gentes.

La recuperación de la economía pasa, entre muchas otras cosas, por la reactivación de la industria petrolera mediante las fuertes inversiones que se requieren y su correspondiente efecto multiplicador. Estamos a tiempo. Con las condiciones apropiadas el potencial quizá puede ser alto. Muy probablemente el renacer energético de Venezuela y su futuro petrolero yace abundante bajo la Cuenca del Lago de Maracaibo en una formación del cretáceo tardío conocido como La Luna -la roca madre por excelencia- a la cual hoy en día podemos acceder gracias a las técnicas de fracking desarrolladas por el el tejano George Mitchell. El futuro aún puede ser brillante.

José Toro Hardy, editor adjunto de Analítica

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